24 dic. 2010

Chorro de luz. Descarga los programas (XIV)

Con frecuencia irán apareciendo enlaces para descargar el programa dedicado a la música de vanguardia Chorro de luz,  que cada lunes a las 17.00h (y viernes en su repetición a las 15.30h) se emite en directo en Radiópolis (98.4 FM en Sevilla) y también en Internet.

Chorro de luz 50 (060910)
Entrevista con César Camarero
César Camarero: Vanishing Point
César Camarero: Klangfarbenphonie 2

Enlace para descarga en MP3: http://www.archive.org/details/ChorroDeLuz50

Chorro de luz 51 (Novedades electrónicas) (130910)
Mohammad: Roto Vildblomma (selección)
Charles Dodge: Violin Variations
Federico Durand: La siesta del ciprés (fragmento)
Gen Ken Montgomery: Birds + Machines
John Howard Appleton: Otahiti. Homenaje a Pablo Milanés

 Enlace para descarga en MP3: http://www.archive.org/details/ChorroDeLuz51

Chorro de luz 52 (200910)
Luis de Pablo (80 aniversario)
Zurezko Olerkia (fragmento)
Ederki
Federico Mompou 'In Memoriam'
Concierto para piano y orquesta nº1
Tres meditaciones sobre Kiu

Enlace para descarga en MP3: http://www.archive.org/details/ChorroDeLuz52

Chorro de luz 53 (270910)
Cristóbal Halffter (80 aniversario)
El juguete olvidado
Formantes (Móvil para dos pianos)
Concierto para violín y orquesta
Cadencia

Enlace para descarga en MP3: http://www.archive.org/details/ChorroDeLuz53

17 dic. 2010

Entrevista a Luis de Pablo: "Cristóbal Halffter y yo somos como el agua y el aceite"

Luis de Pablo. Sevilla, diciembre 2010. Foto: Paco Cazalla


















Tiene en su haber las máximas condecoraciones a las que puede aspirar un compositor y, sin embargo, su charla no pierde el hálito de modestia y sinceridad. El maestro vasco Luis de Pablo (Bilbao, 1930) visitó Sevilla en el mes de diciembre de 2010 para protagonizar un concierto de Zahir Ensemble e impartir una clase magistral en el Conservatorio Superior Manuel Castillo. Además, el conjunto le dedicará próximamente un álbum monográfico que contendrá obras como Eros, Dibujos y el Concierto de cámara.

La siguiente entrevista se publicó de forma extractada el 9 de diciembre de 2010 en El Correo de Andalucía.También puede leer la crítica del concierto referido en líneas anteriores. 

–Algunas de las mejores orquestas y grupos especializados de Europa han tocado su música. ¿Qué lugar ocupa en su escalafón el joven conjunto sevillano Zahir Ensemble?
–Es una formación de primer orden con unos intérpretes excelentes. El Ciclo de Música Contemporánea que han programado en Cajasol es de enorme valor para la ciudad. No puedo decir más que Zahir Ensemble podría estar ya en los escenarios de los mejores festivales de Europa, pienso en Ars Musica, MaerzMusik, Musica Viva München...

–¿Y no siente un poco de pereza cuando un conjunto nuevo le solicita tocar su obra?
–Si un grupo quiere tocar mi música es que algo de lo que hay en ella debe interesarle así que presumo que ya saben a lo que van. Me gusta que toquen mis obras y hasta ahora las experiencias que he tenido han sido positivas y las que no lo han sido no se las voy a contar.

–A priori Sevilla parece guardar más una estrecha relación con la música antigua que con la contemporánea. Sin embargo...
–[interrumpe] ...Sin embargo en esta ciudad hay tres grupos dedicados a la música actual: Zahir Ensemble, Taller Sonoro y Solistas de Sevilla. Lo que representa un caso único en todo el país.

–¿Querrá decir eso que el público va poco a poco perdiéndole el miedo a la modernidad?
–Absolutamente. El éxito de la música de vanguardia es imparable. Nunca será un género de masas pero cada día gana más adeptos. Además jugamos con una cosa muy positiva, el aficionado a estos sonidos es muy entusiasta, apasionado y hasta militante. Hace algunas décadas esto lo disfrutábamos cuatro gatos, hoy, gracias a la promoción, comienza a normalizarse su programación y difusión.

–En este sentido algo tendrá que decir sobre la reciente desaparición del Centro para la Difusión de la Música Contemporánea (CDMC) que nació en 1983 de su mano...

–Pues ¿qué quiere que le diga? Estoy muy triste porque la institución la fundé yo. Dicen que se integrará dentro del Centro Nacional de Difusión de la Música (CNDM) pero no será igual. Entiendo que hay problemas económicos pero eso no justifica lo que han hecho. Personalmente pienso que ha sido una grave equivocación. Podrían haber recortado presupuestos del deporte o del cine, pero no de la música, la más débil de todas las artes.

–Es usted coetáneo de otro ilustre compositor, Cristóbal Halffter. Ambos han celebrado este año su 80 cumpleaños. ¿Se sienten compañeros de viaje?
–Digamos que hemos sido compañeros de carrera y hemos vivido aventuras casi siempre desagradables. Él tiro más hacia Alemania, yo hacia Canadá, Francia e Italia, países en los que siempre me han dispensado una cálida acogida. Ahora bien, desde el punto de vista estético somos tan distintos como el agua y el aceite.  Aunque eso está bien que sea así.

–Ya que sobrevuela la cuestión de la estética. ¿Qué es eso de la originalidad?
–La originalidad es el caballo de batalla de todo compositor bisoño pero ésta viene sola, no hay que ir a buscarla. Lo importante es el estilo y éste, en la mayoría de los casos, consiste en repetirse un poco. Por ejemplo Turina tiene una forma de cadenciar que se repite siempre y eso, entre otras cosas, hace que podamos reconocer su estilo inmediatamente. Ahora bien, con precaución, hay unos límites en lo que a repetirse se refiere. En cuanto a mí, pues sigo sirviéndome de formas personales y empleo por ejemplo abundantes intervalos consonantes (tercera, quintas justas…) Llevo 60 años componiendo y es más que lógico que el público se haya acostumbrado a mi lenguaje y lo reconozca.

-Con todo no dejará de reconocer que en los últimos años su música se ha ido estilizando, podríamos decir que se ha hecho más ¿clásica?
–Sí, probablemente. Mis pentagramas han ido despojándose de la agresividad sonora de buena parte de la primera época de mi catálogo. Una agresividad por otra parte justificada por los propios avatares que se vivían al margen de las notas. Creo que he alcanzado una suerte de lirismo muy personal.  Y en ello me ha ayudado mucho mi experiencia con la ópera porque este género impone una cierta cantabilidad. Siempre me ha obsesionado lograr que nuestra lengua, el español, suene especialmente cantable cuando se enmarca en una obra lírica.

-¿Dónde están sus primeras obras? Aquellas piezas míticas como Iniciativas, Tombeau o Cesuras que llevan décadas desaparecidas no ya de las salas de conciertos, también inéditas en la discografía actual
–Pues créame que estoy trabajando en su recuperación. Sucede que la editorial que poseía los derechos de aquellas primeras composiciones prácticamente ha desaparecido y estoy revisando los manuscritos para que pronto se puedan hacer cargo de su difusión mi actual editorial Suvini Zerboni. De todos modos es curioso que algunas partituras como Polar, Módulos I o Prosodia sí que han continuado teniendo una cierta presencia en los conciertos.

