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7 jul 2011

John Cage, 'The works for percussion I' (Mode Records) / 'Ryoanji' (Hat Art)

Donde quiera que estemos lo que oímos más frecuentemente es ruido. Cuando lo ignoramos no molesta. Cuando lo escuchamos lo encontramos fascinante. John Cage

En el transcurso de los últimos meses la vasta fonografía que respecta al compositor norteamericano John Cage se ha visto notablemente enriquecida con cuatro excepcionales registros que documentan cuatro momentos estéticos bien diferenciados en la obra cagiana. De todos los creadores del siglo XX, es el autor de Roaratorio uno de los que goza de una mayor atención discográfica por parte de labels que se extienden desde los más consagrados como referencias de la contemporaneidad a otros independientes y menores que aúnan esfuerzos para contar entre sus publicaciones con algún título dedicado a uno de los compositores más fascinantes y reveladores de la historia de la música. Vaya por delante que las siguientes referencias reseñadas -en dos entregas y en orden de interés (personal, intransferible)- son recomendadas sin ambages y deberían hacerse un hueco en toda colección 'John Cage' que se precie de serlo.

John Cage (1912-1992)
The works for percussion I
1.- Credo in Us (1942) 12:58
2.- Imaginary Landscape Nº5 (1952) 3:09
3.- Imaginary Landscape Nº4 'March Nº2' (1942) 4:26
4.- Imaginary Landscape Nº1 (1939) 6:52
5.- Imaginary Landscape Nº2 'March Nº1' (1939) 6:49
6.- Imaginary Landscape Nº3 (1942) 4:06
7.- Imaginary Landscape Nº4 'March Nº2' -second version- (1951) 4:29
8.- Imaginary Landscape Nº5 (1952) 3:97
9.- Credo in Us -second version- (1942) 15:00
Distribuye en España: Arsonal

Audición: Imaginary Landscape Nº4 'March Nº2' -second version- (1951)


Que John Cage fue, con permiso de Iannis Xenakis, el gran compositor de percusión del siglo XX parece una afirmación poco dada a discusiones. Las piezas escritas para estos instrumentos le dieron su primer empuje a la fama y él mismo organizó en 1939 en la Cornish School de Seattle un grupo de percusión con el que realizó varios tours por la Costa Oeste de Estados Unidos. Este universo sonoro permitía a Cage llevar a cabo holgadamente sus experimentaciones que en aquella época -inicio de la década de los 40- pasaban por un uso intensivo de los instrumentos de percusión y de la electrónica. No en vano una creación como Imaginary Landscape Nº1 puede ser considerada como la obra fundacional de la música electroacústica en Norteamérica.

La discografía percutiva de Cage es notable y no existe prácticamente un grupo de percusión que no aborde y quiera testimoniar en cedé su quehacer con este notable corpus del catálogo del músico de Nueva York. Algunos conjuntos como Percussion Ensemble Mainz (Alemania), Kroumata Percussion Ensemble (Suecia) y Amadinda Percussion Group (Hungría) tienen en su haber grabaciones ejemplares que, por unos u otros motivos, resultan de esencial conocimiento por parte del interesado en esta música. Pero hasta la fecha ningún programa había logrado entusiasmar tanto como el que presenta en Mode Records -dentro de su seminal e inagotable John Cage Edition- el Percussion Group Cincinnati, la formación, que pudo trabajar con el propio compositor estas obras, firma un álbum fresco que se escucha con absoluto asombro. Estos pentagramas cagianos nunca se habían ofrecido con tal márchamo de virulencia y provocación. No hay atisbo de hedonismo tímbrico en estas lecturas, el conjunto aborda la integral de los Imaginary Landscape incidiendo en su carácter rupturista y pionero. Para ello siguen escrupulosamente las indicaciones de Cage ('on original instruments' reza irónicamente una etiqueta del cedé) empleando la mismas grabaciones en vinilo que se utilizaron en el estreno de estas composiciones.

