9 nov. 2010

Pierre-Laurent Aimard pasa por Sevilla

Pierre-Laurent Aimard

















No es el objetivo de este blog servir de recipiente contenedor de todos los escritos periodísticos relacionados con la música de los que es autor el responsable de este espacio digital. No obstante traigo aquí las notas al programa de mano elaboradas con motivo del recital que el pianista Pierre-Laurent Aimard ofreció en el Teatro de la Maestranza el pasado 23 de octubre por cuanto en su programa se combinaron obras contemporáneas de Marco Stroppa, Olivier Messiaen y Béla Bartók junto a páginas clásicas de Liszt y Ravel.


Pájaros, santos, genios y otras especies

Digámoslo de antemano, el piano que defiende Pierre-Laurent Aimard constituye en sí mismo un universo al margen. Al margen de estrellas pasajeras, muy alejado de virtuosos ajenos a todo lo que no sea el A B C del repertorio y, en fin, diferente también del cerrado mundo en el que se mueven importantes nombres del pianismo contemporáneo. Si de establecer paralelismos se tratara -aunque a estas alturas Aimard no debería necesitar de puntos de referencia- acaso el milanes Maurizio Pollini podría servir como antecedente. Ambos conjugan el repertorio clásico con el contemporáneo otorgándole  la misma importancia, queriendo hacer entender mediante su militante defensa que uno no es si no consecuencia directa del otro. Tanto el francés como el italiano tienen importantes grabaciones en el sello amarillo Deutsche Grammophon (entre otras muchas editoras), los dos siempre han mantenido una posición equidistante de la mercadotecnica del piano clásico y coinciden igualmente en la difusión de músicas de autores señeros de la modernidad. Pollini ha paseado por salas de todo el mundo las obras de Pierre Boulez y Luigi Nono, Aimard viene haciéndolo con las respectivas creaciones de Olivier Messiaen y György Ligeti, entre otros muchos.

            Júzguese por último a vuela pluma algunas de las más recientes producciones discográficas del protagonista de esta noche para constatar que, efectivamente, Aimard transita un lugar conquistado no sin esfuerzo y reservado a muy pocos. Porque sólo a muy pocos se les permite presentar en un mercado fonográfico saturado y en durísimo retroceso El arte de la fuga, un Homenaje a Messiaen, una integral de Conciertos beethovenianos junto a Nikolaus Harnoncourt y, recién salido del horno, una nueva aproximación a los Conciertos de Ravel -incluyendo Miroirs- junto a Pierre Boulez, un director que, forzosamente, debía lograr un personal y buen diálogo con el sonar austero a la par que comprometido de Aimard.

            Si hay dos países en el mapa de la nueva música que alberguen una cantidad verdaderamente ingente de compositores de interés éstos podrían ser Alemania e Italia. La diferencia, como es fácilmente predecible, radica en el trato que unos y otros merecen en sus diferentes naciones. Si la cultura en el ámbito germano pasa, entre otras muchas cosas, por promover la creación actual, consagrar un sello a la difusión de los nuevos autores, y atenderles en las programaciones de sus orquestas, en Italia el ostracismo al que viven condenados sus compositores es sólo taimado por ciclos específicos como La Biennale de Venecia o Milano Música. Es en estos parajes -y en otros aún más específicos de la vanguardia como el Festival de Donaueschingen o MaerzMusik Berlin- donde advertiremos el recorrido de Marco Stroppa (1959). Tangata Manu (hombre-ave en lengua rapanui) pertenece al Libro Primo de Miniature estrose (1991-2001) [disponible en una versión de Florian Hoelscher en el sello Stradivarius]. En la pieza que hoy interpreta Aimard -quinta de la serie- Stroppa alude a una tradición de los habitantes de la Isla de Pascua. El ritual consistía en una competición anual para obtener el primer huevo de la temporada en el islote de Moto Nui (isla de los Hombres-pájaro) nadar de regreso a Rapa Nui y trepar el acantilado marino hasta el poblado. La ceremonia culminaba con la triunfal investidura del Tangata Manule, sagrado 'Hombre Pájaro' de la Isla de Pascua. La pieza fue escrita para el 70º cumpleaños de Luciano Berio y persigue captar en su desarrollo los diferentes aspectos del vuelo: acústico, estético, físico, mitológico y espiritual.

            La música de Franz Liszt (1811-1866) centra buena parte del recital que Aimard viene ofreciendo en esta gira al vehicular la escucha de las propuestas más extremadas (Stroppa, Messiaen, Ravel) con ejemplos del piano ora expansivo ora místico y concentrado del maestro húngaro. De las Dos Leyendas que Liszt escribió inspirado por la figura de San Francisco de Asís, se nos ofrecerá la primera de ellas cuya conexión con la música de Messiaen es total (no se olvide la vocación ornitológica de éste, su devoción por los pájaros y su admiración por San Francisco, a quien dedicó una ópera homónima). Y si Messiaen quiso transitar con evidente interés biográfico distintos episodios de la vida del santo, Liszt en La prédication aux oiseaux (1860) también escribe una música de marcado interés programático en la que la proliferación de ostinati y trinos sobreagudos describen el canto de los pájaros y la atmósfera estática unida al simbólico motivo de la cruz (sol-la-do), tomado de la melodía gregoriana Crux fideli, nos sitúan ante la imagen del sermón de San Francisco a las aves.