–Por cierto, ¿sabía que todavía hay desmemoriados que se refieren a usted como a un antiguo compositor del régimen…?
–¿De qué régimen? No me presento como un perseguido y no me metieron en la cárcel pero me quitaron la manera de subsistir. Me echaron de Radio Nacional, suprimieron la Bienal de Música Contemporánea que dirigí y tuve que marcharme.  Le contaré una anécdota al respecto del certamen que yo acepté poner en marcha. El régimen de Franco me pidió que diera luz a un encuentro dedicado a la música de vanguardia y yo acepté. En aquel entonces tenía ya amistad con importantes críticos de la época (entre ellos  el ilustre schoenbergiano Hans Heinz Stuckenschmidt). Era la primera vez que visitaban España personalidades de aquel calibre y yo advertí a las autoridades que iban a hablar de política. Entonces el régimen, que no entendía nada, me dijo: “¿Y por qué razón van a hablar de política en lugar de música?” Al final pasó lo que tenía que pasar. Vinieron, hablaron de música y de política y una de las reseñas que se publico en Italia sobre la Bienal se tituló La música tras los falangistas. Eliminaron la Bienal inmediatamente, y a mí con ella. Poco después la importante familia Huarte, grandes promotores del entramado industrial en Navarra, me pidió que organizara una temporada de conciertos. Y también ahí metió sus zarpas el Gobierno franquista recalcando que aquello no podía continuar. Les parecía demasiado subversivo.

–Fue por entonces cuando marchó a Canadá. ¿Le dejó huella aquella experiencia o más bien la dejó usted?
–No me atrevo a afirmar categóricamente algo tan presuntuoso pero un poco sí debí influir, espero que para bien, en algunos amigos compositores, hoy bastante perdidos, con los que traté allí. Pienso en François Tousignant y en Yan Jarvlepp.  En cuanto a mí… pues debo decirle que algunas de las obras más representativas de mi catálogo cómo Portrait Imagine o Zurezko Olerkia las escribí allí y, claro está, muy impactado por los paisajes que contemplé.

–Las dos obras que cita colindan con cierta estética minimalista en cuanto a la fluidez del discurso, a su continuidad y, desde luego, en cuanto al tono meditativo. ¿Qué opinión le merece el mayor aporte de la música norteamericana en el siglo XX:  el repetitivismo?
–El minimalismo me parece un camelo porque es demasiado sencillo. Ojo, hay música fácil y maravillosa como la de Federico Mompou pero el minimal  es fácil porque lo único que ha hecho es copiar patrones de ciertas músicas que se practican en Indonesia y en África. No digo que no existan obras estimables como Drumming, de Steve Reich, pero objetivamente la etiqueta hoy se ha abaratado totalmente. Por ejemplo lo que hace Philip Glass es música de anuncios. En lo que a mí respecta y a pesar de que soy coleccionista de instrumentos étnicos y un apasionado por todas estas músicas de raíz nunca me ha interesado establecer un diálogo con ellas en mis pentagramas.

–¿Conocía usted que en Internet hay lugares donde se buscan y se rebuscan grabaciones de sus obras e incluso un heterogéneo foro hispanohablante, Clasiforo, en el que se recibe con interés cada novedad sobre su obra?

–Algo me habían contado, sí. Y agradezco que me pregunte por ello porque así puedo a su vez agradecer a estas personas que se tomen tanto interés por mi trabajo. Sé que tengo gente que me sigue, lo cual  me provoca mucha felicidad, entre otras cosas porque son esa clase de aficionados entusiastas los que con sus juicios y su militancia pueden incluso llegar a cambiar el sentido de la música de nuestros días.  Lamentablemente para muchas instituciones sigue existiendo la creencia de que existe un único tipo de público, el que hoy va a la zarzuela y mañana, si acaso, compra una entrada para escuchar a Mozart. Se olvidan de que existen innumerables públicos, como el que grita ‘bravo’ en los conciertos de música contemporánea, el que se interesa por nosotros en múltiples lugares de Internet y hay también gente que por ejemplo no participa de la liturgia del concierto pero sí son inmensos melómanos (pienso por ejemplo en el gran narrador y aficionado a la música que fue Juan Benet).

–Volviendo a la premisa que motiva esta entrevista, en el concierto que Zahir Ensemble ha ofrecido en Sevilla con su obra Eros en los atriles abundaba el público joven y nadie explicó nada sobre la música. ¿Hace falta más didáctica?
–La didáctica es peligrosa, lo fundamental es oír las obras.  Durante varios años fui un asiduo invitado a los Encuentros de Música Contemporánea de Metz (Francia). Allí, siempre que iba me pedían que hablase en escuelas. Previamente a mi visita y a la de otros compositores los profesores tenían que preparar el asunto y hacer oír a los alumnos nuestros trabajos. Las experiencias que tuve fueron fantásticas y algunas de las fotografías más conmovedoras que poseo son junto a aquellos estudiantes y al lado de los profesores. Ahora bien, la enseñanza debe tener lugar en la escuela, no en el concierto, juntar  teoría y música en un mismo paquete es muy peliagudo. Sin embargo España es un caso aparte: no le quepa la menor duda de que los profesores deberían  saber que la música clásica no acabó en Stravinski. Y la mayoría todavía no se han enterado. Los maestros y los señores que deciden lo que hay que hacer en este país nunca han estado en un concierto de música contemporánea.

–La pintura ha ganado a la música por goleada…
–Sí, así es. Y nadie parece estar interesado en darnos a los músicos una importancia similar. Y mire una cosa, en el siglo XX por ejemplo han convivido tan excelentes pintores como compositores pero quien hable de romanticismo y no hable de música sencillamente no está hablando de romanticismo. Con permiso de Goya no ha existido un solo artista plástico romántico comparable con la valía de los muchísimos genios del pentagrama que habitaron el siglo XIX.

–Concluyamos pues que España nunca ha sido un buen refugio para el melómano...
–El primer conservatorio que se creó aquí fue exclusivamente para el canto. La primera orquesta sinfónica la puso en marcha Francisco Asenjo Barbieri y tocaba extractos de las Sinfonías de Beethoven y los últimos cuartetos de este compositor no se estrenaron en España hasta bien entrado el siglo XX de la mano de Eduard Toldrà. Así que imagínese el panorama que hemos heredado.

–La pregunta por sus proyectos no por tópica resulta menos interesante…
–La celebración de mi 80 cumpleaños en 2010 ha sido muy fructífera en cuanto a la actividad concertística pero muy poco productiva en lo compositivo pues apenas he tenido tiempo de escribir. He compuesto dos obras para instrumento solista, Per flauto y Per violino dedicadas respectivamente a dos gigantes de estos instrumentos Roberto Fabbriciani y Francesco D’Orazio. Su redacción tiene un doble objetivo porque ambas piezas irán a formar parte de sendos discos monográficos consagrados a mi obra para flauta y violín a solo. También he trabajado en la creación de una nueva obra para ensemble, Vértigo, para 14 instrumentos. A más largo plazo tengo muy borrosamente en mi mente la composición de una obra semiteatral que me gustaría mucho hacer basándome en Un cuento español, recogido por José María Gelbenzu en el álbum 25 Cuentos tradicionales españoles.  Y ya por último, próximamente me reuniré con el director del Teatro Real, Gerard Mortier, ya que ha mostrado mucho en interés en reponer mi segunda ópera El viajero indiscreto (1990).  

