11 jul. 2014

Philip Glass visita el 63º Festival de Granada

Glass en el Palacio de Carlos V. Foto: Carlos Choin
El 63 Festival de Música y Danza de Granada ha concluido esta semana dejando por el camino una serie de pistas que iluminan el camino que parece transitará su nuevo director, Diego Martínez, en el futuro. Nos fijaremos, por la propia naturaleza de este blog, en la recuperación en los programas, si quiera de forma tibia, de la música de creación actual. La veterana cita vivió su época más plena en múltiples sentidos coincidiendo con la dirección de Alfredo Aracil, quien se preocupó de cincelar unas ediciones en las que los géneros convivían armónicamente, y en donde la apuesta operística (que, cierto es, permitía el presupuesto) se ocupó de títulos tan a trasmano como Oedipus Rex, de Igor Stravinsky; o Jeanne d'Arc au bûcher de Arthur Honegger. En el recuerdo de quienes las vivimos quedaron las históricas sesiones de música electroacústica en el Planetario del Parque de las Ciencias granadino (que, incomprensiblemente, nadie parece dispuesto a recuperar pese a su éxito), entre otros acontecimientos, como la audición íntegra del ciclo Zayín, de Francisco Guerrero, a cargo del Cuarteto Arditti en el Centro José Guerrero.  Tras el periodo confiado a Enrique Gámez, en el que la música de hoy fue abocada casi a su extinción, Martínez parece entender que no puede concebirse un festival como mero escaparate. Así lo atestiguan al menos los conciertos confiados, en la edición recién finalizada, al Taller Atlántico Contemporáneo, con obras de Morton Feldman y Sebastián Mariné, o el recital de violín de Miguel Borrego con páginas de Sánchez-Verdú y Stockhausen, entre otros. Habrá que seguir muy de cerca las ediciones venideras en las que verificaremos si tiene continuidad o no la música de nuestro tiempo en las programaciones.

La visita de Philip Glass (1937) al Festival de Granada no se enmarcaba llamativamente en esa (re)apertura a la música contemporánea. La suya, junto con la del cantante de jazz Bobby McFerrin, parecía querer movilizar a ese sector del público que da la espalda al carácter clásico –en un sentido amplio- del certamen. Desde luego no nos parece desencaminado creer que, entre la legión de seguidores del compositor norteamericano, hay muchos que llegan a él desde el ámbito del pop o la música cinematográfica. Y el formato en el que se presentó el pasado 3 de julio, a piano solo, es precisamente el más asequible para los oyentes poco versados en el catálogo más militantemente minimalista del  músico de Baltimore.

Cuando amablemente fui invitado por el Festival a confeccionar unas notas para el programa de mano del recital de Glass sentí, al cotejar el listado de piezas incluidas, que el concierto iba a resultar exactamente similar al que hace tres años disfrutamos quienes nos reunimos en el Auditorio de la Diputación Provincial de Málaga. Para quien nunca ha visto a Glass, la oportunidad resultaba con todo inmejorable, por más que tengamos que constatar una cierta vaguedad o falta de exigencia en el compositor a la hora de presentarse ante el piano. El creador de Einstein on the beach antepone la ocasión que brinda al público de presenciar a un nombre histórico de la música del siglo XX al ofrecimiento de un repertorio representativo y trabajado.

Dicho de otro modo, cuando Glass sale al escenario, el titán del minimalismo constata que ya tiene a un amplio sector del aforo ganado. Por eso, a grandes rasgos, aquel recital malagueño y este granadino, años después, resultaron copias casi perfectas. O el que propio músico ofrecería unos días después, el 8 de julio, en Santander, reseñado aquí. Matizaremos no obstante que el marco ofrecido por el Palacio de Carlos V de Granada valorizó el concierto, que se vio amablemente punteado con mágicos chirridos de murciélagos y sonidos de otros pequeños seres propios de una noche de estío. Al aire libre, el mismo Glass se mostró especialmente feliz de tocar en este escenario y de gozar de un aforo casi completo que le escuchó con ejemplar atención.

Discográficamente siempre preferiremos las versiones pianísticas de Michael Riesman y de Steffen Schleiermacher de la obra glassiana a las del propio compositor, limitado teclista que recrea con aseo sólo un puñado de sus páginas para este instrumento. Comenzó el programa con la extensa Mad Rush, que nos gustará más en órgano eléctrico, pero que su autor abordó con un sorprendente tono reflexivo que sería estandarte estético de todo el concierto. Glass optaría por interpretaciones resonantes, de profuso pedal, y armónicamente muy densas (también en la selección de sus Etudes, páginas de intrascendente y pegadiza rítmica; y en las Metamorphosis). Concentrado y palmariamente agotado al final, tras la propina en forma de Closing de sus Glassworks, nos quedó el sabor de un concierto-souvenir en el que nos llevamos una imagen impagable de un autor sin el que no puede escribirse la historia de la música de nuestra era. Priorizó los pertinaces contrapuntos y los insistentes vaivenes de sus partituras a las melodías que las guían, como si estas fueran quedamente apuntadas. Y no suavizó el tono fervientemente repetitivo de sus partituras. Con Wichita Vortex Sutra, agitados por la voz en cinta del poeta Allen Ginsberg, y con un Glass entregado a una página que ama emocionalmente, sentimos, aquella noche granadina, estar en el lugar adecuado en el momento adecuado. 

