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24 feb 2019

Thomas Ankersmit: "Mi mejor manera de crear es probar las ideas de otros y extraer mis propias conclusiones"

Thomas Ankersmit. / © Mich Leemans
Motivado e inspirado por figuras como Raaijmakers, Niblock y Amacher, la electrónica cruda y palpitante de Thomas Ankersmit (Leiden, 1979) sitúa al artista sonoro holandés como una de las figuras más emergentes de la música experimental. A partir del sintetizador Serge cincela construcciones sonoras que exploran la fenomenología psicoacústica y juegan al despiste estético imponiendo una precisa y (a ratos) musical estética del error. Lejos por igual de la acusmática y de la academia electroacústica, el sintetista propone en su nueva creación, Homage to Dick Raaijmakers (Shelter Press), una abrasiva y meditativa (en tales extremos se mueve la propuesta) composición que no está lejos, en sonoridad, de la música cibernética de Roland Kayn. De alguna forma, Ankersmit, con trabajos como este o el anterior Figueroa Terrace (Touch), recupera, reivindica y actualiza un periodo de la música electrónica, el de las décadas de los 50 y 60, que permanece todavía en un estado neblinoso.

¿Por qué decidió rendir homenaje en su nuevo trabajo al compositor Dick Raaijmakers?, ¿cuál es la relación que tiene con su música?

Thomas Ankersmit: Es un creador muy importante en mi país, Holanda, y siempre he sentido una fuerte conexión con su legado. Después de su fallecimiento en 2013 comencé a releer sus escritos y me sorprendió el carácter visionario de muchas de sus ideas, planteamientos que sentí la necesidad de hacer míos también. De alguna forma todo el Homenaje ha sido como un trampolín, partir de los conceptos estéticos y formales de Raaijmakers para acabar haciendo mi propia música. No vengo de la academia, nunca he estudiado música de forma reglada, así que mi manera de mejorar, de crecer como compositor, es ir probando las ideas de otros y extraer mis propias conclusiones.

27 jun 2012

Annea Lockwood, 'Jitterbug', 'In Our Name'...
























Annea Lockwood (1939-)
1.- Jitterbug 28:26
2.- In Our Name 11:48
3.- Thirst 20:18
Diversos intérpretes. A. Lockwood, electrónica.
New World Records 80729-2

Audición: In Our Name



La obra de la neozelandesa Annea Lockwood (Christchurch, 1939-) representa una creación genuinamente norteamericana (no afirmaremos oceánica por cuanto que la autora se considera a sí misma estadounidense de adopción). Dicho de otro modo, desconocemos en la siempre intensa Europa –culturalmente hablando- la existencia de personalidades musicales similares a ella. Citada siempre como referente femenino de la modernidad musical, es habitual referirse a Lockwood como a una de las grandes damas de la composición electroacústica. Nómina esta no especialmente nutrida pero sí de una singular importancia si nos atenemos si quiera al enunciado de figuras como Eliane Radigue, Pauline Oliveros o la tristemente desaparecida Maryanne Amacher.

El sello New World Records ha puesto recientemente en circulación un cedé que, bajo el título In Our Name, documenta tres composiciones recientes que testimonian el excelente momento compositivo en el que se halla Lockwood, obras que tienden puentes con la faceta más explorada de su catálogo –aquella directamente relacionada con el paisajismo sonoro y la indagación tímbrica a partir de instrumentos étnicos y primitivos- y aquella otra en la que la palabra y su semántica se emplea como motivadora de sutilezas y contextos que exigen, propician su propio acompañamiento sonoro.


También se percibe en estas tres obras que el origen compositivo de Lockwood hunde sus raíces en sus años de aprendizaje en el Royal College of Music de Londres y en los cursos de Darmstadt, Colonia y Holanda. Que fuera alumna del pionero estructuralista Gottfried Michael Koenig es algo que puede resultar hoy menos apreciable si no fuera por el carácter fuertemente abstracto de la primera pieza de la colección, la formidable Jitterbug. De alguna manera, y pese a que como dijimos hace unas líneas su obra está indisociablemente ligada al territorio en el que es concebida, existe en ella una sobriedad y un indisimulado gusto por las superficies rugosas que la hacen cercana, si quiera tangencialmente, a cierto recorrido estético de la música electroacústica europea.



Annea Lockwood
La biografía creativa de Lockwood permite al auditor el tránsito por senderos muy diferentes. Queda testimoniada en disco su inmersión en las sonoridades del vidrio en los Glass Concerts que llevó a cabo entre 1966 y 1972. Y, dentro de un ámbito igualmente colindante con lo instalativo, su célebre serie Piano Transplants (1969-82) la llevó a injertar pianos desvencijados dentro del contexto de jardines botánicos y espacios análogos en los que el instrumento era sometido a múltiples acciones (quemado [ver vídeo], enterrado, utilizado como abono…) emparentando este quehacer con el más metódico que en el ámbito de los ‘ruined pianos’ viene llevando a cabo desde hace décadas el ¿casualmente? australiano Ross Bolleter.

La documentación del paisaje sonoro de distintos ríos es otra de las constantes compositivas de Lockwood, también una de las facetas en las que ha originado creaciones más abiertamente plácidas en la escucha. El sello Lovely Music alberga en su catálogo lo que de sí han venido dando sus varios mapas sonoros: A sound map of de Hudson River (1989), A sound map of the Danube (2005) y A sound map of the Housatonic (2010)
[fragmentos de todos ellos pueden escucharse en su web], este último todavía no llevado al disco. También dentro de este abordaje naturalista habría que encuadrar una pieza magistral como la improvisación para diez canales World Rythms (1975) en la que el oyente se ve inmerso durante cerca de 60 minutos en una situación ambiental en la que conviven y colisionan erupciones volcánicas, geisers, terremotos, sonidos acuosos y emisiones radiofónicas de onda corta entre otros fenómenos.

Ligada más al ámbito científico y universitario –donde habitúan a presentarse y difundirse sus obras- que al habitual de festivales y certámenes especializados en música contemporánea, las tres obras de Lockwood que presenta New World ofrecen, cada a una a su manera, otras tantas posibilidades de adentrarse en su obra.  Acaso la más acongojante y demoledora de todas ellas sea la que da título al álbum, In Our Name (2009-10). En ella la compositora rinde homenaje a todas aquellas personas que, por unas razones u otras, han visto en algún momento vulnerados sus derechos fundamentales. Especialmente provocador –entendiéndose el lugar en el que se produce la composición: Estados Unidos- resulta que la autora fijara su interés en el libro Poems from Guantánamo: The detainess speak (Mark Falkoff. University of Iowa Press, 2007). De él selecciona tres textos de Jumah al-Dossari, Emad Abdullah Hassan y Osama Abu Kabir, tres ciudadanos de Bahréin, Yemen y Jordania respectivamente, cuyas vidas resultaron truncadas al ser detenidos –luego se demostrará, injustamente-, encarcelados y torturados por resultar sospechosos de connivencia con grupos terroristas.


Es posible que los textos de aquellos, motivados por la angustia y la incomprensión ante una experiencia vital devastadora, no alberguen demasiado interés desde un punto de vista puramente literario, pero como documento periodístico su valor nos parece trascendental:  “Take my blood / Take my death shroud and / The remmants of my body / Take photographs of my corpse at the grave, lonely” (…) Jumah al-Dossari - “We are innocent, here, we’ve committed no crime. / Set me free, set us free, if anywhere still / Justice and compassion remain in this world!" Osama Abu Kabir.



