27 jun. 2012

Annea Lockwood, 'Jitterbug', 'In Our Name'...
























Annea Lockwood (1939-)
1.- Jitterbug 28:26
2.- In Our Name 11:48
3.- Thirst 20:18
Diversos intérpretes. A. Lockwood, electrónica.
New World Records 80729-2

Audición: In Our Name



La obra de la neozelandesa Annea Lockwood (Christchurch, 1939-) representa una creación genuinamente norteamericana (no afirmaremos oceánica por cuanto que la autora se considera a sí misma estadounidense de adopción). Dicho de otro modo, desconocemos en la siempre intensa Europa –culturalmente hablando- la existencia de personalidades musicales similares a ella. Citada siempre como referente femenino de la modernidad musical, es habitual referirse a Lockwood como a una de las grandes damas de la composición electroacústica. Nómina esta no especialmente nutrida pero sí de una singular importancia si nos atenemos si quiera al enunciado de figuras como Eliane Radigue, Pauline Oliveros o la tristemente desaparecida Maryanne Amacher.

El sello New World Records ha puesto recientemente en circulación un cedé que, bajo el título In Our Name, documenta tres composiciones recientes que testimonian el excelente momento compositivo en el que se halla Lockwood, obras que tienden puentes con la faceta más explorada de su catálogo –aquella directamente relacionada con el paisajismo sonoro y la indagación tímbrica a partir de instrumentos étnicos y primitivos- y aquella otra en la que la palabra y su semántica se emplea como motivadora de sutilezas y contextos que exigen, propician su propio acompañamiento sonoro.


También se percibe en estas tres obras que el origen compositivo de Lockwood hunde sus raíces en sus años de aprendizaje en el Royal College of Music de Londres y en los cursos de Darmstadt, Colonia y Holanda. Que fuera alumna del pionero estructuralista Gottfried Michael Koenig es algo que puede resultar hoy menos apreciable si no fuera por el carácter fuertemente abstracto de la primera pieza de la colección, la formidable Jitterbug. De alguna manera, y pese a que como dijimos hace unas líneas su obra está indisociablemente ligada al territorio en el que es concebida, existe en ella una sobriedad y un indisimulado gusto por las superficies rugosas que la hacen cercana, si quiera tangencialmente, a cierto recorrido estético de la música electroacústica europea.



Annea Lockwood
La biografía creativa de Lockwood permite al auditor el tránsito por senderos muy diferentes. Queda testimoniada en disco su inmersión en las sonoridades del vidrio en los Glass Concerts que llevó a cabo entre 1966 y 1972. Y, dentro de un ámbito igualmente colindante con lo instalativo, su célebre serie Piano Transplants (1969-82) la llevó a injertar pianos desvencijados dentro del contexto de jardines botánicos y espacios análogos en los que el instrumento era sometido a múltiples acciones (quemado [ver vídeo], enterrado, utilizado como abono…) emparentando este quehacer con el más metódico que en el ámbito de los ‘ruined pianos’ viene llevando a cabo desde hace décadas el ¿casualmente? australiano Ross Bolleter.

La documentación del paisaje sonoro de distintos ríos es otra de las constantes compositivas de Lockwood, también una de las facetas en las que ha originado creaciones más abiertamente plácidas en la escucha. El sello Lovely Music alberga en su catálogo lo que de sí han venido dando sus varios mapas sonoros: A sound map of de Hudson River (1989), A sound map of the Danube (2005) y A sound map of the Housatonic (2010)
[fragmentos de todos ellos pueden escucharse en su web], este último todavía no llevado al disco. También dentro de este abordaje naturalista habría que encuadrar una pieza magistral como la improvisación para diez canales World Rythms (1975) en la que el oyente se ve inmerso durante cerca de 60 minutos en una situación ambiental en la que conviven y colisionan erupciones volcánicas, geisers, terremotos, sonidos acuosos y emisiones radiofónicas de onda corta entre otros fenómenos.

Ligada más al ámbito científico y universitario –donde habitúan a presentarse y difundirse sus obras- que al habitual de festivales y certámenes especializados en música contemporánea, las tres obras de Lockwood que presenta New World ofrecen, cada a una a su manera, otras tantas posibilidades de adentrarse en su obra.  Acaso la más acongojante y demoledora de todas ellas sea la que da título al álbum, In Our Name (2009-10). En ella la compositora rinde homenaje a todas aquellas personas que, por unas razones u otras, han visto en algún momento vulnerados sus derechos fundamentales. Especialmente provocador –entendiéndose el lugar en el que se produce la composición: Estados Unidos- resulta que la autora fijara su interés en el libro Poems from Guantánamo: The detainess speak (Mark Falkoff. University of Iowa Press, 2007). De él selecciona tres textos de Jumah al-Dossari, Emad Abdullah Hassan y Osama Abu Kabir, tres ciudadanos de Bahréin, Yemen y Jordania respectivamente, cuyas vidas resultaron truncadas al ser detenidos –luego se demostrará, injustamente-, encarcelados y torturados por resultar sospechosos de connivencia con grupos terroristas.