8 dic. 2010

Zeitkratzer: Alvin Lucier [Old School 3]

















Alvin Lucier (1931-)
1.- Fideliotrio 12:10
2.- Music For Piano With Magnetic Strings 13:21
3.- Silver Streetcar For The Orchestra 10:03
4.- Violynn 09:38
5.- Opera With Objects 10:59
Zeitkratzer
Zeitkratzer Records (zkr0011)

Prosigue el conjunto Zeitkratzer proponiendo nuevos títulos de la colección Old School que allá en primavera de este mismo año iniciara con sendas grabaciones dedicadas a James Tenney y John Cage cuyos contenidos comentamos con entusiasmo aquí. Le toca el turno ahora a Alvin Lucier (New Hampshire, EEUU, 1931), uno de los compositores norteamericanos más marcadamente adscritos a la corriente experimental y, fuera de toda discusión, uno de los proponentes de creaciones de mayor calado en el ámbito del arte sonoro y la instalación.

El conocedor y/o seguidor de Zeitkratzer podría dudar de que la música silente y contenida de Lucier se atuviera bien a un grupo con voluntad de guerrilla y que habitúa a desbordar el sonido en sus explosivos acercamientos a obras de Xenakis, Lou Reed (Metal Machine Music) o, sin medias tintas, Merzbow e incluso muy recientemente Whitehouse [de manera paralela al lanzamiento que nos ocupa se ha presentado otro registro con un ramillete de piezas ruidistas transcritas para conjunto instrumental y firmadas por el líder de la formación, William Bennett].

Si ante las partituras de Tenney y Cage la óptica elegida fue la de enfatizar el carácter explorativo y la rugosidad del material, proponiendo una lectura seca y de monolítico sonido, ante los pentagramas elegidos de Lucier semejante acercamiento hubiera devenido en una catástrofe dado el tono contemplativo y conciso al que tienden sus propuestas. Y es aquí donde el grupo demuestra su maleabilidad adaptándose a un lenguaje austero como pocos en el que cualquier deformación del sonido o acentuación de la intensidad podría haber dado al traste con los pentagramas. No es la de Lucier una música que se preste en demasía a la interpretación (salvo puntuales excepciones en su catálogo), más bien a la ejecución exacta de los planteamientos iniciales.


Alvin Lucier interpretando Opera with objects.

Desde el punto de vista del discófilo podría haberse preferido otra selección de obras en tanto que ya poseíamos excelentes referencias de las obras elegidas por Zeitkratzer con la sola excepción de Violynn: Fideliotrio (The Barton Workshop. New World Records), Music for piano with magnetic strings (Lois Svard. Lovely Music), Silver Streetcar for the orchestra (Brian Johnson. Mode Records / Matthias Kaul. Wergo) y Opera with objects (Matthias Kaul. Wergo).

En Fideliotrio (1987) el compositor propone un único tono pianístico tocado en dos dinámicas diferentes mientras que la viola y el violonchelo ejecutan dos glissandos que discurren casi constantemente en direcciones opuestas creando una asfixiante sensación de tensión que se acrecienta con casi imperceptibles desafinaciones del teclado y con notas falsas de los instrumentos de cuerda. Juego perceptivo con el oyente que se sumerge en esta música, la ejecución de Zeitkratzer se beneficia de un registro microfónico muy cercano al instrumento, sitúandonos en la audición en una posición que reproduce la experiencia de la sala de conciertos. En algunos instantes obtendremos la sensación de estar casi físicamente delante de los músicos (Reinhold Friedl, Burkhard Schlothauer y Anton Lukoszevieze) lo que redunda en el disfrute de una obra inestable y turbadora cuyas interferencias oscurecen aún más el objetivo de la composición. Similar planteamiento es el de la inédita Violynn (2001) para violín y oscilador de ondas, en donde el seguidor de la obra del norteamericano advertirá una mayor conexión con creaciones tempranas de su catálogo.

Donde el álbum adquiere su mayor cota de excelencia es ante la pieza Music for piano with magnetic strings (1995). En las notas que incluye la carpetilla del disco Friedl se interroga sobre si la referida creación puede categorizarse como “composición” en el sentido clásico del término. Añade que la partitura se circunscribe a una sola página de texto con explicaciones sobre los procedimientos a seguir. A través de unos e-bows se excitan las cuerdas del piano creando campos electromagnéticos mientras que el pianista toca una secuencia de intervalos. Añade Lucier que han de evitarse los ruidos de ambiente pero, en clara filiación cageana, explicita que si estos acaecen han de ser bien aceptados. En la comparación de las versiones de Frield y Svard, el segundo sale perdiendo por cuanto que el sonido en la grabación de Lovely está más centrado en el piano antes que en la suerte de chisporroteo que crea la interacción entre cuerdas y e-bows. La profundidad del registro es mayor, alejandose aquí la fuente del sonido y sugiriendo una sensación de vacío y lejanía que dota a la composición de una inusitada musicalidad, un caso casi único en el universo Lucier.

Donde cualquier convención musical se volatiliza en pos de una exposición física de las cualidades de las múltiples resonancias de un instrumento es en Silver Streetcar for the orchestra (1988) para triángulo. Dice el compositor: “El título lo tomé del Manifiesto Surrealista de 1922, del director español Luis Buñuel. El dio varias descripciones y títulos a todos los instrumentos de la orquesta y llamó al triángulo de la orquesta Silver Streetcar (…). El músico, sencillamente, golpea el triángulo a lo largo de toda su particular longitud (…). Es decir, oyes el triángulo en todas sus maravillosas manifestaciones, extraordinarios sonidos que nunca supiste que estaban ahí”. No existe una diferencia notable entre las diferentes prestaciones sonoras de los percusionistas que la han llevado al disco. Si la versión zeitkratzeriana de Maurice de Martin es preferible con respecto a las de Johnson (Mode) y Kaul (Wergo) es únicamente debido a que en este cedé la duración es sensiblemente menor: diez minutos frente a los 16/17 de las anteriores. Se condensa así el objetivo de la creación y no se dilata el no-discurso de una composición puramente indagativa.

El carácter militante y abrasivo de Zeitkratzer se hará notar, únicamente, en Opera with objects (1997), un nuevo estudio de la resonancias en este caso tomando como base pequeños objetos cotidianos, desde una caja de cerillas a una taza de café, un vaso de cristal o una goma de borrar. El intérprete -que habitúa a ser el propio Lucier, como por ejemplo en el extraordinario e inolvidable concierto que ofreció en la edición de 2009 de MaerzMusik (Berlín)- golpea con un ritmo regular los utensilios con dos lápices. Únicamente varía la velocidad y la posición del golpeo. Si Kaul y Lucier ejecutan la obra como solistas, aquí son hasta ocho los realizadores que se hacen cargo de la pieza. Se preferirá el sonido puntillista y extremadamente parco de las versiones en solitario a este constante goteo de pequeños impactos que, si bien logra crear un tono paisajístico más evocador, resta fiereza a la propuesta.
 
Los apasionados seguidores de la obra de Alvin Lucier tienen, en cualquier caso, una adquisición obligada en este registro que viene a sumarse a la excelente colección que atesora Lovely Music y a las dos sobresalientes aportaciones que Mode Records ha hecho a la discografía del de New Hampshire, singularmente el registro con la monumental Small Waves (1997) para cuarteto de cuerdas, trombón, piano y dos contenedores de agua que grabara el Cuarteto Arditti junto con Hildegard Kleeb y Roland Dahinden. Quedamos en la espera de los dos nuevos aportes a la colección Old School que habrá de hacer Zeitkratzer a lo largo de 2011: sendos monográficos Morton Feldman y Karlheinz Stockhausen. 