Annea Lockwood
La obra, que surge por encargo del cantante Thomas Buckner (el reverso masculino de Joan La Barbara), ha originado una  pieza que conmociona ya en una primera escucha. No es la primera vez que Lockwood colabora con el barítono, fue él el protagonista de Duende (1988), una brutal inmersión sónica en un ritual chamánico de resonancias fúnebres. La compositora sitúa en la gravísima voz de Buckner los poemas y selecciona determinadas palabras claves diseminadas en los versos para aplicar una distorsión electrónica cercana al ‘noise’ de medido impacto que golpea el colchón instrumental que teje el continuo del violonchelista Thedore Mook . El resultado, como pueden comprobar en este mismo sitio web, resulta, sí efectista, pero de un sobrecogedor patetismo.

Igualmente densa deviene la audición de Jitterbug (2007)
[en audición un fragmento aquí], obra esta concebida para una coreografía de la compañía de Merce Cunningham cuya contemplación resulta completamente accesoria para poder disfrutar de esta selvática inmersión en un fresco que contempla interpretación en vivo, manipulación electrónica y sonidos grabados. Su generosa duración –cercana a la media hora-, su carácter de improvisación guiada, el empleo de instrumentos étnicos y otros claramente tecnológicos y el recurso a la inclusión de grabaciones del medio y de insectos acuáticos y terrestres traen a la memoria la sensacional Rainforest (1976) de David Tudor, con la que la separan numerosos presupuestos y la une no pocas coincidencias estéticas. 

Con la ayuda de una partitura gráfica –que consta únicamente de seis fotografías que reproducen piedras encontradas y recogidas por la autora en el lecho de un riachuelo en Montana Rocky Mountains-  John King -guitarra eléctrica, viola y procesamiento-, (el histórico) David Behrman -cítara, salterio, carraca, rainstick y procesamiento- y el percusionista William Winant -birimbao, tamtan, timbales, gong, platillos y otros pequeños instrumentos- establecen  un fluido e incesante diálogo con el material electrónico en cinta elaborado por Lockwood. Jitterbug (que extrañamante apela con su título a un acrobático baile estadounidense con el que se acompaña en algunos casos la música de big bands) es, al final, un mutable environment, una suerte de inmersión hermosamente musical en un lugar en el que lo microscópico y lo macroscópico en la naturaleza encuentra una ensoñada (y agitada) traslación sonora.

Menos convincente por prolija es Thirst (2008), creación electrónica pura para cinta de cuatro pistas en la que la intención evocativa de Lockwood se antoja demasiado evidente. En ella se pone en contraste el caos y el alboroto de la Gran Estación Central de Ferrocarriles de Nueva York con la serenidad del testimonio oral de la escultora libanesa Simone Fattal al recordar su infancia en la casa de sus abuelos, en Damasco. “Esas memorias crean un refugio para la mente ante el omnipresente ruido de la crisis que nos rodea”, asegura la compositora. Sin embargo, todo resulta superfluo y accesorio. La reiterativa y cansina narración no interesa –como tampoco el tono monocorde y típicamente biográfico que impone Fattal-, menos aún lo hacem las musitadas y abiertamente plácidas incursiones de la voz de la soprano Kristin Norderval. El carácter melodramático de la composición está muy alejado de los logros en este ámbito de nombres como los de Francis Dhomont, Roxanne Turcotte o más recientemente Frances White. Pasando por alto esta Thirst, tanto In Our Name como Jitterbug suponen un gozoso reencuentro con la música de una autora esencial en la anti-académica modernidad musical que se continúa gestando en el corazón cultural de los USA.

4 ago 2011

Christina Kubisch, 'Mono Fluido'





















Christina Kubisch (1948-)
1.- Mono Fluido (1981) 31:24
2.- Ocigam Trazom (1985) 09:00
Christina Kubisch, interpretación, grabación, electrónica, edición
Important Records (Imprec327)

Audición: Ocigam Trazom


Dentro de la todavía escasamente nutrida nómina de compositoras y artistas sonoras de primera fila merece un puesto preeminente la alemana Christina Kubisch (Bremen, 1948). Pese a tratarse de una creadora con una intensa dedicación al mundo de los sonidos -algo de lo que da buena cuenta una generosa discografía que supera la decena de cedés con buena distribución internacional- el provenir del ámbito de expresión plástica hacen que su nombre no haya trascendido aun como debiera y permanezca loada y distinguida dentro de los márgenes del trabajo multimedia. Espacio, luz y sonido serán los elementos que jueguen un papel fundamental en su obra.

Formada como compositora ‘clásica’ y flautista, Kubisch realizó un recorrido académico que la llevó por Hamburgo, Graz, Zürich, Milán y Darmstadt –donde atendería las clases de Mauricio Kagel-. Precursora a partir de la década de los 70 del pasado siglo en la experimentación y aplicación de la inducción electromagnética a la música, ha desarrollado una intensa dedicación al mundo de la instalación sonora –de cuyas piezas en este contexto proviene buena parte de su discografía- así como también ha sido pionera en lo que ha dado en denominar 'Electrical Walks', una serie en la cual la audiencia es invitada a pasear por diferentes lugares llevando unos auriculares especialmente diseñados que responden sónicamente a los campos eléctricos del entorno (sistemas de seguridad, móviles, ordenadores, antenas, sistemas lumínicos y otros componentes electrónicos).

El sello norteamericano Important Records –uno de los principales valedores de la obra de Kubisch- acaba de publicar sendos álbumes que recogen el pasado y el presente del quehacer compositivo de la artista germana. De un lado, Magnetic flights [escuche un fragmento aquí] documenta en un par de extensas piezas  -Magnetic flights y Double scanning- las grabaciones de interferencias y campos electromagnéticos recogidas en aeropuertos y aviones con unos auriculares especialmente diseñados para captar y amplificar unas señales que por sus frecuencias, por sus intermitentes loops y por las vibrantes sonoridades que emanan resultan mucho más ‘musicales’ de lo que cabría esperar.


Christina Kubisch
Pero es el otro disco, Mono Fluido, el que viene a realizar un aporte de importancia con la puesta a punto (léase, digitalización) de dos notables composiciones que hasta ahora habían dormido en el archivo de la compositora. Afirma Kubisch en las notas incluidas que sintió que estas creaciones –Mono Fluido y Ocigam Trazom- “habían aguardado 30 años antes de ver la luz”. Y probablemente hoy, comprendiendo el renovado interés que suscitan pioneros de la composición electrónica y por el auge de la drone-music (ejemplarmente representada por nombres como los de Phill Niblock y Eliane Radigue, entre otros), ambas creaciones encuentren un mayor calado entre los auditores que atienden con delectación unas intensas propuestas sonoras que, estrictamente, no provienen de la academia, lo cual no resta ni añade, a priori, valor alguno

Un rumor de Luigi Nono -el de Post-Praeludium per Donau (1987)- parece atisbarse en Mono Fluido (1981). Acaso porque el sonido de la flauta (alta y baja, tan cercana al universo del autor de Prometeo), interpretada por Kubisch, está en la base de una composición en la que también se cuela el bisbiseo de unos tubos de plástico colgados y movidos por el aire, las grabación tenue y confusa de un limpiaparabrisas, el sonido del cristal y el de la propia respiración de la compositora. 

