13 nov. 2012

Sánchez-Verdú, 'Paraíso cerrado II'. Estreno: OCG (09-11-2012)

Sánchez-Verdú, Sidney Louis, Tamayo. Foto: OCG
La presencia de Arturo Tamayo como director invitado en un concierto de abono de cualquier orquesta española lleva aparejada casi siempre el adjetivo de acontecimiento. De un lado, el maestro madrileño, radicado desde hace años en Alemania, es una de las batutas más competentes en la dirección musical de obras de los siglos XX y XXI, de otro, sus programas siempre son congruentes y plantean diferentes direcciones que van a concluir en una experiencia estética de gran calado. Ignorado tristemente por la Real Orquesta Sinfónica de Sevilla (ROSS), a cuyo podio hace demasiados años que no es invitado, la Orquesta Filarmónica de Málaga (OFM) contó con él durante la pasada temporada -proponiendo un intenso abanico de obras de Manuel Hidalgo, José Luis de Delás y Arnold Schoenberg- y, el pasado viernes 9 de noviembre, Tamayo protagonizaba, en el Auditorio Manuel de Falla, un concierto de abono de la Orquesta Ciudad de Granada (OCG) integrado por la Pastorale d'été de Arthur Honegger, el estreno que centra estas líneas, Paraíso cerrado II de José María Sánchez-Verdú, y la transcripción para orquesta de cuerdas del propio Arnold Schoenberg del Cuarteto de cuerdas nº2.

Sánchez-Verdú no protagonizaba un estreno en Granada desde que el Festival Internacional de Música y Danza presentase en julio de 2009 el ambicioso concierto-instalación Libro de las estancias. Paraíso cerrado II, la creación que ahora traía al músico a la ciudad que contempló sus primeros años de formación, pudo haber sido una pieza menor, una traslación al ámbito orquestal de su Cuarteto de cuerdas nº9 'Paraiso cerrado' (2009). Sin embargo, a medida que daba cuenta del encargo realizado por el propio Arturo Tamayo, Sánchez-Verdú desbordó los límites inicialmente previstos para alumbrar una creación completamente nueva e independiente de la pieza camerística que sirvió de pretexto original.

Dedicada a la Alhambra, no hay en ella, como era de preveer, gesto retórico alguno de ese alhambrismo musical que cincelaron autores como José de Monasterio y Ruperto Chapí. Paraíso cerrado II toma como pretexto literario algunos de los fragmentos escritos en los zócalos del monumento pertenecientes al poeta nazarí Ibn Zamrak. Escrita en cinco partes, nuevamente conceptos como la caligrafía árabe, efectos sinestéticos y espacios de sonido muy bien delimitados se asoman a una partitura que acaricia la media hora y que, bajo su aparente convencionalidad de formato (orquesta de cámara y soprano), supone un nuevo capítulo en el apartado más amable de su catálogo (por oposición al más abiertamente radical y experimentalista que representan otros trabajos que juegan con conceptos ajenos a la concrección pentagramática, piénsese en las muy recientes elaboraciones EXITUS (2011) y Castillo interior (2012)).

Todo estreno absoluto comporta mucho de tanteo de posibilidades. Y estamos convencidos de que Paraíso cerrado II crecerá en sucesivas interpretaciones. Arturo Tamayo acentuó magistralmente la desnaturalización instrumental a la que somete el material el compositor, trabajó con intensidad los sólo aparentes silencios de una obra pletórica de un puntillismo tímbrico absolutamente sensual, en las antípodas de la incisividad darmstadtiana y resaltó, hasta donde era posible, esa espacialidad del sonido tan cercana siempre al músico y que aquí fue de ribetes más modestos por la misma presentación 'clásica' de la partitura. La OCG, tristemente alejada del repertorio actual desde su primera y recordada etapa con Josep Pons al frente, se mostró no obstante como un instrumento dúctil, buen traductor de las exigencias de la composición. Contó además con la solvencia de la pianista invitada Isabel Puente, excelente conocedora del universo musical del creador de GRAMMA, Jardines de la escritura (2004/05).