Audición: Music for piano with magnetic strings (1995)

25 nov. 2010

Chorro de luz. Descarga los programas (XIII)

Con frecuencia irán apareciendo enlaces para descargar el programa dedicado a la música de vanguardia Chorro de luz,  que cada lunes a las 17.00h (y viernes en su repetición a las 15.30h) se emite en directo en Radiópolis (98.4 FM en Sevilla) y también en Internet

Chorro de luz 47 (160810)
José Iges / Concha Jerez: El diario de Jonás

Enlace para descarga en MP3: http://www.archive.org/details/ChorroDeLuz47

Chorro de luz 48 (Islas Resonantes I) (230810)
Entrevista con José Iges
Christina Kubisch: Crowded Deserts (Fuerteventura) -fragmento-
José Manuel Berenguer: Canto de piedra (La Palma)
José Iges / Concha Jerez: Las Palmas, teatro de presencias y de ausentes

Enlace para descarga en MP3: http://www.archive.org/details/ChorroDeLuz48

Chorro de luz 49 (Islas Resonantes II) (300810)
Entrevista con Concha Jerez
Guillermo Lorenzo: Nido de Estrellas Atlánticas (Lanzarote)
Michael Fahres: Una hora (El Hierro) -fragmento-
Alessandro Bosetti: Campanas (La Gomera)

Enlace para descarga en MP3: http://www.archive.org/details/ChorroDeLuz49

18 nov. 2010

José María Sánchez-Verdú, 'AURA'



















José María Sánchez-Verdú (1968-)
AURA (2007/09) 65:14
Neue Vocalsolisten Stuttgart.
Kammerensemble Neue Musik Berlin
Duo Alberdi & Aizpiolea
Experimentalstudio des SWR: Joachim Haas, auraphon
José María Sánchez-Verdú, director
Kairos (0013052KAI)
Distribuye en España: Diverdi

En la recta final de un año especialmente notable en lo que respecta a la salud de la música contemporánea española en disco conviene incidir en la importancia y valía de un registro esencial, no ya circunscribiéndonos únicamente al ámbito hispánico, si no refiriéndonos al momento actual de la ópera de hoy. El sello Kairos abriga por segunda vez al más internacional de los compositores españoles, el algecireño, sabiamente reubicado en Alemania, José María Sánchez-Verdú. Suya es la ópera AURA, título que, quien esto firma pudo disfrutar (¡y de qué manera!) en su estreno mundial, auspiciado por Operadhoy, en el Teatro de la Zarzuela de Madrid (mayo 2009) y cuyo éxito ha ido acompañando en cada una de las ulteriores representaciones en ciudades como Venecia, Berlín, Sttugart y muy recientemente, Buenos Aires.

De alguna manera AURA constituye la culminación de un tríptico lírico –que es de esperar se agrande en el futuro con nuevas adiciones- formado por GRAMMA (Jardines de la Escritura) y El viaje a Simorgh. De la primera y más radical en concepto dejamos constancia en este mismo espacio con motivo de su edición en el sello Anemos y cuyo estreno español, por más que previsto en el pasado, todavía no se ha producido. De la segunda, dada a conocer en el madrileño Teatro Real, sí fuimos testigos. Sin disponer en este caso no ya de una versión audivisual, si no ni tan siquiera sonora (al margen de la grabación que circula conteniendo el audio de la emisión por Radio Clásica de RNE), podemos afirmar en base fundamentalmente al impacto de aquellas funciones que Simorgh supone el mayor grado de riesgo y sofisticación alcanzado nunca por un compositor español en el terreno de la ópera. Todos los engranajes que nos fascinaban en la música orquestal y camerística de Sánchez-Verdú estallaban en un inmenso fresco sinfónico-vocal en el que se volatilizaban buena parte de las convenciones romas del espectáculo operístico y en donde la carga de intertextualidad (y de diálogo con otras músicas) tan afín al universo del andaluz eclosionaban en un trabajo lírico soberbio, fascinante en lo visual y en lo sonoro: el espectáculo “total” por jugar con esa reminiscencia terminológica wagneriana.

Tan inescrutable y sutil en un primer tanteo auditivo a ciegas como sobrecogedora y, afirmémoslo sin temor al adjetivo, terrorífica resulta AURA. Basada en el relato homónimo del mexicano Carlos Fuentes –narrado por cierto en segunda persona del singular para potenciar aún más la atmósfera de extrañamiento-, la música escrita por Sánchez-Verdú para este clásico cuento de fantasmas es inequívocamente sombría y gélida pero astuta como si de una banda sonora se tratara. No cabe esperar sin embargo una fidelidad al grueso del texto, el compositor se hace valer de los conceptos claves y de las frases con mayor carga mistérica para animar una composición con múltiples aciertos cuya mejor baza la juega donde la mayoría de las propuestas líricas fallan, en la voz.

José María Sánchez-Verdú

Si repasáramos mentalmente algunos de los más importantes peldaños de la historia lírica reciente en España observaríamos cómo desde Kiu y La señorita Cristina de Luis de Pablo hasta aBabel, Historias  de un manicomio de Carlos Galán pasando por Don Quijote o Lázaro de Cristóbal Halffter los errores se repiten. Vaya por delante el enorme atractivo de las composiciones mencionadas (que igualmente podrían ser otras, aunque seguramente no tan notables). Ahora bien, por encima de la aplastante personalidad de cada uno de estos compositores subyace en ellos, por más que antagonistas estéticos, una convencionalidad en la línea vocal. El sprechgesang schoenbergiano sobrevuela el 80% de la lírica hispana contemporánea cuando no se multiplica en ella recursos a la impostación más propios del teatro clásico que del espectáculo de vanguardia.

Muy pocos compositores han encontrado soluciones hábiles, realmente novedosas y alejadas del canto clásico, amén de perfectamente imbricadas en el resultado final. Pensamos  por ejemplo, en el ámbito internacional, en Einstein on the beach de Philip Glass, Das Mädchen mit den Schwefelhölzern de Helmut Lachenmann, Pedro Páramo de Julio Estrada y Luci mie traditrici de Salvatore Sciarrino y, sí, AURA, de Sánchez-Verdú. Otros, del Stockhausen de Licht al Ligeti de Le Grand Macabre y de Die Eroberung von Mexico de Rihm a Shadowtime de Brian Ferneyhough han conseguido desbordar el concepto, pero muy pocos, sí desde luego los citados, han conseguido además derribar el más alto muro de la vocalidad proponiendo otros caminos.

AURA introduce al oyente en un caudal sonoro hipnótico, magnético y asfixiante que parece no evolucionar, preso de un inestable estatismo y de un expresionismo surreal percibible en lo alucinado de las intervenciones antes que cantadas, murmulladas, susurradas, gritadas, dantescamente alteradas. Que las vanguardias del siglo pasado no agotaron todas las posibilidades del arte sonoro es algo  que pone de relieve Sánchez-Verdú con una creación como ésta, auténtica y genuina obra maestra por cuanto que coinciden en ella rasgos de una originalidad a prueba de análisis y un discurso de enorme profundidad que paraliza al auditor.

Con un quinteto de cuerda, dos acordeones dispuestos en heterofonía, flautas, tuba baja y el grave rumor de ecos espectrales que dibuja el Auráfon, “una suerte de instrumento desarrollado por el propio compositor en el Experimentalstudio de la SWR basado en la resonancia de dos tam-tam y tres bongos, resonancia inducida electrónicamente a partir del sonido de los restantes instrumentos”, al decir de José Luis Téllez, Sánchez-Verdú salda además otro reto: el de llevar a escena un genero casi tan irrepresentable, más aun que la comedia, el terror, prácticamente ausente del universo lírico (a este respecto únicamente cabría valorar The turn of the screw de Benjamin Britten y la ya citada Señorita Cristina de Luis de Pablo).