En 1980 Kubisch trabajó con el video artista Fabrizio Plessi en la elaboración de la banda sonora del filme experimental Liquid Movie.Tomando como base el grueso del material compuesto para el audivisual, la compositora dio forma a una pieza de música pura, Mono Fluido [un fragmento de la cual puede escucharse aquí]. No hay nada nuevo en ella. Y, probablemente, el recuerdo de su audición únicamente perdure mientras nos exponemos a ella. Pero es una composición a la que estamos llamados a volver en más de una ocasión. Se trata de un paisaje sonoro intenso, sofocante en algunos instantes, en otros más abiertamente ambient. Las fuentes se encuentran tan enmascaradas por la edición que resulta complejo jugar al reconocimiento. Mono Fluido evoluciona serenamente a lo largo de treinta minutos y hay en ella algo que nos perturba y atrapa por igual. En todo caso, y desde un punto de vista puramente reflexivo, conviene valorar con justeza los recientes aportes de los, en ocasiones sobrevalorados, Stephan Mathieu, Kenneth Kirchner y Richard Chartier, actualizadores de un ambient pesante, silente a veces, y taciturno, casi siempre atractivo, teniendo como antecedente una creación pionera y anunciadora como esta de Kubisch, cuya estela estética permanece hoy, más de tres décadas después de su concepción, plenamente vigente.

Quien busque en Ocigam Trazom (Il Flauto Magnetico) (1985) una respuesta contemporánea a la mozartiana Flauta Mágica no la encontrará aquí. Pese a que la composición surge como una respuesta de la compositora al encargo realizado con motivo de una exposición en 1985 alrededor de unas funciones de la célebre ópera que se llevaron a cabo en el Teatro alla Scala de Milán, Kubisch pretendió releer las claves de la obra original desde una óptica actual por medio de una instalación que daba cabida a más de mil metros de cable eléctrico azul, auriculares construidos específicamente, reproductores de cintas de casette y amplificadores. Ubicados todos estos elementos en el “teatro espacial e imaginario” (dixit) de una sala neutra, se invitaba al oyente a pasear por la instalación, dividida en zonas (cada una con el nombre de uno de los personajes de la ópera) experimentando su propia representación/actualización sonora.

Como es habitual en Kubisch los elementos sonoros de partida son abundantes y heterogéneos: los maullidos de un gato, registros sonoros del sintetizador EMS, una voz de ópera y las grabaciones distorsionadas de la plegaria de un almuédano, cantos de pájaros y sonidos de distintos aparatos electrónicos. En 2009, la creadora realizó una nueva reelaboración de aquellos materiales –ya previamente recompuestos con destino a la referida instalación sonora- que es la que podemos escuchar ahora. Por lo conciso de la pieza (nueve minutos exactos) los cambios se suceden a una velocidad no habituada en la música de la autora, provocando así un efecto sorpresa por cuanto que los eventos sonoros parecen ensamblados, casi pegados, uno detrás de otro, de una manera un tanto rudimentaria pero prestando cuidado a la idea de mantener una cierta lógica discursiva. No es la creación más representativa de Kubisch, pero sí una estupenda muestra de arte sonoro que convence por el descaro y sinceridad con el que parece estar elaborado este collage de diversas y antagónicas fuentes que nos imanta sin mayores explicaciones.

6 abr 2011

Arsène Souffriau, 'Expériences BIMES'





















Arsène Souffriau (1926-)
Expériences BIMES
CD 1: Trois études pour Maldoror
          Feu d'artifice
          Metastasis
          Etude Nº2 pour 2 pianos préparés
CD 2: Un monde en création
          AS980804
          Mutations
          Incantation
          Rosio Kama
CD 3: Imaginaires irisées
         Attente
Metaphon
Distribuye en España: Arsonal


Audición: Incantation (Opus 291, 1981, 13'14'')

La exhumación de obras de la prehistoria de la música electroacústica y el arte sonoro arroja, en la mayoría de los casos, resultados excelentes. Y si cuando nos referimos al momento actual del género la discografía es enormemente prolija, casi apabullante, no lo es menos si de lo que se trata es de sumergirse en el pasado de una forma de concebir y pensar la creación sonora que tiene ilustres olvidados por el camino.

Al margen del sancta santorum de la composición electroacústica (ponga aquí cada cual su Demiurgo, llámese Pierre Henry, Karlheinz Stockhausen, Bernard Parmegiani…), la mirada atrás sirve para asistir, en muchos casos a un total alumbramiento, de obras que, en su mayoría, nunca vieron la luz más allá del estudio o laboratorio donde fueron concebidas. Y si lo hicieron su difusión no fue más allá del estreno puntual en un festival hiperespecializado (esto es, un reducto todavía más marginal que el que constituyen históricamente el grueso de los certámenes consagrados a la música contemporánea instrumental).

En un relativamente escaso margen de tiempo hemos podido disfrutar de ediciones de auténtico lujo como las que dedicó Basta Records a la obra de Dick Raajimakers o la más reciente a mayor gloria del interesantísimo compositor holandés Henk Badings, cuya creación en el ámbito de las computadoras no desmerece en modo alguno su quehacer en la elaboración de sinfonías y obras concertantes también hoy al alcance gracias a sellos rescatadores como CPO. Le toca el turno ahora al belga Arsène Souffriau de cuyo arcón rebosante de música ha venido a hacer patria el incipiente sello belga Metaphon, en una limitada y lujosa edición en caja revestida de tela de tres álbumes (en LP y CD, estando agotada ya en el primer formato) de no más de 300 copias.
 
Alberga el libreto de la publicación una curiosa imagen que une en el mismo encuadre a Ennio Morricone y a Arsene Souffriau, quien se prodigó como músico de cine de corte experimental en cintas de arte y ensayo y documentales. En la instantánea ambos compositores miran con delectación un reproductor de cinta magnética en la que –se nos cuenta- se oía una pieza del belga. La actitud sonriente en exceso y la postura adoptada con los brazos cruzados del célebre autor de innumerables bandas sonoras, que contrasta con la mirada expectante de su colega, parece, leyendo entre líneas, confesarnos el desinterés que aquellos sonidos átonos y cibernéticos produjeron en el italiano.
 
A grandes rasgos la anécdota dibuja bien la situación vital que siempre padeció Souffriau. Convencido de la marginalidad de su propuesta, el músico decidió vivir de su tarea como ingeniero de sonido en la Televisión Nacional de Bélgica y llevar una vida paralela como creador casi de ámbito privado. Su nombre únicamente se haría visible en algunas citas musicales de Bruselas y en el tristemente desaparecido por la crisis Festival de Música Electrónica de Bourges. En cuanto a la notoriedad esta le llegaría de forma un tanto extemporánea por mor de su aportación a un álbum de pop psicodélico editado a finales de los 60 por los hermanos Jess & James.

El tiempo libre del que disfrutó (y disfruta pues por fortuna sigue entre nosotros) Souffriau lo ha venido concentrando en su propio estudio BIMES (Bureau d’Illustrations Musicales, Electroniques et Sonores), donde han sido concebidas todas las composiciones que nos presenta Metaphon y que forman parte de un catálogo de más de 500 obras de las que 430 son electrónicas y, siguiendo con cifras, de las que sólo 42 han sido publicadas en vinilos hoy prácticamente inencontrables.