Pese a que no nos parece una creación mayor de Sánchez-Verdú, acaso por una más acuciada de la cuenta querencia sciarriniana, quizás por unas expectativas de eclosión que no se ven cumplidas, quedando revestida toda la partitura de una cierta laconicidad, Paraiso cerrado II atraviesa momentos absolutamente magistrales, propios de una de las voces más inspiradas y casi siempre soberbia de la modernidad musical. Queda en la memoria el movimiento central, Memoria del agua, de una equilibrada tensión, el hallazgo de instantes tímbricos de excepcional sutileza -como ese acercamiento de la trompa al arpa del piano buscando resonancias en el límite de lo audible- y un tratamiento vocal que, sin alcanzar las cotas de paroxismo de una obra genial como la ópera Aura (2007/09) juega con exhalaciones, versos apenas musitados, canto a boca cerrada y otras exploraciones que se acomodan en un sendero de sensaciones que parecen no añadir si no más misterio aún a los epigramas escondidos de la Alhambra. La soprano Carole Sidney Louis, que tras la pausa, brindó una mórbida y muy en estilo versión de la citada transcripción del segundo Cuarteto schoenbergiano, posee una voz de timbre aterciopelado, de hermoso centro y excelente proyección. Su competencia con la música contemporánea cada vez nos parece mayor y, de continuar afrontando retos como este, estamos seguro que acabará despojándose de algunos tics dramáticos (cierta tendencia al canto hablado...) necesarios para que su afinidad en este repertorio sea plena.

3 nov. 2012

Yann Robin, 'Vulcano', Art of Metal I & III'
























Yann Robin (1974-)
1.- Vulcano 35:51
2.- Art of Metal I 20:47
3.- Art of Metal III 24:59
Alain Billard, metal contrabass clarinet.
Susanna Mälkki, conductor.
Ensemble intercontemporain. IRCAM-Centre Pompideu.

Audición: Art of Metal I



El sello austriaco Kairos, entre otras cabeceras como Aeon, está dando luz en los últimos tiempos a una serie de discos-retratos de compositores franceses que testimonian el excelente momento creativo que atraviesa la nueva generación de compositores franceses post-Boulez/Ircam y post-escuela espectral. Nombres como los de Pierre Jodlowski [consultar reseña de su disco Drones / Barbarismes... en este mismo sitio blog], Bruno Mantovani, Franck Bedrossian [cuya reseña del álbum Manifesto puede leer aquí] y Raphaël Cendo son prueba de lo anterior. A esta nómina viene a sumarse en la fonografía Yann Robin (Aix en Provence, 1974) con un intenso y extenso (81 minutos) cedé que incluye su, nos atreveremos a calificar 'poema-sinfónico' Vulcano y dos de las tres piezas del ciclo Art of Metal, primera y tercera de ellas, un pequeño conjunto de creaciones pensadas para metal clarinet contrabass -instrumento parcialmente modificado ad hoc para estas partituras- y cuyo alumbramiento no puede explicarse sin el concurso y la implicación del clarinetista e intérprete de las mismas, Alain Billard, miembro del Ensemble intercontemporain que ejecuta estos pentagramas con la dirección de la muy entregada Susanna Mälkki.