2 jul. 2014

Bernhard Lang, 'The Anatomy of Disaster' (Monadologie IX)

Portada del disco.
Hace ya 14 años saludábamos con sincero entusiasmo una de las primeras grabaciones que ponía en circulación el sello Kairos, consagrada al compositor austriaco Bernhard Lang (1957). Se trataba de Differenz / Wiederholung 2 (1999), una hábil deconstrucción contemporánea de la rítmica de la música rap. En la obra, el Klangforun Wien unía fuerzas con el vocalista Todd y la soprano Salome Kammer. La mixtura que allí se creaba nos pareció del todo original a la vez que denodadamente musical. Lang había logrado en aquella composición lo que otros colegas suyos habían tanteado sin éxito; una posmodernidad enraizada en los géneros populares que no sesgaba el aliento de una partitura llena de creación, de inventiva.

Cuatro años después, Col-Legno, planteaba un álbum con tres composiciones del austriaco donde sobresalía DW 8 (2003), para loops orquestales y dos solistas de turntables. Peter Rundel capitaneaba una amplia obra que obstinadamente se replegaba sobre sí misma usando una rítmica feroz, acercándose sin disfraz a la pista de baile;  un inteligente cruce de estilos que dejaba nuevamente por el camino poderosas texturas instrumentales que nos subyugaban en la escucha.

Lang nunca ha dejado de ser, pese a lo que pudiera parecer, un creador de la academia. Por eso, entre 2000 y 2002 trabajó en Das Theater der Wiederholungen, un teatro musical cercano a las dos horas de duración en la que el Klangforun adquiría un protagonismo característico de una banda de free jazz y rock. Y aunque la vocalidad aquí lastraba parcialmente el resultado, Das Theater… nacía siendo ya una de la ¿óperas? más rebeldes sónicamente del nuevo siglo. Prolífico y ejemplarmente atendido en la órbita germana, Bernhard Lang continuó luego creando ciclos instrumentales, racimos de obras que indagaban en unos u otros caminos, teniendo siempre el cruce con el material pop(ular) como epicentro argumental.

La fórmula comenzó a dar señales de agotamiento en I hate Mozart, teatro musical estrenado en 2006 en Viena, y donde la cita excesiva devenía en pastiche almibarado por estallidos rockeros. Monadologie I (2007) para cítara y gran orquesta o Paranoia (2007) para dos raperos, banda y lector de CD incidían en una peligrosa sequía de ideas; en donde ya no se pretendía enmascarar el guiño, pues este directamente se imponía sobre la urdimbre creativa a favor de una música efectista y fácilmente provocadora al ofrecerse en contextos más o menos clásicos. Por lo anterior, sorprende que el sobrevalorado sello de Stefan Winter, Winter &Winter, se haya hecho eco de una reciente y vasta obra de Lang, en las antípodas del estilo que le ha consagrado, presentando la muy envarada Monadologie IX: The anatomy of disaster (2010), a la sazón, tercer cuarteto de cuerdas del austriaco que, en los atriles del Cuarteto Arditti, se extiende durante 60 minutos.

De antemano diremos que lo mejor del álbum es la soberbia toma sonora, de una naturalidad desopilante, que nos sitúa frente a los cuatro músicos, muy cerca de ellos, pudiendo escuchar cada inspiración de Irvine Arditti, cada roce y esquirla de este abigarrado mamotreto. Porque Monadologie IX es un ambicioso pero fallido tour de force que cita Las siete últimas palabras de Franz Joseph Haydn “buscando la sustancia de esa enigmática obra maestra”, según el autor, quien se muestra decidido a examinar “el significado de la vida, abordando temas ligados con la existencia y la muerte” (!)

Bernhard Lang.
El lenguaje de Lang se torna de una extrema aridez en las siete sonatas –respuesta a los siete adagios haydnianos- que son precedidas por una Introducción y por una coda –o Terremoto-. La prestación de los Ardittis se nos antoja de una rotunda densidad armónica, aunque siempre sin sobresalir por encima del tono mate de unos pentagramas que naufragan en la reiterada exposición de un expresionismo de muy viejo cuño, con pasajes tumultuosos y estallidos de energía instrumental carentes de interés tímbrico, también yermos de estudio de otras cualidades del sonido.  La obra, en fin, se irá diluyendo, como deshilachando, sin abandonar nunca un tono de tragedia decimonónica. Nos parecerá, durante toda la audición, que los Ardittis quieren convencernos con su fortaleza instrumental de los pocos atractivos de una página que sólo puede defenderse en la prestación virtuosística que demanda. Demasiado poco.

Nota: Puede escuchar en su integridad The Anatomy of Disaster (Monadologie IX) aquí.