Es posible que los textos de aquellos, motivados por la angustia y la incomprensión ante una experiencia vital devastadora, no alberguen demasiado interés desde un punto de vista puramente literario, pero como documento periodístico su valor nos parece trascendental:  “Take my blood / Take my death shroud and / The remmants of my body / Take photographs of my corpse at the grave, lonely” (…) Jumah al-Dossari - “We are innocent, here, we’ve committed no crime. / Set me free, set us free, if anywhere still / Justice and compassion remain in this world!" Osama Abu Kabir.



Annea Lockwood
La obra, que surge por encargo del cantante Thomas Buckner (el reverso masculino de Joan La Barbara), ha originado una  pieza que conmociona ya en una primera escucha. No es la primera vez que Lockwood colabora con el barítono, fue él el protagonista de Duende (1988), una brutal inmersión sónica en un ritual chamánico de resonancias fúnebres. La compositora sitúa en la gravísima voz de Buckner los poemas y selecciona determinadas palabras claves diseminadas en los versos para aplicar una distorsión electrónica cercana al ‘noise’ de medido impacto que golpea el colchón instrumental que teje el continuo del violonchelista Thedore Mook . El resultado, como pueden comprobar en este mismo sitio web, resulta, sí efectista, pero de un sobrecogedor patetismo.

Igualmente densa deviene la audición de Jitterbug (2007)
[en audición un fragmento aquí], obra esta concebida para una coreografía de la compañía de Merce Cunningham cuya contemplación resulta completamente accesoria para poder disfrutar de esta selvática inmersión en un fresco que contempla interpretación en vivo, manipulación electrónica y sonidos grabados. Su generosa duración –cercana a la media hora-, su carácter de improvisación guiada, el empleo de instrumentos étnicos y otros claramente tecnológicos y el recurso a la inclusión de grabaciones del medio y de insectos acuáticos y terrestres traen a la memoria la sensacional Rainforest (1976) de David Tudor, con la que la separan numerosos presupuestos y la une no pocas coincidencias estéticas. 

Con la ayuda de una partitura gráfica –que consta únicamente de seis fotografías que reproducen piedras encontradas y recogidas por la autora en el lecho de un riachuelo en Montana Rocky Mountains-  John King -guitarra eléctrica, viola y procesamiento-, (el histórico) David Behrman -cítara, salterio, carraca, rainstick y procesamiento- y el percusionista William Winant -birimbao, tamtan, timbales, gong, platillos y otros pequeños instrumentos- establecen  un fluido e incesante diálogo con el material electrónico en cinta elaborado por Lockwood. Jitterbug (que extrañamante apela con su título a un acrobático baile estadounidense con el que se acompaña en algunos casos la música de big bands) es, al final, un mutable environment, una suerte de inmersión hermosamente musical en un lugar en el que lo microscópico y lo macroscópico en la naturaleza encuentra una ensoñada (y agitada) traslación sonora.

Menos convincente por prolija es Thirst (2008), creación electrónica pura para cinta de cuatro pistas en la que la intención evocativa de Lockwood se antoja demasiado evidente. En ella se pone en contraste el caos y el alboroto de la Gran Estación Central de Ferrocarriles de Nueva York con la serenidad del testimonio oral de la escultora libanesa Simone Fattal al recordar su infancia en la casa de sus abuelos, en Damasco. “Esas memorias crean un refugio para la mente ante el omnipresente ruido de la crisis que nos rodea”, asegura la compositora. Sin embargo, todo resulta superfluo y accesorio. La reiterativa y cansina narración no interesa –como tampoco el tono monocorde y típicamente biográfico que impone Fattal-, menos aún lo hacem las musitadas y abiertamente plácidas incursiones de la voz de la soprano Kristin Norderval. El carácter melodramático de la composición está muy alejado de los logros en este ámbito de nombres como los de Francis Dhomont, Roxanne Turcotte o más recientemente Frances White. Pasando por alto esta Thirst, tanto In Our Name como Jitterbug suponen un gozoso reencuentro con la música de una autora esencial en la anti-académica modernidad musical que se continúa gestando en el corazón cultural de los USA.

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