Yann Robin
El disco, en el que no se nos indica la fecha de composición de las obras -que en todo caso sabemos que ocupan el marco temporal de 2008 a 2010- no cuenta tampoco con unas notas generosas en detalle sobre las piezas y sí en cambio, al margen de unas sucintas explicaciones del propio Robin, alberga un inspirado aunque poco clarificador texto más poético que musicológico del también compositor Bruno Mantovani. Desde que comienza a sonar la música de Robin esta nos parece inmediatamente heredera de la escuela Ircam pero militante en las aguerridas trincheras de los compositores saturados (Bedrossian, Cendo, Kourliandski....). Sin embargo hay en el quehacer del francés un sentido de la inmediatez, una distinguible ludicidad en la exposición de los materiales que también nos parece provenir o, mejor aún, enraizarse en la aún bisoña tradición de autores de la órbita germana como Bernhard Lang y Wolfgang Mitterer o del belga Stefan Prins, creadores habituados a violentar el discurso con todo tipo de distorsionadoras inclusiones de recursos provenientes del jazz, el techno y el rock. 

Yan Robin se curtió en el free-jazz y su primera composición estrictamente anotada se remonta a 2003. Este precedente en su formación deviene en una música de una acuciada impronta, donde los músicos más parece que juegan tanteando posibilidades tímbricas y asociaciones imposibles antes que pelean por imponerse los unos a los otros. Algún oyente podría sentirse frustrado tras la audición de la ambiciosa Vulcano, para 29 músicos, pues el volcán cuya imagen se incita no parece entrar en erupción sino más bien anunciar pertinazmente que lo hará pronto. El dios Vulcano nos es retratado en un cavernoso, abisal poema-sinfónico que desde la modernidad más comprometida parece querer homenajear a Richard Strauss y Franz Liszt. Y como sucedía en el subyugante paisaje sonoro World Rythms de Annea Lockwood, donde el palpitante sonido de un volcán mantenía al oyente en estado de permanente inquietud, Yann Robin procede describiendo instrumentalmente diferentes estadíos de un fenómeno natural que atraviesa momentos de calma e intensidad, instantes de una incandescente agitación y otros en los que el terremoto que antecede al derramamiento de lava se hace más y más físico. En todo caso, Vulcano, como ese otro gran fresco cuasi sinfónico reciente de premisas también biológicas en propiedad del Intercontemporain, Caressant l'horizon [escuchar aquí] de Hèctor Parra, resulta una obra mayor de la actual música francesa. En las antípodas de la franca explicitud de Hekla de Jon Leifs, el dios al que invoca Robin parece dispuesto a mostrarnos sus poderosas armas pero no a ponerlas en práctica.

De una forma más inmediata conectada con el jazz experimental, Art of Metal I parte de la exploración instrumental de un metal bass clarinet modificado en su boquilla en pos de una sonoridad aún más industrial. Brillante y con escasos remansos de reposo, la primera de las obras del ciclo sumerge al intérprete -un Alain Billard tan convencido o más que el propio Robin del valor de esta música- en un espacio sonoro que parece conminado a confundir y aniquilar el discurso solista llevando la música a un estado de saturación del que, por medio de un espectacular desarrollo tímbrico, emerge ya como protagonista el clarinete de Billard. En el corazón de la partitura aguarda un pasaje de cierta impronta repetitiva especialmente iluminado en el que dos clarinetes contrabajos se aprestan a unir y disociar sus voces en medio de un acechante e incómodo colchón sonoro. 

Menos interesante nos parece Art of Metal III, para metal clarinet contrabass, ensemble de 18 músicos y electrónica. Robin, como contagiado por la fiereza del lenguaje de algunos de sus colegas de generación, deriva esta tercera parte del ciclo hacia un terreno abiertamente incómodo y cercano al noise instrumental en algunos segmentos. La adición de la electrónica no nos parece especialmente depurada y su concurrencia sirve únicamente para emborronar pretendidamente el discurso. Animada por un carácter ritualístico -la obra comienza con gritos salvajes prorrumpidos en el clarinete contrabajo-, Robin configura una pieza enormemente vistosa y pirotécnica, de pasmosa virtuosidad en algunos de los atriles del ensemble, pero en la que no acertamos a entrever una personalidad de peso tras ella. Quedará por comprobar entonces cómo se asienta en el futuro inmediato la voz de Robin en medio de una nómina generacional de creadores de calibrada y notoria relevancia.