El disco se abre y se cierra con sendas versiones de Credo in US (1942), una de las partituras más asequibles concebida nunca por Cage dado su carácter lúdico. Escrita para los bailarines Merce Cunningham y Jean Erdman (en aquel tiempo miembros de la Martha Graham Dance Company), la obra ironiza sobre el uso como música de mobiliario que muchos oyentes daban (...y dan...) a las partituras clásicas de compositores como Dvôrak, Beethoven, Sibelius y Shostakovich. La primera versión recogida aquí, para piano, dos percusionistas y un cuarto intérprete manipulando una radio y un fonógrafo emplea fragmentos de la Quinta Sinfonía de Shostakovich. La ejecución unifica de forma magistral las diferentes fuentes sonoras y se acentúa el tono paródico de una composición en la que los intérpretes parecen estar luchando para hacerse escuchar. La segunda interpretación aporta un tono más añejo con el empleo de viejas grabaciones en discos de 78rpm con músicas de Beethoven, Chaikovski, Wagner y Suppe. Los de Cincinnati se empeñan en imprimir un tono más alocado lo que acaba yendo en demérito de las fuentes acústicas. Con todo ambas grabaciones son perfectamente complementarias por cuanto la segunda parece más pensada para subrayar su carácter de obra funcional para la danza en oposición a la primera, mucho más apreciable desde un punto de vista musical. Sigue no obstante en un lugar importante la versión del Percussion Ensemble Mainz (en Col-Legno) centrada en el diálogo con otra Quinta, en su caso la del genio de Bonn.


Los Imaginary Landscapes conforman junto con la serie de Constructions los dos ciclos referenciales del catálogo para percusión de Cage. Y también en este caso algunos precedentes son de enorme competencia: del Helios Quartet (Wergo) pasando por el Maelstrom Percussion Ensemble (Hat Art) sin desmerecer las pioneras versiones del Manhattan Ensemble (también en Wergo). El Percussion Group Cincinnati tiene a su favor el no respetar la cronología temporal del ciclo en aras de una audición más lógica y donde los contrastes salen reforzados. Comienza su grabación con el breve Imaginary Landscape nº5 en el cual, siguiendo azarosas combinaciones otorgadas por el I Ching, se ensamblan más de 40 retazos de discos de jazz (seleccionados por Cage, de ahí que esta sea la 'versión auténtica') resultando un intensísimo y alucinógeno collage donde los ritmos se agolpan y nuestra capacidad de asombro se ve aturdida ante tal aluvión de fuentes concentradas en poco más de tres minutos. La segunda realización de la partitura, con la que se cierra la serie, aplica las mismas coordenadas interpretativas pero en esta ocasión las fuentes sonoras las toma prestadas de las grabaciones que el sello Mode Records atesora en su edición dedicada al norteamericano, esto es John Cage pasado por la misma batidora/apisonadora de John Cage.

Más operaciones de cambio posibilitadas por el I Ching se acumulan en el Imaginary Landscape nº 4 para doce radios manipuladas por 21 intérpretes (el primero se hará cargo de los cambios de frecuencia, el segundo del volumen). En las notas del disco, firmadas por Paul Cox, se explica cómo Cage estrenó la obra en la Universidad de Columbia en mayo de 1951. Fue como colofón de un maratón de nueva música que culminó a medianoche con la audición de la pieza que nos ocupa. Para entonces muchas emisoras habían finalizado sus programaciones y el ruido blanco se apoderó de la ejecución. Según el crítico Arthur Berger, que presenció el estreno, “las ráfagas de un informativo y de un concierto para violín de Mozart que pudieron escucharse se saborearon como un bálsamo después de una tarde de intensa modernidad”. Paradójicamente, esta imprevisible obra que es el Imaginary Landscape nº4 se convirtió en la propuesta más asimilable de la sesión.