Ópera, teatro musical u objeto sonoro que alude a lo primero pero que deviene en un artefacto indefinible y rebosante de interés, AURA parte argumentalmente de una premisa sencilla (la de un escritor enamorado y encerrado en una casa de espíritus) para evolucionar a lo largo de una narración sonora angustiosa e irracional cuya audición en disco se ve recompensada además por una convergencia de talentos fuera de toda duda. Aquí está el Kammerensemble Neue Musik Berlin, el Experimentalstudio des SWR, el Dúo Alberdi / Aizpiolea y los solistas del Neue Vocalsolisten Sttutgart todos ellos dirigidos por la batuta de un José María Sánchez-Verdú que atesora en su catálogo demasiadas grandes obras como para regatearle el adjetivo de genial.

Audición: Felipe's bedroom [Engel-Studien]

9 nov. 2010

Pierre-Laurent Aimard pasa por Sevilla

Pierre-Laurent Aimard

















No es el objetivo de este blog servir de recipiente contenedor de todos los escritos periodísticos relacionados con la música de los que es autor el responsable de este espacio digital. No obstante traigo aquí las notas al programa de mano elaboradas con motivo del recital que el pianista Pierre-Laurent Aimard ofreció en el Teatro de la Maestranza el pasado 23 de octubre por cuanto en su programa se combinaron obras contemporáneas de Marco Stroppa, Olivier Messiaen y Béla Bartók junto a páginas clásicas de Liszt y Ravel.


Pájaros, santos, genios y otras especies

Digámoslo de antemano, el piano que defiende Pierre-Laurent Aimard constituye en sí mismo un universo al margen. Al margen de estrellas pasajeras, muy alejado de virtuosos ajenos a todo lo que no sea el A B C del repertorio y, en fin, diferente también del cerrado mundo en el que se mueven importantes nombres del pianismo contemporáneo. Si de establecer paralelismos se tratara -aunque a estas alturas Aimard no debería necesitar de puntos de referencia- acaso el milanes Maurizio Pollini podría servir como antecedente. Ambos conjugan el repertorio clásico con el contemporáneo otorgándole  la misma importancia, queriendo hacer entender mediante su militante defensa que uno no es si no consecuencia directa del otro. Tanto el francés como el italiano tienen importantes grabaciones en el sello amarillo Deutsche Grammophon (entre otras muchas editoras), los dos siempre han mantenido una posición equidistante de la mercadotecnica del piano clásico y coinciden igualmente en la difusión de músicas de autores señeros de la modernidad. Pollini ha paseado por salas de todo el mundo las obras de Pierre Boulez y Luigi Nono, Aimard viene haciéndolo con las respectivas creaciones de Olivier Messiaen y György Ligeti, entre otros muchos.

            Júzguese por último a vuela pluma algunas de las más recientes producciones discográficas del protagonista de esta noche para constatar que, efectivamente, Aimard transita un lugar conquistado no sin esfuerzo y reservado a muy pocos. Porque sólo a muy pocos se les permite presentar en un mercado fonográfico saturado y en durísimo retroceso El arte de la fuga, un Homenaje a Messiaen, una integral de Conciertos beethovenianos junto a Nikolaus Harnoncourt y, recién salido del horno, una nueva aproximación a los Conciertos de Ravel -incluyendo Miroirs- junto a Pierre Boulez, un director que, forzosamente, debía lograr un personal y buen diálogo con el sonar austero a la par que comprometido de Aimard.

            Si hay dos países en el mapa de la nueva música que alberguen una cantidad verdaderamente ingente de compositores de interés éstos podrían ser Alemania e Italia. La diferencia, como es fácilmente predecible, radica en el trato que unos y otros merecen en sus diferentes naciones. Si la cultura en el ámbito germano pasa, entre otras muchas cosas, por promover la creación actual, consagrar un sello a la difusión de los nuevos autores, y atenderles en las programaciones de sus orquestas, en Italia el ostracismo al que viven condenados sus compositores es sólo taimado por ciclos específicos como La Biennale de Venecia o Milano Música. Es en estos parajes -y en otros aún más específicos de la vanguardia como el Festival de Donaueschingen o MaerzMusik Berlin- donde advertiremos el recorrido de Marco Stroppa (1959). Tangata Manu (hombre-ave en lengua rapanui) pertenece al Libro Primo de Miniature estrose (1991-2001) [disponible en una versión de Florian Hoelscher en el sello Stradivarius]. En la pieza que hoy interpreta Aimard -quinta de la serie- Stroppa alude a una tradición de los habitantes de la Isla de Pascua. El ritual consistía en una competición anual para obtener el primer huevo de la temporada en el islote de Moto Nui (isla de los Hombres-pájaro) nadar de regreso a Rapa Nui y trepar el acantilado marino hasta el poblado. La ceremonia culminaba con la triunfal investidura del Tangata Manule, sagrado 'Hombre Pájaro' de la Isla de Pascua. La pieza fue escrita para el 70º cumpleaños de Luciano Berio y persigue captar en su desarrollo los diferentes aspectos del vuelo: acústico, estético, físico, mitológico y espiritual.

            La música de Franz Liszt (1811-1866) centra buena parte del recital que Aimard viene ofreciendo en esta gira al vehicular la escucha de las propuestas más extremadas (Stroppa, Messiaen, Ravel) con ejemplos del piano ora expansivo ora místico y concentrado del maestro húngaro. De las Dos Leyendas que Liszt escribió inspirado por la figura de San Francisco de Asís, se nos ofrecerá la primera de ellas cuya conexión con la música de Messiaen es total (no se olvide la vocación ornitológica de éste, su devoción por los pájaros y su admiración por San Francisco, a quien dedicó una ópera homónima). Y si Messiaen quiso transitar con evidente interés biográfico distintos episodios de la vida del santo, Liszt en La prédication aux oiseaux (1860) también escribe una música de marcado interés programático en la que la proliferación de ostinati y trinos sobreagudos describen el canto de los pájaros y la atmósfera estática unida al simbólico motivo de la cruz (sol-la-do), tomado de la melodía gregoriana Crux fideli, nos sitúan ante la imagen del sermón de San Francisco a las aves.

            Los Años de Peregrinaje (Annés de Pèlerinage) constituyen una piedra miliar de la obra de Liszt. Divididos en tres libros (catalogados como S. 160, S. 161 y S. 163), éstos fueron publicados no cronológicamente en 1855 y 1883 (el último casi 30 años después de la aparición del segundo en 1856). A lo largo de las 26 piezas que integran el ciclo puede seguirse el desarrollo de la madurez musical del compositor que en estas obras transita desde los fuegos de artificio que caracterizaron buena parte de su obra a las sinceras y conmovedoras afirmaciones de tono sentimental que más han acabado calando en la memoria del aficionado. Vallée d'Obermann (Libro 1, nº6), compuesto por Liszt tras sus vivencias suizas, podría encuadrarse en este segundo compartimento: su inicio, angustioso y dubitativo, el alivio contemplativo de la segunda idea expuesta y la catártica conclusión confieren a la pieza un inequívoco aliento romántico transido de incertidumbre.