            Los Años de Peregrinaje (Annés de Pèlerinage) constituyen una piedra miliar de la obra de Liszt. Divididos en tres libros (catalogados como S. 160, S. 161 y S. 163), éstos fueron publicados no cronológicamente en 1855 y 1883 (el último casi 30 años después de la aparición del segundo en 1856). A lo largo de las 26 piezas que integran el ciclo puede seguirse el desarrollo de la madurez musical del compositor que en estas obras transita desde los fuegos de artificio que caracterizaron buena parte de su obra a las sinceras y conmovedoras afirmaciones de tono sentimental que más han acabado calando en la memoria del aficionado. Vallée d'Obermann (Libro 1, nº6), compuesto por Liszt tras sus vivencias suizas, podría encuadrarse en este segundo compartimento: su inicio, angustioso y dubitativo, el alivio contemplativo de la segunda idea expuesta y la catártica conclusión confieren a la pieza un inequívoco aliento romántico transido de incertidumbre.

            Cipres a la Villa d'Este y Les jeux d'eaux à la Villa d'Este (Libro 3, nº2 y nº4) son las dos obras que oiremos. La denominada Villa del Este es un palacio del siglo XVI, construido en Tívoli, no lejos de Roma, por el cardenal Hipólito II. Desde 1969, Liszt acudía con asiduidad a esta encantadora villa tiburtina pletórica de frondosos jardines escalonados de estilo renacentista y adornados con hermosas fuentes. En aquellos parajes el compositor se confundía entre labradores y campesinos y sus largos paseos le sirvieron de inspiración para dos de las más conocidas páginas de Años de peregrinaje. Si la primera (A los cipreses de la Villa del Este) resulta una sobrecogedora traslación musical de aquellos imponentes jardines, la segunda (Los juegos de agua de la Villa del Este) esconde una secreta intencionalidad mística, presente en la cita de San Juan citada por el propio compositor: “Mas quien bebe del agua que yo le dé no tendrá ya sed jamás, y el agua que le dé se convertirá en una fuente que mane vida eterna”.

            “¡La naturaleza, los cantos de los pájaros! Esas son mis pasiones, mis refugios. En las horas sombrías, cuando mi inutilidad me es brutalmente revelada, cuando todas las lenguas musicales, clásicas, exóticas, antiguas, modernas y ultramodernas, se me aparecen reducidas al resultado, admirable por otra parte, de pacientes ensayos y búsquedas, sin que nada detrás de las notas justifique tanto trabajo, ¿qué hacer sino encontrar mi auténtica razón de ser en alguna parte del bosque, en los campos, en la montaña, en el ruido de las olas del mar o entre los pájaros? Es ahí donde reside para mí la música, la música libre, anónima, improvisada para el simple placer de los sentidos”, escribió Olivier Messiaen (1908-1992) en 1959 con motivo del estreno de Catalogue d'oiseaux (Catálogo de pájaros), su magno ciclo pianístico conjugado en siete libros que suponen una cima del género en el siglo XX en donde invoca un material inagotable (los cantos de pájaros) totalmente inexplorado hasta entonces. Aimard, pertinaz divulgador de estos pentagramas, ofrece Le traquet stapazin (La collalba rubia) -Libro 2-. En estos poemas el compositor se acerca al paisaje, al color y a la atmósfera donde se desenvuelve el animal y también su canto. La collalba rubia la descubrió Messiaen en el País Vasco francés y se trata de un pájaro netamente español cuya presencia es llevada al teclado erigiéndose en una de las piezas centrales de la serie, llena de tornasolados crescendos y decrescendos en los que el genial francés despliega su paleta armónica para emular el canto de la Collalba mediante un armazón de breves “resonancias contraídas” (término que para Messiaen definía un racimo de notas muy próximas en la escala pentatónica) con el que expresar igualmente el rojo y el naranja del atardecer propio de su hábitat.

            Para acentuar el contraste Aimard pone sobre el piano una aforística composición de Béla Bartók (1881-1945). Nénie op. 9 nº4 es una pieza de una colección escrita entre 1909 y 1910 marcada por un tono fúnebre y contemplativo. Justo lo contrario que la concentrada, sutil, llena de planicies y accidentes, suite Miroirs (1904-1905) escrita por Maurice Ravel (1875-1937). Tan difícil o más que Gaspard de la nuit, el francés acaba de llevar al disco una obra de la que es capaz de apuntalar toda su poesía y capacidad de sugerencia a la vez que mantiene intacta la estructura sobre la que se asienta. Antes que naufragar con una excesiva subjetivización, Aimard viene optando por mantener el equilibro entre la lectura analítica y la ensoñadora. Del conjunto de cinco piezas que integran el ciclo se ofrecerán tres. Une barque sur l'océan es la sección central del grupo en la que Ravel desarrolla una melodía llevándola al clímax. Oiseaux tristes convoca el canto de unos pájaros solitarios (antes que Messiaen), trasuntos quizá del propio ser humano que en tantas ocasiones habla sin establecer diálogo. En la Alborada del gracioso, el francés mira a España y esparce reminiscencias del sonido de una guitarra en el comienzo de una composición, ahora sí, brillante, distendida y henchida de virtuosismo con la que Pierre-Laurent Aimard pondrá el ¿punto final? (de ustedes dependerá) a un concierto cuya resonancia a buen seguro superará las paredes del Maestranza para instalarse en nuestro recuerdo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

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