El disco que propicia estas líneas propone una docena de composiciones, todas electroacústicas con la salvedad de la que disponemos en audición, Incantation, que añade ondas martenot, tcheng y tres percusionistas y Mutations, para coro mixto, dos pianistas, tres percusionistas y sonidos electrónicos. La primera de ellas, fechada en 1981, es una creación de enorme peso en el catálogo de piezas concebidas para el instrumento ideado por Maurice Martenot. Obra de carácter ritualista y ceremonial que incluye sonidos guturales de los músicos y que pese a lo muy datado de algunas de sus sonoridades mantiene su capacidad de impacto. Parece como si Souffriau quisiera adelantarse al futuro, asegurar la permanencia de sus piezas y para ello cincelara los sonidos, los esculpe despojándolos de rugosidades, como luego veremos en las obras más recientes aquí recogidas.

En el primer álbum se presentan trabajos fechados en el marco temporal 1962-1964, de entre los que sobresalen los sorprendentemente muy musicales Trois études pour Maldoror (aunque sólo escuchamos dos), la riquísima en sonoridades y auténticamente adelantada en tímbrica y contenido Feu d’artifice y la terrosa y planeante Metastasis, cuya audición pareja con la partitura homónima de Iannis Xenakis resulta muy enriquecedora por cuanto ambas aspiran a erigir en música la misma idea generadora.  De menor interés es el Etude Nº2 pour 2 pianos préparés por cuanto la literatura para este cagiano instrumento es tan soberbia que poco aporta el tanteador, indagativo aporte experimentalista de Souffriau.

Del disco segundo destacaremos la composición que abre el cedé, Un monde en création, obra sin número de opus ni fecha, cuya agitación interna nos remiten a lo que podría ser el precedente ejemplar del trabajo acusmático de un Francis Dhomont, tal es el grado de refinamiento que alcanza la música del belga aun perteneciendo a una época todavía muy primaria en lo que concierne al desarrollo de los sonidos electrónicos. A este respecto, la miniatura Rosio Kama (1988), ejemplo de música digital y procedimientos de síntesis, abren la puerta a un creador enormemente estilizado y, se diría, hasta planeante sin circunscribirse jamás a una estética que no fuera la suya propia.
 
El recopilatorio se cierra con un tercer álbum con dos únicas piezas. La primera, Imaginaires irisées, de 1982, está ya muy lejos formalmente de las composiciones que escuchamos al comienzo. Se trata de una luminosa obra cuyo autor pretendía que su sola audición -superior a los 25 minutos- nos alimentara imágenes iridescentes, como un gran cuerpo celeste sonoro y estático en el que habitamos apenas si por un rato y donde cualquier atisbo de desarrollo se desestima en pos de la cualidad casi física de la música.

El opus 409, Attente, de 1992, retratan a un compositor, Souffriau, vocacionalmente ajeno a la academia. No es en modo alguno ambient lo que propone este último escalón, como tampoco encaja en las propuestas ambivalentes, meditativas e inquietas de autores como Stephan Mathieu o Jason Kahn. Aquí, cerrando un arco de 40 años, el belga sacrifica lo artesanal de su creación anterior (música concreta, improvisación y medios analógicos) para enmarcar su obra dentro de la música digital pura: se pierde sensación de espontaneidad pero se gana una obra que, de ser conocida por los paladines de la 'nueva electrónica', bien podrían sumarla a tal causa. Música espacial de clima enrarecido e impacto prolongado.

25 mar 2011

Jean-Baptiste Favory, 'Big Endings'

M. Mathar















Jean-Baptiste Favory (1967-)
1.- Big endings (2007) 3:05
2.- Leyendas urbanas (1997) 20:30
3.- La catastrophe d'assèchement (1999) 22:40
4.- Pour les voyageurs (2004) 16:45
Entr'acte
Distribuye en España: Arsonal

Audición: Leyendas urbanas

Resulta tremendamente adictivo perderse en las escuchas de las muestras de audio que propone la página web del sello inglés Entr’Acte, con su arsenal de novedades consagradas en la mayoría de los casos a creadores free-lance, artistas sonoros, improvisadores, músicos inclasificables, nombres de la nueva electrónica y compositores electroacústicos huidizos y a trasmano. Es el caso de Jean-Baptiste Favory (París, 1967), quien no es ningún recién llegado a la música de creación en tanto que sus primeras piezas datan de 1989 y su recorrido profesional le llevó, en tiempos, a trabajar de asistente de dos autores, uno muy grande, Luc Ferrari, y otro menos, Gavin Bryars. Previamente habrá sido alumno de Julio Estrada y Gérard Pape. Su paso por el CCMIX (Centre de Création Musicale Iannis Xenakis) y la fundación en 2007 del grupo, liderado por el compositor y director Paul Mefano, Circle for Liberation of Sound and Images, acaban por perfilar su ADN curricular.

Aunque editado en 2010, la comercialización del álbum Big Endings  en tiendas especializadas como Arsonal (España) y Metamkine (Francia) no ha comenzado hasta este año por lo que ya podemos ir sugiriendo que estamos ante uno de los trabajos llamados a ser considerados esenciales dentro de su campo (que en este caso concreto es huidizo; podríamos hablar de música electroacústica hibridada con una manipulación de los materiales cercana al arte sonoro)  de la cosecha de publicaciones de 2011, de la que también podemos apuntar otra referencia sobre la que aportaremos unas líneas próximamente: Still to be a storyteller, de Bernard Donzel-Gargand (Monocrome).

El abordaje musical de Favory, esto es, su posicionamiento estético, arranca con la miniatura que da título al cedé. Big Endings (2007) no es otra cosa que una coda puesta al comienzo, una traca que despide un universo sonoro gastado y debilitado por las leyes del marketing como es el rock y sirve de entrada a otro; el que abraza el músico francés, la propuesta de escucha reflexiva pero no exenta de placer auditivo que deriva de la música experimental. En este primer track se contraen múltiples estallidos de caos y violencia tomados de la conclusión de diversos temas de rock. Hilvanadas en miniatura estas bombas de frenetismo catártico simbolizan, bajo la perspectiva del músico, “el punto final de un género” que nació como una expresión artística bajo los presupuestos de la innovación y la rebeldía pero cuyo desarrollo se ha empeñado en no hacer caso a tales premisas. Añadiremos nosotros que el oyente atento hallará en la ‘música contemporánea’ (de Nono a Lachenmann, de Berio a Cristóbal Halffter…) infinitas muestras de auténtico y radical compromiso con la historia y sus avatares, de mucho mayor calado que las que derivan de la esfera del pop-rock.

Las dos piezas que verdaderamente retratan a Favory en toda su magnificencia llegan después. Leyendas urbanas (1997) y La catrastrophe d’assèchement (1999). La primera deriva de su estancia como compositor residente en la ciudad mexicana de Monterrey. En definición, la obra propone un típico paisaje de ciudad: sonidos de agitación urbana se mezclan con otros tomados del árido desierto que circunda el lugar, fragmentos de tumultuosos clubs nocturnos anteceden al canto de los insectos de Sierra Madre. El paseo dista enormemente de ser plácido porque el francés condensa el material al máximo, lo altera, asfixia los retazos literarios y nos entrega un intenso collage que mueve a antojo logrando desviar la atención a contradictorias y antagónicas situaciones/ubicaciones. Los fragmentos poéticos descontextualizados y la aparición deformada de músicas populares nos sitúan ante la difícil diatriba de decidir con qué lugar nos identificanos.