            Cipres a la Villa d'Este y Les jeux d'eaux à la Villa d'Este (Libro 3, nº2 y nº4) son las dos obras que oiremos. La denominada Villa del Este es un palacio del siglo XVI, construido en Tívoli, no lejos de Roma, por el cardenal Hipólito II. Desde 1969, Liszt acudía con asiduidad a esta encantadora villa tiburtina pletórica de frondosos jardines escalonados de estilo renacentista y adornados con hermosas fuentes. En aquellos parajes el compositor se confundía entre labradores y campesinos y sus largos paseos le sirvieron de inspiración para dos de las más conocidas páginas de Años de peregrinaje. Si la primera (A los cipreses de la Villa del Este) resulta una sobrecogedora traslación musical de aquellos imponentes jardines, la segunda (Los juegos de agua de la Villa del Este) esconde una secreta intencionalidad mística, presente en la cita de San Juan citada por el propio compositor: “Mas quien bebe del agua que yo le dé no tendrá ya sed jamás, y el agua que le dé se convertirá en una fuente que mane vida eterna”.

            “¡La naturaleza, los cantos de los pájaros! Esas son mis pasiones, mis refugios. En las horas sombrías, cuando mi inutilidad me es brutalmente revelada, cuando todas las lenguas musicales, clásicas, exóticas, antiguas, modernas y ultramodernas, se me aparecen reducidas al resultado, admirable por otra parte, de pacientes ensayos y búsquedas, sin que nada detrás de las notas justifique tanto trabajo, ¿qué hacer sino encontrar mi auténtica razón de ser en alguna parte del bosque, en los campos, en la montaña, en el ruido de las olas del mar o entre los pájaros? Es ahí donde reside para mí la música, la música libre, anónima, improvisada para el simple placer de los sentidos”, escribió Olivier Messiaen (1908-1992) en 1959 con motivo del estreno de Catalogue d'oiseaux (Catálogo de pájaros), su magno ciclo pianístico conjugado en siete libros que suponen una cima del género en el siglo XX en donde invoca un material inagotable (los cantos de pájaros) totalmente inexplorado hasta entonces. Aimard, pertinaz divulgador de estos pentagramas, ofrece Le traquet stapazin (La collalba rubia) -Libro 2-. En estos poemas el compositor se acerca al paisaje, al color y a la atmósfera donde se desenvuelve el animal y también su canto. La collalba rubia la descubrió Messiaen en el País Vasco francés y se trata de un pájaro netamente español cuya presencia es llevada al teclado erigiéndose en una de las piezas centrales de la serie, llena de tornasolados crescendos y decrescendos en los que el genial francés despliega su paleta armónica para emular el canto de la Collalba mediante un armazón de breves “resonancias contraídas” (término que para Messiaen definía un racimo de notas muy próximas en la escala pentatónica) con el que expresar igualmente el rojo y el naranja del atardecer propio de su hábitat.

            Para acentuar el contraste Aimard pone sobre el piano una aforística composición de Béla Bartók (1881-1945). Nénie op. 9 nº4 es una pieza de una colección escrita entre 1909 y 1910 marcada por un tono fúnebre y contemplativo. Justo lo contrario que la concentrada, sutil, llena de planicies y accidentes, suite Miroirs (1904-1905) escrita por Maurice Ravel (1875-1937). Tan difícil o más que Gaspard de la nuit, el francés acaba de llevar al disco una obra de la que es capaz de apuntalar toda su poesía y capacidad de sugerencia a la vez que mantiene intacta la estructura sobre la que se asienta. Antes que naufragar con una excesiva subjetivización, Aimard viene optando por mantener el equilibro entre la lectura analítica y la ensoñadora. Del conjunto de cinco piezas que integran el ciclo se ofrecerán tres. Une barque sur l'océan es la sección central del grupo en la que Ravel desarrolla una melodía llevándola al clímax. Oiseaux tristes convoca el canto de unos pájaros solitarios (antes que Messiaen), trasuntos quizá del propio ser humano que en tantas ocasiones habla sin establecer diálogo. En la Alborada del gracioso, el francés mira a España y esparce reminiscencias del sonido de una guitarra en el comienzo de una composición, ahora sí, brillante, distendida y henchida de virtuosismo con la que Pierre-Laurent Aimard pondrá el ¿punto final? (de ustedes dependerá) a un concierto cuya resonancia a buen seguro superará las paredes del Maestranza para instalarse en nuestro recuerdo.

4 nov. 2010

Steve Reich, 'Double Sextet', '2x5'





















Steve Reich (1936-)
1.- Double Sextet (2007)
2.- 2x5 (2008)
eighth blackbird. Bang on a Can
Nonesuch 524853-2

En torno a la música minimalista existe un hecho incontestable: Ninguno de sus primeros y más populares cultivadores se ha mantenido fiel al credo que la impulso. Por lo que si se quiere seguir hoy la huella del repetitivismo habrá indefectiblemente que tener los oídos abiertos a propuestas que desde el minimal se han ido transformando en un posmodernismo que, en la mayor parte de las ocasiones, hay que constatar que funciona ejemplarmente bien. O desde luego bastante mejor que en el caso de otros neos empeñados en ser epígonos modernos de los compositores decimonónicos cuya música aparece regurgitada hoy en bravas y tediosas construcciones orquestales (pienso en Rautavaara, Macmillan, parcialmente Pärt y Gorecki, Del Tredici y otros muchos cuya sola enumeración desbordaría el comentario).

Circunscribiéndonos al ámbito estético que nos ocupa, en la música minimalista la melodía ha acabado imponiéndose al ritmo, las fases (por emplear un término tan caro a Steve Reich) se han ampliado generosamente, las duraciones se han hecho más relativas, asequibles y, el producto final, resulta, evidentemente, más tolerable por un público mayoritario. En este sentido el caso de Philip Glass resulta el más paradigmático de todos. Desde creaciones absolutamente geniales dentro del minimal como Einstein on the Beach (1976) o Music in twelve parts (1974) a un oprobio como el Concierto para violín nº2 'American Four Seasons' (2019) la involución ha sido total por más que en el camino hallan quedado piezas estimables como O Corvo Branco, (1998) Monsters of Grace (1998) o su score para el filme The hours (2002).

Quienes hoy se sientan atraídos por el repetitivismo más radical y fiero tendran que hallarlo en compositores  fuera del circuito como el histórico y muy activo Charlemagne Palestine (con ejecuciones extenuantes de acordes y clusters en Mother of us all y Strumming music), Tom Johnson (en sus muy fieles a la letra partituras de premisas matemáticas) y, dentro de un ámbito cercano a la drone music y tomando el concepto minimal en su referencia a la simpleza de los materiales, las propuestas sonoras de dos artistas sonoros intocables para quien esto firma, Alvin Lucier y Phil Niblock.

¿Dónde queda hoy la música de Steve Reich, coetano de Glass y con una trayectoria disímil aunque coincidente en la paulatina relajación del discurso? A juicio de lo escuchado en el reciente disco de Nonesuch con dos obras de muy reciente factura -Double Sextet y 2x5- permanece el sustrato, el motor que con desarmante naturalidad siempre ha sido capaz de mover la contagiosa creación del norteamericano. Cierto es que nadie ha de esperar aquí la ambición y apego a los postulados minimalistas de obras maestras como Different Trains (1988) The desert music (1984) o Tehillim (1981) A Reich hace tiempo que le dejó de interesar el gran grupo instrumental para centrarse en obras de pequeño formato y parecido calado. No es ésta una música importante en el sentido de su trascendencia, ahora bien, resulta perfectamente disfrutable e igualmente olvidable. No necesita el músico a estas alturas dar con la medida de la excelencia, atesora en su catálogo un puñado de obras suficientes como para que el valor de su firma permanezca intacto en el futuro.