El resto de piezas de la serie se mantienen a idéntico nivel de excelencia. Sigue el Imaginary Landscape nº1 que moviliza '2 variable-speed turntable', grabaciones de frecuencias, un piano silenciado y címbalos. Creada para la danza en 1939, la reconstrucción da la medida de la humorada cagiana concebida para una, se nos cuenta en la carpetilla del álbum, muy seria coreografía de un Cunningham de 19 años. Tres años después Cage redactará su Imaginary Landscape nº2 en la cual el andamiaje electrónico cede protagonismo ante los instrumentos de percusión indeterminados (algunos de ellos inventados por los intérpretes ocasionales, como es el caso de esta versión del PGC) y en la que se combinan partes de extrema complejidad con otras asequibles a ejecutantes amateurs. Más percusión a secas habrá en los números 3 y 4 de la serie, éste último en su segunda realización -la primera fue con radios- incluye una irónica referencia a la Segunda Guerra Mundial, a través de su subtítulo, March nº2 (la primera era el Imaginary Landscape nº2) que se explicita en los dramáticos contrastes y silencios de la composición.

Escuchado en conjunto el programa del PGC, registrado con una total cercanía que reproduce la sensación de sala de conciertos, goza de una coherencia absoluta y constituye una de las mejores opciones para adentrarse en la música para percusión de John Cage. Anunciado como primer volumen, probablemente estemos ante el inicio del definitivo ciclo discográfico dedicado a este esencial capítulo del universo cagiano.

Ryoanji
1.- Ryoanji (1983-85) 60:30
R. Black, contrabass. E. Blum, flute. I. Hausmann, trombone. G. Rechke, oboe. J. P. Thomas, voice. J. Williams, percussion.

Audición: Ryoanji (1983-85) -fragmento-


Dentro de la línea de reediciones del histórico sello Hat Art contamos ahora con uno de los registros más valiosos y largamente descatalogados del fondo sonoro de la editorial, el protagonizado por seis especializados intérpretes que el 22 de junio de 1995 se juntaron en la Akademie der Künste de Berlín para registrar la versión más lograda, fiel en espíritu y magnetizante de Ryoanji (1983-85) de cuantas existen en el mercado, y no son pocas precisamente, dada la relativa popularidad de la que goza en el panorama de lo contemporáneo por su facilidad de abordamiento (duración y orgánico indefinido).

Si el Percussion Group Cincinnati nos ponía frente a un primer período de madurez -en el que ya se habían superado las primeras tentativas post-Satie-, el disco de Hat Art representa mejor que ningún otro esa fusión, tan cara a Cage, del binomio arte+vida. El orientalismo ha sido en la modernidad un foco de atención estética y espiritual que ha atraído a compositores dispares y geniales cuya experiencia allí ha sido luego integrada de muy diferentes maneras: del paisajístico silencio de Cage al repetitivismo resonante de Steve Reich (Six marimbas, Drumming) pasando por la cita o el collage en Karlheinz Stockhausen (Telemusik, Hymnen). Ryoanji es el santo y seña del peregrinaje en Kyoto y su origen se remota a la época de las guerras Onim, aproximadamente en el año 983.

A Cage nunca le interesó especialmente la naturaleza no cincelada por la mano del hombre. Y en este sentido el Templo del Dragón de la Paz, que viene a ser traducido el término Ryoanji, es un inmenso paisaje en el que el ser humano ha intervenido en aras de conseguir un efecto espacial concreto. Y del mismo modo que aquel lugar llama a la contemplación, una realización metódica de Ryoanji debe perseguir ese efecto totalizador, similiar a un mantra. Es esta una de las partituras más habitables de Cage, también en ciertos aspectos y pese a su radicalidad por despojamiento, más descriptiva. Los expertos intérpretes que brindan estos 60 minutos sin pausa ( Eberhard Blum, flauta, Robert Black, contrabajo, Iven Hausaman, trombón, Gudrun Reschke, oboe, John Patrick Thomas, voz, y Jan Williams, percusión) fueron cercanos colaboradores del compositor y su ejecución nos traslada certeramente a un universo lejano visto a través de la óptica de un Cage que estaría a poco tiempo de adentrarse en su última etapa, la más excesiva de todas, monopolizada por procesiones de acordes y/o ruidos y extensos silencios: las Number pieces.