Como La catástrofe del secado podríamos (mal) traducir con ínfulas de literariedad la composición que sigue. Explica el compositor que la concibió en su propio estudio (denominado Stu-Stu) de forma bastante instintiva tras la lectura del libro de Sándor Ferenzci, Sex in psychoanalysis. Hay en ella un abstracto retrato de lo que podría ser la evolución de toda criatura viva, desde su concepción hasta la muerte. Al contrario que en la anterior obra, resulta en esta más complejo asociar argumentario y sonidos, por más que ciertos eventos nos hagan pensar en otras creaciones electroacústicas en las que también la fisicidad y lo orgánico alcanzan un peso extremo, como en los abrasivos precedentes que suponen las piezas Zénith (1999), de Louis Dufort y Catachresis (1987), de Gerard Pape, ambas conforman junto con La catastrophe... de Favory una tríada de obras cuya audición continuada respaldaría una tesis sobre el concepto de “génesis” y su evocación fantástica en la música de vanguardia. Los sonidos de los cuatro elementos -aire, fuego, tierra y agua- y otros procesados de la improvisación sobre instrumentos como la tabla hindú confieren al trabajo unas sonoridades concretas que contrastan con el tono documentalista de la obra que la antecede en el disco.

Sonidos metálicos y artificiales, como de cajas de música, secuencia apagada que se resiste a su extinción, Pour les voyageurs (2004) es el último escalón de este Big Endings, y también la composición más inesperada de todas. Después del tono expansivo y aguerrido del material precedente a este último track, nos encontramos con una pista que navega entre el ambient y lo que bien podría ser el resto auditivo de una instalación sonora. Pensamos en Robin Minard y sus espacios bisbiseantes, pero también se nos viene a la memoria la languidez repetitiva y mecanicista de una joya como Madrigale, de Aldo Clementi. La última invitación de Favory parece querer demostrarnos la necesidad de su autor de no adherirse plenamente a un modo compositivo: las cuatro tarjetas de presentación de este gozoso álbum de Entr'Acte nos dejan con ganas de más.

25 oct 2010

Pierre Henry chez lui 2010

Pierre Henry en su Maison. Foto: Marmara/ Le Figaro























Excusatio non petita: Viajar a París, localizar en el mapa de la ciudad la Rue de Toul y cruzar el umbral de la encantadora casa del legendario cofundador de la música concreta y pionero de la electroacústica Pierre Henry ha de mover, forzosamente, sentimientos y sensaciones del todo personales. No es el tono de este espacio web ni tampoco su pretensión (por más que la crítica musical sea siempre irremediablemente subjetiva) pero permítaseme este exordio para justificar las siguientes líneas.

Impresiones: A las 17.00 horas del martes 20 de octubre de 2010 sólo cierta actividad visible a través del gran ventanal daba idea de que allí mismo, justo una hora después, iban a abrirse las puertas de la casa-estudio (Son-Ré) que desde hace más de 50 años ocupa Pierre Henry. No es la primera vez que su hogar se convierte en un pequeño auditorio, en una gran mansión resonante. Esta era la séptima ocasión en la que el maestro francés invitaba a sus seguidores a descubrirle en su ámbito más íntimo. En 1996 propuso en ella el estreno de su fantástica creación Intérieur/Extérieur. Luego, en 2002 repitió la iniciativa con ocasión de la presentación de Drácula, y en 2005 volvería a hacerlo para dar a conocer la pieza Voyage iniciatique. En 2008 sería la obra Miroirs du temps la que centraría otra tanda de 22 conciertos y en 2009 insistiría en hacer de su casa un auditorio con Dieu, poema sonoro sobre textos de Víctor Hugo.

Se desconoce a dia de hoy si el más que octogenario Henry, quien dirigió la difusión de sus obras desde su inmensa mesa de sonido, con gesto visiblemente cansado, volverá a tener ánimos para enrolarse en el futuro en un proyecto como éste: tardes enteras recibiendo el cariño y la admiración de un público entregado pero cuya atención ha de agotar forzosamente la salud. Hay quienes especulan que esta serie de conciertos (que finalizan el día 30 de este mes) suponen también la despedida de Pierre Henry de la actividad pública, idea que no obstante conviene poner en cuarentena. Baste recordar que el compositor francés viajó a Noruega a comienzos de este mes de octubre para inaugurar el Festival Última de música contemporánea de Oslo.

Sea como fuere lo que sí parece fuera de toda duda es la intención de Pierre Henry de que en el futuro, su casa se convierta en su fundación, en su museo (no en vano está repleta de sus obras plásticas concretas), en fin, su deseo de que siga sonando y resonando constituye un proyecto tan feliz como inédito que permitirá que las generaciones venideras continúen asomándose a la música fascinante e inquieta del autor de las Variaciones para una puerta y un suspiro.

La excusa para volver a concitar a su público la daba en esta ocasión la aparición de un volumen, lujosamente editado por Fage -valga el tópico-, titulado, a las claras, La Maison de sons de Pierre Henry, obra eminemente fotográfica de Geir Egil Bergjord que documenta a lo largo de casi 200 páginas los inabarcables meandros de una gran casa repleta de arte y de sonidos, una profana meca de la música electrónica. Completan la publicación una breve e ilustrativa colección de textos (únicamente en francés) y un cedé que alberga tres de las obras que sonaron en estos programas (Phrases de quatour -2000-, Miroir du temps -2008- y Envol -2010-) más Capriccio (2009).

Collages y ensamblajes de todo calibre se atesoran a lo largo de las tres plantas de una Maison en la que la pasión por la música se entremezcla con el arte (algo que se advierte en la observación de los libros de su profusa biblioteca) y en donde las obras de Henry -con personalidad propia pese a los vagos ecos de los pequeños montajes de Kurt Schwitters que puedan suscitar- confieren al lugar una poderosa imantación: No se quiere salir de allí y, en cualquier caso, existe un deseo inevitable de que las puertas de la casa no se cierren nunca. Su hogar en sí mismo es ya una obra de arte, un lugar de encuentro con una parte importante, esencial, de la historia de la música del siglo XX.

Tanto Bernadette Mangin como Étienne Bultingaire -históricas colaboradoras de Henry en tareas de asistencia musical, ingeniería de sonido y espacialización- recibían a los asistentes con una sincera sonrisa prestas a explicar cualquier pormenor sobre el lugar y sobre la música. Junto a ellas un competente equipo de ayudantes que velaban, ante todo, por cumplir un precepto: La Maison de Sons no es una invitación a contemplar obras plásticas mientras se oye música, no se trata de una hogareña instalación sonora ni de un chill-out académico. La Maison de Sons es una forma de concierto. A la hora referida todos los asistentes habían de encontrar un lugar para sentarse y permanecer quietos, en silencio, oyendo lo que la música de Pierre Henry tiene que contar y cuyos significados nos eran expuestos por las decenas de altavoces diseminados por la casa en un alarde técnico que nos hacía partícipes de una forma de espectáculo semiciego y de enorme concentración. Una vez más la música electroacústica volvió a erigir al altavoz en imponente y perfecto intérprete de un universo sonoro que parece haber surgido en otra dimensión. Así lo quiere Henry, quien en el documental de Eric Darmon y Franck Mallet, The art of sounds, afirma sentirse igualado con un intérprete de violín o piano, él lo es de los sonidos electrónicos y exige atención y silencio, manteniéndose así parcialmente intacto el ritual del concierto clásico.