Steve Reich

Un sencillo diseño de Nonesuch confiado a la reproducción de un óleo del minimalista Jasper Johns, O-9 (1959) [por cierto inmejorable para ilustrar la parsimoniosa retahíla numérica del inicio del glassiano Einstein] sirve de imagen de presentación al encuentro de dos obras importantes dentro del actual periodo creativo de Reich tras creaciones muy menores como Triple Quartet (1998) o Guitar electric counterpoint (2000).

Tanto Double Sextet como 2x5 están concebidas para sendos conjuntos gemelos de seis y cinco instrumentistas respectivamente. Y en ambos casos el segundo ensemble puede tocar simultáneamente o bien ser pregrabada su parte en soporte electrónico para que un solo grupo pueda interactuar con su doble. En la segunda de ellas, 2x5, escrita para el militantemente neoyorkino (por estética, repertorio y actividad geográfica) Bang on a Can, Steve Reich invoca ideológicamente a Kurt Weill por su asimilación de la música del cabaret y se acerca en resultados a las obras 'clásicas' de Frank Zappa. Con una plantilla que dispone de cuatro guitarras eléctricas, dos bajos, dos pianos y dúo de batería la obra se atiende con agrado y hasta con un punto de ingenuidad -también resuenan aquí los ecos de Rhys Chatham y Glenn Branca- pero carece de ese barniz de vertiginosa precipitación tan propia de su estética pasada. La ejecución, impecable, tampoco da muestras de despeine y así 2x5 quedará como una obra menor a la sombra de sus grandes trabajos precedentes, una mirada más teórica que conseguida al universo del rock desde una óptica aceptablemente repetitiva.

Afirma Reich en la carpetilla del disco que le hubiera gustado haber recibido antes el Premio Pulitzer y cita como excusa la composición de piezas como las soberbias Drumming (1970-71) y Music for 18 musicians (1974-76). Sin embargo el galardón le ha recaído con ocasión del estreno en 2009 de Double Sextet, partitura que el jurado definió como "una gran obra que muestra una inmensa capacidad para canalizar la explosión inicial de energía en una música a gran escala, construida con un control magistral y de fascinante impacto en la escucha". Como se infiere de la lectura de este cúmulo de parabienes el argumento para la condecoración no está llamado a ganar ningún premio de musicología porque, entre otras cosas, tal descripción es idénticamente aplicable a muchas otras composiciones de Reich.

Double Sextet es, en todo caso, y con su tradicional división barroquizante en tres tiempos (fast-slow-fast), una obra de mayor énfasis en la que los patrones sonoros se transforman con dilatada lentitud y, a la postre, sintetiza mucho mejor todo el imaginario sonoro del compositor. Nuevamente la interpretación vuelve a estar fuera de todo examen, a cargo aquí del ensemble eighth blackbird.

La fascinación que siente Reich por las fases y los desfases y por los ritmos entrelazados emergen aquí con un impacto que no advertíamos desde City life (1995). Si Double Sextet no alcanza a situarse entre sus  partituras sobresalientes es debido a cierta deriva dramática del movimiento lento y a la estrechez idiomática de unos instrumentos de cuerda que, objetivamente, no acaban de acomodarse bien en estos pentagramas concretos. Por otra parte la intensidad de una coda zigzagueante que  parece nunca llegar a concretarse nos refiere una obra de pulsación urbana y enérgica con unísonos tan audaces como clásicos de piano y vibráfono que nos reconcilian con el mejor Steve Reich.

Audición 1: Double Sextet (2007). Tercer movimiento: Fast.

Audición 2: 2x5 (2008). Segundo movimiento: Slow.

25 oct. 2010

Pierre Henry chez lui 2010

Pierre Henry en su Maison. Foto: Marmara/ Le Figaro























Excusatio non petita: Viajar a París, localizar en el mapa de la ciudad la Rue de Toul y cruzar el umbral de la encantadora casa del legendario cofundador de la música concreta y pionero de la electroacústica Pierre Henry ha de mover, forzosamente, sentimientos y sensaciones del todo personales. No es el tono de este espacio web ni tampoco su pretensión (por más que la crítica musical sea siempre irremediablemente subjetiva) pero permítaseme este exordio para justificar las siguientes líneas.

Impresiones: A las 17.00 horas del martes 20 de octubre de 2010 sólo cierta actividad visible a través del gran ventanal daba idea de que allí mismo, justo una hora después, iban a abrirse las puertas de la casa-estudio (Son-Ré) que desde hace más de 50 años ocupa Pierre Henry. No es la primera vez que su hogar se convierte en un pequeño auditorio, en una gran mansión resonante. Esta era la séptima ocasión en la que el maestro francés invitaba a sus seguidores a descubrirle en su ámbito más íntimo. En 1996 propuso en ella el estreno de su fantástica creación Intérieur/Extérieur. Luego, en 2002 repitió la iniciativa con ocasión de la presentación de Drácula, y en 2005 volvería a hacerlo para dar a conocer la pieza Voyage iniciatique. En 2008 sería la obra Miroirs du temps la que centraría otra tanda de 22 conciertos y en 2009 insistiría en hacer de su casa un auditorio con Dieu, poema sonoro sobre textos de Víctor Hugo.

Se desconoce a dia de hoy si el más que octogenario Henry, quien dirigió la difusión de sus obras desde su inmensa mesa de sonido, con gesto visiblemente cansado, volverá a tener ánimos para enrolarse en el futuro en un proyecto como éste: tardes enteras recibiendo el cariño y la admiración de un público entregado pero cuya atención ha de agotar forzosamente la salud. Hay quienes especulan que esta serie de conciertos (que finalizan el día 30 de este mes) suponen también la despedida de Pierre Henry de la actividad pública, idea que no obstante conviene poner en cuarentena. Baste recordar que el compositor francés viajó a Noruega a comienzos de este mes de octubre para inaugurar el Festival Última de música contemporánea de Oslo.

Sea como fuere lo que sí parece fuera de toda duda es la intención de Pierre Henry de que en el futuro, su casa se convierta en su fundación, en su museo (no en vano está repleta de sus obras plásticas concretas), en fin, su deseo de que siga sonando y resonando constituye un proyecto tan feliz como inédito que permitirá que las generaciones venideras continúen asomándose a la música fascinante e inquieta del autor de las Variaciones para una puerta y un suspiro.

La excusa para volver a concitar a su público la daba en esta ocasión la aparición de un volumen, lujosamente editado por Fage -valga el tópico-, titulado, a las claras, La Maison de sons de Pierre Henry, obra eminemente fotográfica de Geir Egil Bergjord que documenta a lo largo de casi 200 páginas los inabarcables meandros de una gran casa repleta de arte y de sonidos, una profana meca de la música electrónica. Completan la publicación una breve e ilustrativa colección de textos (únicamente en francés) y un cedé que alberga tres de las obras que sonaron en estos programas (Phrases de quatour -2000-, Miroir du temps -2008- y Envol -2010-) más Capriccio (2009).

Collages y ensamblajes de todo calibre se atesoran a lo largo de las tres plantas de una Maison en la que la pasión por la música se entremezcla con el arte (algo que se advierte en la observación de los libros de su profusa biblioteca) y en donde las obras de Henry -con personalidad propia pese a los vagos ecos de los pequeños montajes de Kurt Schwitters que puedan suscitar- confieren al lugar una poderosa imantación: No se quiere salir de allí y, en cualquier caso, existe un deseo inevitable de que las puertas de la casa no se cierren nunca. Su hogar en sí mismo es ya una obra de arte, un lugar de encuentro con una parte importante, esencial, de la historia de la música del siglo XX.