No se pierde sin embargo en Ryoanji el sentido de continuidad, por más que esta sea horizontal (oriental) antes que vertical (occidental). No hay en una composición como la que nos concita un atisbo de la vanguardia europea, centrada en las inmensas posibilidades de la complejidad armónica. Los músicos ejercen como el decorado del jardín al que se alude: los golpes de la percusión de Jam Williams, asimétricos y perennes durante toda la ejecución, nos parecerán las piedras de disposición sólo aparentemente caótica, el lamento de la voz de John Patrick Tomas tiene evidentes reminiscencias espirituales, el fascinante e infinito contrabajo de Robert Black ejerce como rastrillo que rascara una arena en la que también resuenan los ecos del trombón, la flauta y el oboe. Es el golpe de las piedras (híbrido sonoro aquí entre el choque del elemento fósil y el gong) el que anuncia nuestra entrada y salida de Ryoanji. Cuando nos marchamos, sentimos una imperiosa y subyugante necesidad de volver a penetrar cuanto antes en este solitario y sobrecogedor paisaje cagiano.

12 oct 2010

Karlheinz Stockhausen, 'Plus-Minus'



















Karlheinz Stockhausen (1928-2007)
1.- Refrain (1959) 09:53
2.- Kreuzpiel (1951) 11:43
3.- Plus-Minus (1963) 51:02
Ives Ensemble
Hat[now]ART 178

El master estaba en algún sitio. Ocho años ha tardado en ver la luz la grabación que el Ives Ensemble hiciera en el Theater Romein de la localidad holandesa de Leeuwarden de tres obras de Karlheinz Stockhausen, entre ellas una primicia discográfica, Plus-Minus, una pieza listada en el catálogo oficial de la que Stockhausen Verlag no ha editado hasta la fecha ningún registro comercial. Por eso y porque la realización de la partitura (empléese el término ‘realización’ en tanto que se trata más de unas instrucciones que de una partitura al uso) alcanza los 51 minutos. ¡51 minutos de música nueva de Stockhausen perteneciente al periodo más indagativo y experimental de su creación, 1963!

Al frente de este reto, una alianza de peso. Por un lado el veterano sello Hat Art, especializado en la música de los años duros de la vanguardia y hábil en sus excursiones hacia territorios poco inexplorados pero inestables de la modernidad. De otro, el Ives Ensemble, un señero conjunto holandés (acaso enrolado en esa lista de tres formaciones neerlandesas fundamentales en la contemporaneidad que completan el Niew Ensemble y el Asko Ensemble). Ahora bien, pese al probado magisterio del Ives, su acercamiento a la estética de Stockhausen no deja de ser sorprendente por cuanto que estos músicos parecen más adheridos a estéticas menos agrestes aunque igualmente experimentalistas. Ahí están, sin competencia, sus registros consagrados a John Cage (con versiones referenciales de varias Number pieces) y Morton Feldman (con un monumental registro, en sentido literal también, del Cuarteto de cuerdas nº2, cuatro horas de música que se miden, como mínimo, a igual, con la lectura que el Flux Quartet presentara en Mode Records).

La música de Stockhausen, con especial acento en la recogida aquí (junto con Plus-Minus se ofrecen nuevas versiones de las extremadas Refrain y Kreuzpiel), precisa sin embargo un desapego total de la querencia estatista y ritual que tan bien encuentra acomodo en los pentagramas de Cage y Feldman. No desprovistos de esa impronta, el Ives Ensemble acomete la realización de Plus-Minus con un resultado de indudable interés pero de escaso parentesco con el universo estético de Stockhausen.