En la segunda planta y sin aforo ante él Pierre Henry, suscitó antes y después miradas de intensa admiración. Era él, el cofundador de la música concreta, el que soñó un día e hizo realidad al otro -siguiendo los preceptos de Pierre Schaffer- la posibilidad de una nueva música. Cansado tras el concierto, sentado en un margen de la habitación, tuvo la serena paciencia de firmar discos y libros y hasta de cruzar alguna palabra de agradecimiento. La dedicatoria que no sin cierto pudor me llevé de su álbum Voyage iniciatique era casi lo de menos, lo de más, contemplarle, tan elevado en su genialidad, tan activo e inquieto en la creación de nuevas obras (la última, Envol, de este mismo 2010, de ayer mismo como quien dice). Un fugaz cruce de manos puso el broche a mi estancia en la Maison. No padezco mitomanía pero sí rendida admiración y cariño por quien tantas horas de felicidad me provee con sus obras.

Sonidos: Dos conciertos (a las 18.00 y a las 20.30 horas) eran la oferta de esta nueva apertura de puertas, acaso el primero más completo y plural que el segundo, pero en cualquier caso insustituibles ambos. Comenzó el primero de menor a mayor intensidad sonora, pasó del acadecimismo al techno sin que a los altoparlantes (¡qué maravilloso término portugués para designar a los altavoces!) les temblara el pulso, trazó un recorrido desde un mayor apego por el gesto concreto a la música electrónica pura.

La sesión comenzó con Phrases de quatuor, un puzzle abstracto, una especie de autoretrato imaginario a través de uno de los compositores que más han marcado a Henry, Franz Schubert. Como viene siendo habitual en sus obras de los últimos 15 años, el francés se apropia de músicas pretéritas -aquí el Quinteto para cuerdas de 1828- para dibujar un evocador fresco sonoro de voz queda en la que un grito (con reminiscencias del Wozzeck bergiano) rompe un clima clásico en el que se suceden frases de otros autores como Ravel, Franck y Debussy.

Otro homenaje, esta vez sin citas explícitas, es el que realiza en Miroir du temps. Olivier Messiaen estaba en el pensamiento de Henry cuando en 2008 compuso una pieza que evoluciona con sonidos de timbre más instrumental que electrónico, como si quisiera acercarse al mundo de las notas clásicas. Ecos de lo que podría parecer el sonido de un piano preparado y sutiles pero constantes cambios de tiempo cincelan una música hermosa pero bastante más hermética de lo acostumbrado en Pierre Henry. Su apego aquí a la no manipulación excesiva de los sonidos le emparentan por un momento con las obras electroacústicas de Karlheinz Stockhausen.

Finalizó el primer concierto con la sorprendente Envol, obra compuesta con ocasión de esta serie de conciertos y cuya difusión en la Maison difiere notablemente de la versión registrada en cedé cuya audición proponemos acompañando esta entrada. Ya se advierte sobre el papel una variación en la duración -de los 27 minutos de la ofrecida allí a los casi 14 de la versión del disco-. Lo esencial permanece, pero Henry ofreció no obstante una versión más jugosa, más heterodoxa, de la que decidió incluir en la grabación. Envol es "un poema musical de estilo lúdico" nos dice el compositor, y eso lo percibimos desde un titubeante inicio que da lugar a una música menos concentrada que las dos piezas anteriores, de una mayor brillantez tímbrica y que, 'en el directo', acaba convirtiéndose en un emotivo homenaje al célebre Psyche Rock de la Messe pour le temps present (1967) que tanta notoriedad en el ámbito popular le dio. Está aquí el repiqueteo constante de las campanas y algunos de los sonidos más característicos de aquella legendaria pieza cuyo recuerdo en Envol hace concluir la escucha con una abierta sonrisa.

Tras una pausa de casi 90 minutos antes de la segunda sesión en la que se regeneró el público -que prefirió quizá espaciar en dos días la asistencia a ambas propuestas sonoras- el segundo concierto arrancó con la pieza más antigua de las seleccionadas por el músico, Gymkhana (1970), paráfrasis polifónica de otra obra, retirada de catálogo, Noire á soixante escrita para una plantilla instrumental. Se trató de la creación más adusta de todas, una procesional música que atrapa al oyente a través de una sucesión de sonidos secos y repetitivos que son ligeramente transformados por la electrónica

Drácula 2010 es un nuevo acercamiento al mito vampírico según Pierre Henry después de su primera versión del año 2002. Aligerada, al igual que Envol, de duración (de 52 minutos pasa a 38), el músico parece hibridar el vampiro de Bram Stoker con los chupasangres urbanos del filme The hunger (Tony Scott, 1983). Su obra nace en los Montes Cárpatos, con la cacharrería orquestal de la Obertura de El oro del Rin wagneriano acechando. Atendemos pisadas, chasquidos, crujidos de puerta, respiraciones excitadas, pájaros, animales violentados y, de repente, se abre una puerta por la que entra un ventarrón que trae, sin complejos, rock y techno, una secuencia que bien podría haber firmado Christian Marclay pero que, sin embargo, ha sido creada por la mente exultantemente joven y a contramano de la Academia de Pierre Henry. Es el suyo un acercamiento arrebatadoramente personal al mito y mantiene un nivel tan alto que lo emparenta con otro soberbio acercamiento a Drácula/Nosferatu, el que hiciera desde la orquesta sinfónica el compositor José María Sánchez Verdú en 2002-03. Dos murales sonoros de antagonistas estéticas y medios que suponen a la par dos suculentas e intrigantes invitaciones a la escucha en la oscuridad.

Olor: Toda la Maison emanaba un olor característico, una fragancia nunca percibida por quien esto firma que ayudaba aun más si cabe junto con los otros sentidos (la visión, la audición) a triplicar la experiencia de estos conciertos. Finalmente pude comprobar que el origen del aroma provenía de una serie de velas ubicadas en cada una de las estancias. Fenouil sauvage, de Diptyque. Movido por la idea de reproducir en lo posible la experiencia vivida en el hogar de Henry localicé la vela en París. No diré, por pudor, su precio. Su perfume acompañará siempre futuras audiciones. Y estoy seguro de que en muchas casas de aficionados a la sensacional obra de Henry también se respira esta aromática hierba de la Provenza francesa.

Audición: Envol (2010)

27 dic 2009

Kurtágonals

















  


Kurtágonals
1.- Intraga 09:10
2.- Kurtagamelan 14:05
3.- Interrogation 10:10
4.- Lux-abbysum 13:54
5.- Dronezone 07:28
6.- Kurtaganja 08:15
7.- Twin PeaX 04:07
8.- Negroga 04:06
László Hortobágyi synthesizers, computers
György Kurtág jr. synthesizers
Miklós Lengyelfi bass, effects
ECM New Series 2097
Distribuye en España: Diverdi

¿Dónde situar un disco como Kurtágonals? Francamente, de tener que ubicarlo en algún lugar concreto en una tienda de discos, a buen seguro, nadie acabaría por encontrarlo. Resulta demasiado convencional para catalogarlo como música electroacústica, excesivamente avanzado para poder abordarlo desde el prisma de la electrónica nostálgica, algo más agitado de lo que se espera de una producción ambient y bastante tonal como para adjudicarle el calificativo de experimental. Desde luego que es música contemporánea (en el sentido más estrictamente temporal del término) y, entrando en subjetividades, uno de los trabajos más originales desde este 2009 que se acaba.