Tanto Bernadette Mangin como Étienne Bultingaire -históricas colaboradoras de Henry en tareas de asistencia musical, ingeniería de sonido y espacialización- recibían a los asistentes con una sincera sonrisa prestas a explicar cualquier pormenor sobre el lugar y sobre la música. Junto a ellas un competente equipo de ayudantes que velaban, ante todo, por cumplir un precepto: La Maison de Sons no es una invitación a contemplar obras plásticas mientras se oye música, no se trata de una hogareña instalación sonora ni de un chill-out académico. La Maison de Sons es una forma de concierto. A la hora referida todos los asistentes habían de encontrar un lugar para sentarse y permanecer quietos, en silencio, oyendo lo que la música de Pierre Henry tiene que contar y cuyos significados nos eran expuestos por las decenas de altavoces diseminados por la casa en un alarde técnico que nos hacía partícipes de una forma de espectáculo semiciego y de enorme concentración. Una vez más la música electroacústica volvió a erigir al altavoz en imponente y perfecto intérprete de un universo sonoro que parece haber surgido en otra dimensión. Así lo quiere Henry, quien en el documental de Eric Darmon y Franck Mallet, The art of sounds, afirma sentirse igualado con un intérprete de violín o piano, él lo es de los sonidos electrónicos y exige atención y silencio, manteniéndose así parcialmente intacto el ritual del concierto clásico.


En la segunda planta y sin aforo ante él Pierre Henry, suscitó antes y después miradas de intensa admiración. Era él, el cofundador de la música concreta, el que soñó un día e hizo realidad al otro -siguiendo los preceptos de Pierre Schaffer- la posibilidad de una nueva música. Cansado tras el concierto, sentado en un margen de la habitación, tuvo la serena paciencia de firmar discos y libros y hasta de cruzar alguna palabra de agradecimiento. La dedicatoria que no sin cierto pudor me llevé de su álbum Voyage iniciatique era casi lo de menos, lo de más, contemplarle, tan elevado en su genialidad, tan activo e inquieto en la creación de nuevas obras (la última, Envol, de este mismo 2010, de ayer mismo como quien dice). Un fugaz cruce de manos puso el broche a mi estancia en la Maison. No padezco mitomanía pero sí rendida admiración y cariño por quien tantas horas de felicidad me provee con sus obras.

Sonidos: Dos conciertos (a las 18.00 y a las 20.30 horas) eran la oferta de esta nueva apertura de puertas, acaso el primero más completo y plural que el segundo, pero en cualquier caso insustituibles ambos. Comenzó el primero de menor a mayor intensidad sonora, pasó del acadecimismo al techno sin que a los altoparlantes (¡qué maravilloso término portugués para designar a los altavoces!) les temblara el pulso, trazó un recorrido desde un mayor apego por el gesto concreto a la música electrónica pura.

La sesión comenzó con Phrases de quatuor, un puzzle abstracto, una especie de autoretrato imaginario a través de uno de los compositores que más han marcado a Henry, Franz Schubert. Como viene siendo habitual en sus obras de los últimos 15 años, el francés se apropia de músicas pretéritas -aquí el Quinteto para cuerdas de 1828- para dibujar un evocador fresco sonoro de voz queda en la que un grito (con reminiscencias del Wozzeck bergiano) rompe un clima clásico en el que se suceden frases de otros autores como Ravel, Franck y Debussy.

Otro homenaje, esta vez sin citas explícitas, es el que realiza en Miroir du temps. Olivier Messiaen estaba en el pensamiento de Henry cuando en 2008 compuso una pieza que evoluciona con sonidos de timbre más instrumental que electrónico, como si quisiera acercarse al mundo de las notas clásicas. Ecos de lo que podría parecer el sonido de un piano preparado y sutiles pero constantes cambios de tiempo cincelan una música hermosa pero bastante más hermética de lo acostumbrado en Pierre Henry. Su apego aquí a la no manipulación excesiva de los sonidos le emparentan por un momento con las obras electroacústicas de Karlheinz Stockhausen.

Finalizó el primer concierto con la sorprendente Envol, obra compuesta con ocasión de esta serie de conciertos y cuya difusión en la Maison difiere notablemente de la versión registrada en cedé cuya audición proponemos acompañando esta entrada. Ya se advierte sobre el papel una variación en la duración -de los 27 minutos de la ofrecida allí a los casi 14 de la versión del disco-. Lo esencial permanece, pero Henry ofreció no obstante una versión más jugosa, más heterodoxa, de la que decidió incluir en la grabación. Envol es "un poema musical de estilo lúdico" nos dice el compositor, y eso lo percibimos desde un titubeante inicio que da lugar a una música menos concentrada que las dos piezas anteriores, de una mayor brillantez tímbrica y que, 'en el directo', acaba convirtiéndose en un emotivo homenaje al célebre Psyche Rock de la Messe pour le temps present (1967) que tanta notoriedad en el ámbito popular le dio. Está aquí el repiqueteo constante de las campanas y algunos de los sonidos más característicos de aquella legendaria pieza cuyo recuerdo en Envol hace concluir la escucha con una abierta sonrisa.

Tras una pausa de casi 90 minutos antes de la segunda sesión en la que se regeneró el público -que prefirió quizá espaciar en dos días la asistencia a ambas propuestas sonoras- el segundo concierto arrancó con la pieza más antigua de las seleccionadas por el músico, Gymkhana (1970), paráfrasis polifónica de otra obra, retirada de catálogo, Noire á soixante escrita para una plantilla instrumental. Se trató de la creación más adusta de todas, una procesional música que atrapa al oyente a través de una sucesión de sonidos secos y repetitivos que son ligeramente transformados por la electrónica

Drácula 2010 es un nuevo acercamiento al mito vampírico según Pierre Henry después de su primera versión del año 2002. Aligerada, al igual que Envol, de duración (de 52 minutos pasa a 38), el músico parece hibridar el vampiro de Bram Stoker con los chupasangres urbanos del filme The hunger (Tony Scott, 1983). Su obra nace en los Montes Cárpatos, con la cacharrería orquestal de la Obertura de El oro del Rin wagneriano acechando. Atendemos pisadas, chasquidos, crujidos de puerta, respiraciones excitadas, pájaros, animales violentados y, de repente, se abre una puerta por la que entra un ventarrón que trae, sin complejos, rock y techno, una secuencia que bien podría haber firmado Christian Marclay pero que, sin embargo, ha sido creada por la mente exultantemente joven y a contramano de la Academia de Pierre Henry. Es el suyo un acercamiento arrebatadoramente personal al mito y mantiene un nivel tan alto que lo emparenta con otro soberbio acercamiento a Drácula/Nosferatu, el que hiciera desde la orquesta sinfónica el compositor José María Sánchez Verdú en 2002-03. Dos murales sonoros de antagonistas estéticas y medios que suponen a la par dos suculentas e intrigantes invitaciones a la escucha en la oscuridad.

Olor: Toda la Maison emanaba un olor característico, una fragancia nunca percibida por quien esto firma que ayudaba aun más si cabe junto con los otros sentidos (la visión, la audición) a triplicar la experiencia de estos conciertos. Finalmente pude comprobar que el origen del aroma provenía de una serie de velas ubicadas en cada una de las estancias. Fenouil sauvage, de Diptyque. Movido por la idea de reproducir en lo posible la experiencia vivida en el hogar de Henry localicé la vela en París. No diré, por pudor, su precio. Su perfume acompañará siempre futuras audiciones. Y estoy seguro de que en muchas casas de aficionados a la sensacional obra de Henry también se respira esta aromática hierba de la Provenza francesa.

Audición: Envol (2010)