Karlheinz Stockhausen
Los trabajos del compositor de Mödrath después de sus experiencias con los grupos orquestales –Gruppen  y Carre- siguen apegados a un concepto espacial de la difusión del sonido y a un acentuado gusto por la rugosidad y la electrónica, caso de partituras como Momente y Mikrophonie I, exactas predecesoras y sucesoras (1962 / 1964) de Plus-Minus (1963). Concebida ésta para conjunto instrumental indeterminado, la partitura ofrece un guión tan detallado como impredecible acaba siendo su resultado.  Parcialmente heredera de la citada Momente, Plus-Minus ofrece “forma sin contenido exacto”, según el propio compositor, quien afirmó que lo único que importa en estas composiciones es el “ahora”. Los músicos habrán de proveer el material , que se presenta como si se tratara de una improvisación, carente de interconexiones, y el oyente deberá ordenar los “momentos instrumentales” según su propia percepción de la música.

Sin alcanzar el carácter místico y planeante de Sternklang y Stimmung –en parte debido a la ausencia aquí de contenido textual- el conjunto de especificaciones (con abundancia de símbolos gráficos e instrucciones verbales) que conforman la base de Plus-Minus está abierto a innumerables aproximaciones. Por fortuna el Ives Ensemble lejos de barnizar esta música con el mismo tono de severidad instrumental inherente al serialismo logra que, en los 51 minutos de duración, el oyente se mantenga expectante ante el próximo acontecimiento por más que, globalmente, no exista aquí el menor atisbo de continuidad.

No obstante, hubiera sido más interesante que el Ives presentara dos realizaciones de menor duración de Plus-Minus en lugar de una sola revestida por el mismo carácter. A favor de la interpretación está la evidente implicación del grupo, con solistas de enorme prestancia como John Snijders en el piano y Wilbert Grootenboer en la percusión. El grupo suaviza el discurso con abundante inclusión de elementos percutivos, reiteración de gestos a-musicales y una acertada y descolocante inserción de ruídos y comentarios verbales de los músicos más propios de un ensayo que de la presentación de una ejecución formalmente acabada. Con toda la intención de subrayar el lado inestable de la composición, el Ives en cambio no encuentra punto de equilibrio entre la musicalidad cadenciosa y nebulosa (que vertebra la ejecución y que es propia de un grupo vinculado al mundo sonoro del avantgarde norteamericano y holandés) y esa otra opción más explosiva, fracturada y puntillista tan cercana al grueso del catálogo de Stockhausen en aquel momento. Es por ello por lo que resultando la aportación del Ives muy a tener en cuenta (más aún insistiendo en la falta de competencia ante una pieza como Plus-Minus) sería deseable que en el futuro otros grupos brindaran nuevos acercamientos, acaso menos refinados, pero más indicativos de lo que, tal vez, el genio alemán hubiera deseado.

Completan el cedé dos ejecuciones que no aportan nada a lo ya conocido por el aficionado. De Refrain (1959) para piano, celesta y percusión disponemos de dos versiones de referencias: la reciente y escolástica del ensemble recherche (comentada ya aquí) y la henchida de un voraz tono percutivo a la par que provocativo del teclista Aloys Kontarsky y el percusionista Christoph Caskel en un disco de la Stockhausen-Verlag. Al Ives le falta incisividad, planea sobre el pentagrama como queriendo limar aristas, enfatizando las consonancias y llevando la música hacia una estética menos abrupta que no le es propia. Mejora Kreuzpiel, aunque también aquí es preferible la opción del recherche (en el sello Wergo). Pese a las objeciones, los seguidores de Stockhausen deberán sumar a su discoteca este registro, Plus-Minus leído por el Ives Ensemble, otorga múltiples y sugerentes escuchas y abiertas discusiones sobre la idoneidad del resultado.

Audición: Plus-Minus (1963)