Si hace unas semanas reseñábamos aquí By the throat de Ben Frost, al que, con prudencia y sin alharacas, calificábamos de disco “a contramano y original”, Kurtágonals habría que ubicarlo en esa misma senda de ediciones que tienden puentes entre el fascinante hermetismo de la vanguardia y la posmodernidad del siglo XXI. Cabe preguntarse a estas alturas quien está detrás de un cedé editado, nada menos, por ECM (una casa de capital interés en el mercado del jazz y de estimable empeño en el ámbito de la música avanzada).


Hortogonals (Ferenc Haász, László Hortóbágyi,
György Kurtág jr., Miklos Lengyelfi)

Firman esta música los sintetistas László Hortobágyi y György Kurtág jr, encargándose del bajo y de los ‘efectos’, Miklós Lengyelfi, y Ferenc Haász como asistente. Todos ellos agrupados bajo conjunto con el nombre artístico de Hortogonals. Como muchos habrán podido alertar a raíz del título de la creación, la sombra del gran compositor húngaro György Kurtag planea a varios niveles. Por un lado los ocho temas del álbum se alimentan de composiciones suyas, enmascarando conveniemente cualquier posibilidad identificativa y entroncando así con cierta tradición apropiacionista del avantgarde. Y por otro, uno de sus impulsores es György Kurtag jr, a la sazón hijo del autor de piezas tan sobresalientes como Steele y Grabstein für Stephan. Su nombre ya captó la atención con la inclusión en el doble cd Kurtag 80 (BMC) de su híbrido Zwiegespräche, para cuarteto de cuerdas y sintetizador, una composición, ésta sí de vocación más especulativa, que estando fuertemente influenciada por la música de su padre, tendía oportunos puentes hacia otras zonas por mor del empleo de una electrónica orientada a suavizar las aristas.Hay mucho de cultura cibernética y futurista encerrada en algunos de los pasajes de un cedé que, parcialmente, podría haber firmado Klaus Schulze o William Basinski.

Sorprendentemente Hortogonals (nombre del 'grupo') no se conforma con la exposición y reiteración de una serie de hallazgos sonoros y explora el material llevándolo al límite, desgastándolo a base de loops, bucles, clicks, samplers con sonido ambiente, trompas tibetanas y gamelanes. Conviene conocer el trabajo de la, ignota por estas tierras, Gáyan Uttejak Orchestra, formación en la que milita Hortobagyi y cuya interesante música oscila entre el industrial y el tribalismo electrónico (en la senda étnica de un Steve Roach). Muchas de esas otras influencias son percibibles en Kurtágonals, pero aquí, gracias a la intervención de los otros miembros, la paleta sonora es más calmada, no se dirige tan inmediatamente a los sentidos, demanda una escucha pausada y atenta, la misma que pide cualquier creación de, por poner dos ejemplos, ilustres referentes de Kurtag jr. como, además de su propio padre, Bernard Parmegiani y Michel Chion.

En temas como Kurtagamelan, donde se exhibe una directa melodía punteada por ecos de un gamelán sintetizado y coros fantasmales, en viajes lisérgicos como Dronezone, en el que se juega con la idea de continuo musical a través de una célula motívica que respira por sí misma, en el ritmo technoide de buena cuna que se disfruta en Lux-abbysum y en el juego cinéfago sonoro que es el corte Twin PeaX hay no pocas pistas para perderse en un trabajo desprejuiciado y que, rteando todos sus coqueteos con la cultura de masas, se disfruta con enorme pasión.

Audición: Kurtagamelan (Kurtágonals)

1 dic 2009

Ben Frost, 'By the throat'


Ben Frost (1980-)
1-11.- By the throat (2009) 46'
Bedroom Community
Distribuye en España: Rotor

Resulta curioso comprobar cómo un disco a contramano, electroacústico y de clara vocación experimental como By the throat recibe una atención tan apreciable como la que está mereciendo. Mientras que de publicaciones comentadas aquí pertenecientes a estimables compositores como Lei Liang o Thomas Hummel poco más puede leerse (en español) en toda la red, el nuevo trabajo de Ben Frost acumula entradas en blogs, reseñas en revistas y es motivo de charla en foros de música. ¿La razón? Su autor proviene del ámbito del pop o… más concretamente, del “pop independiente” o del “post-rock” o de la “electrónica alternativa” o del “ambient” o qué se yo.

Desde luego proviene de un lugar alejado de la Academía (así, con mayúsculas), nada tiene que ver con sellos de música contemporánea, ni con festivales especializados. Y en fin, aquí está. Cualquier aficionado a la buena música contemporánea debería dejarse tentar por este interesante escarceo electrónico que tanto regocijo produce en los oídos de quienes creen que Frost es poco menos que un iluminado y un pionero en un camino (¡lleno de atascos a estas alturas!) y no sabrían juntar las letras de auténticos gigantes como Francis Dhomont, Eduardo Polonio, Lionel Marchetti, Bernard Parmegiani o Francisco López.

Sin embargo, si By the throat sube a primer a primer plano no lo hace para justificar una cruzada argumental contra el (en términos maximalistas) global lodazal que es el mundo del pop, antes al contrario, el nuevo disco de Ben Frost –ya lo hemos apuntado- debería sortear el bar para alcanzar un escenario verdaderamente serio. Merece la pena adentrarse en esta suerte de banda sonora crepitante atravesada por aullidos de lobos y una muy plástica narratividad poco habitual en este tipo de propuestas. Tras disfrutar en el cine con esa brillante sorpresa que es la cinta de horror Paranormal Activity (Oren Pelli) acompañar el recuerdo de unos fotogramas carentes prácticamente de música con la elaborada por Frost puede suponer un inquietante, angustiante epílogo.

Ben Frost publicó en 2006 un irrelevante disco, Theory of machines, que lo situó en el punto más alto de despojamiento lineal al que los poperos impenitentes (los mismos que celebraron hace un tiempo al plomizo Burial como santo y seña de la modernidad) pueden llegar. Desde luego, si hasta ahora este joven músico australiano residente en Islandia, se había caracterizado por proponer reclamos artísticos un tanto a contracorriente desde el punto de vista de su escudería, con By the throat ha logrado crear una obra importante, cuyo envejecimiento puede o no serle dañino (es el reto de toda novedad absoluta) pero que, hoy por hoy, sugiere una escucha poética y hermosamente incómoda.



No es By the throat una obra maestra y probablemente, con las armas de la teoría, tampoco soporte comparación con sobresalientes indagadores de aquí y ahora como Erik M o Wolfgang Mitterer. Pero hay en esta historia un poder evocador que pocas veces se logra desde los primeros segundos. Suerte de paisaje sonoro post-apocalíptico, los onces cortes del disco se acumulan generando una escalada de tensa escucha, proponiendo un angosto y empinado camino de entrada a un cuento de terror donde todo funciona con la precisión de un score reglado. Hay quienes han descrito la obra en términos descriptivos como la "belleza del infierno", otros ven una posible banda sonora inscrita en el universo de un cineasta como David Lynch y los más parecen entender el continuo sonoro como un nada complaciente dibujo de un desolado y nevado paisaje islandés.

Asomarse a By the throat (no con fruición, intercalando otras escuchas para no descubrir tan pronto las trampas argumentales de la función) es hacerlo a un oscuro y, por instantes, caótico remix de evocaciones electroacústicas. Hay en los materiales que tan ejemplarmente ha dispuesto Ben Frost ecos del ruidismo (Merzbow, Whitehouse), electroacústica de libro (con reminiscencias de la actual escuela canadiense) y cierta new age islandesa de nuevo cuño y buen gusto. Aquí, en esta última casilla, es donde hay que situar dos excelentes hallazgos como son el grupo femenino Amiina y la violonchelista y compositora Hildur Guðnadóttir, dos propuestas menores en ambición pero de incontestable belleza. No por nada la banda Amiina participa añadiendo colchón acústico en algunos fragmentos del disco (como Leo needs a new pair of shoes). Junto a ellas colaboradores de desigual interés por separado como Kanding Ray y Nico Muhly.

A pesar de que Ben Frost no ha sido capaz de escapar en ciertos momentos de pequeñas concesiones al relajo auditivo cuasi melódico (Híbakúsja) hay en toda la audición, más allá de algunos instantes menores, un pulso cortante y un guión tan estrictamente preparado que la narración, plagada de estremecedores aullidos (The Carphatians) y distorsiones que calan en nuestros tímpanos (Killshot), viaja de principio a final cerrando una dramaturgia agresiva y, en ocasiones, deslumbrante.

Audición: Killshot (By the throat)

14 ago 2009

Pauline Oliveros, 'Four electronic pieces 1959-1966'




















Pauline Oliveros
1.- Mnemonics III (1965)
2.- V of IV (1966)
3.- Time perspectives (1959)
4.- Once again / Buchla piece (1966)

Sub Rosa SR185 77:25
Distribuye en España: Arsonal

Diseminada en multitud de sellos, la obra de la compositora norteamericana Pauline Oliveros (Houston, Texas, 1930) encuentra su mejor vía de expresión en la música puramente electrónica, por más que a la par que esta forma de expresión, la creadora haya venido desarrollando paralelamente toda una carrera centrada en la inprovisación, bien en solitario, bien en formaciones como la, a ratos excelente, Carrier Band.

Virtuosa del acordeón, pedagoga musical, autora y filósofa de enorme trascendencia en el campo de la nueva música, Oliveros es en Estados Unidos una figura referencial de la vanguardia cuyo significado en Europa no acaba de ser entendido convenientemente, viéndose como una rara avis, a lo más, como uno de los más avanzados epígonos que dejó la estela de John Cage. Sin embargo, la compositora, a principio de la década de los 70 del pasado siglo, ya se había revelado como un nombre fenomenal en lo que concernía a la elaboración de música electrónica, fundando el San Francisco Tape Music Center y el Centro de Música Concreta del Mills College, dos instituciones cuyo impacto convendría estudiar para comprobar cómo lo que allí se realizó, desde otras perspectivas estéticas, no estaba tan alejado de las experiencias pioneras que en aquel mismo tiempo se estaban llevando a cabo en los estudios europeos de música electroacústica.

Con el paso de los años, y con una fundación propia que respalda su creación y la de su nutrido grupo de alumnos, la obra de Oliveros se fue cargando de una voluntad de trascendencia que sumerge a buena parte de su catálogo más reciente en un estático programa con ansias meditativas. La "escucha profunda" (o deep listening) que preconiza la autora y su deseo de transmitir "una energía positiva" enlazan su pensamiento con cierto sector del new age, desde luego a partir de premisas sonoras más inquietas, pero que devienen algo yermas de contenido, como demostró cuando ofreció en 2002 en el sevillano Teatro Central un olvidable ejercicio de fusión casi étnica titulado Playful meditations.

Es por eso que conviene adentrarse en todo lo mucho y bueno que Pauline Oliveros desarrolló en el arco que va entre 1955 y 1990. El ecléctico sello Sub Rosa acaba de estrenar una grabación que contempla cuatro creaciones electrónicas que ya dan una buena pista de los derroteros musicales por los que transitará la autora de Sonic meditations. Hay en ellas, como en toda creación pionera que se precie, un afán meramente indagativo pero, al contrario que en otras propuestas, no existe aquí ningún interés por extenderse en la escucha de lo puramente experimental. Dicho de otra manera, son estas unas obras de tanteamiento de un terreno inestable por entonces (y en parte, todavía ahora) pero ante todo, las anima una voluntad más o menos evidente (en ello entrará el posicionamiento del auditor) de comunicación.

Si Mnenonics III podría configurar, en toda su extensión, un revelador ejercicio de composición con prehistóricos osciladores, la generosa panoplia de sonidos marcianos que revela nos disponen ante una escucha en la que los elementos, antes que estructurarse a la manera de una forma clásica, se despliegan en una suerte de fantasía espacial cuyo resultado sonoro no anda lejano de creaciones maestras como la que Louis y Bebe Barron tramaron para el legendario film de sci/fi Forbidden planet. Sigue luego una pieza como V of IV, fechada solo un año después que la anterior, en 1966. En ella Oliveros continúa sumergiéndose en las posibilidades que le brindaban los osciladores pero lo hace desde una óptica más estática y ruidista. La rugosidad de los materiales que pone en liza, el escaso tratamiento al que los somete, el mejor acabado de la obra y el afán porque la obra "respire", esto es, envuelva al oyente, sitúan la obra en su catálago un escalafón por arriba de la agotadora Mnemonics III. Parecería disparatado comparar V of IV con esa otra escucha profunda que proponen las largas piezas de Francisco López, pero planteando un ejercicio de doble audición, ambas muestras, alejadas en tiempo e intención, nos darían una idea cabal del acercamiento que existe entre ellas.

En la carpetilla del disco, Pauline Oliveros parece sentir una especial afinidad por Time perspectives, que señala como su primera experiencia electrónica. Realizada de una forma casi amateur en el propio domicilio de la compositora, la obra, que explora sonidos concretos, grabaciones de campo y sonidos resonantes, es hija fechada de su tiempo (1959), por lo que se ve mermada de cualquier interés evocativo para ceñirse, aquí sí, a un muestrario de posibilidades aún en fase muy embrionaria de más relativo interés. Con Once again /Buchla piece, la pieza que cierra el disco, despedimos el cedé con una inmersión en el más puro y acerado noise, una descacharrante y agotadora inmersión en el ruido ordenado. Fácilmente podría adjudicársele esta pieza a un músico como el terrorista sonoro Merzbow, Oliveros se entrega a la distorsión y los acoples que producen un par de históricos sintetizadores Buchla, unas máquinas de gran complejidad (por oposición a los Moog) muy utilizadas durante la década de los 60/70 por buena parte de la nómina de compositores electroacústicos y también por algunos efímeros prácticantes de la psicodelia musical (pienso en Harold Budd).

Audición: V of IV (1966). Música electrónica.