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21 oct 2021
21 ene 2020
21 abr 2019
18 mar 2019
3 ene 2019
11 nov 2018
Kaija Saariaho, 'Only the sound remains'. Teatro Real (05-11-18)
Todavía continúa el Teatro Real prestigiándose ante el mundo operístico (y no digamos ante los teatros colegas / competidores españoles) de la herencia adquirida tras la gestión del fenecido Gerard Mortier, quien fuera director artístico del coliseo madrileño entre 2010 y 2013. Fue él quien empujó a la compositora finlandesa Kaija Saariaho (1952) a la escritura lírica con L'Amour de loin (2000), estrenada en el Festival de Salzburgo. Aquella creación gozaría desde su nacimiento de un insospechado predicamento entre la crítica y el público. Algo que no era de extrañar si entendíamos que la obra, de un abierto posmodernismo estructural, estético y literario, no iba mucho más allá, en lo puramente musical, de lo lejos que ya había ido, en justo tiempo y forma, Claude Debussy con Pelléas et Mélisande en 1902.
Los 16 años que han transcurrido desde L'Amour de loin a Only the sound remains (estrenada en marzo de 2016 en Ámsterdam) han servido a Saariaho para asentarse en una estética que le es propia, la de un relajado modernismo que, sin ser vanguardista ni exploratorio, alcanza en esta creación el ejemplo más destilado e hipnótico de su trayectoria operística. Frente a la densidad discursiva y expresiva de anteriores tentativas líricas (Adriana Mater, Émilie), aquí la compositora se ha sentido apelada (seducida diríamos) por la radicalidad conceptual del Teatro Noh japonés.
24 feb 2017
Elena Mendoza, 'La Ciudad de las Mentiras'. Teatro Real (21-02-2017)
Es posible que la ópera o teatro musical de Elena Mendoza y
Matthias Rebstock que el Teatro Real de Madrid ha presentado en cinco funciones
este mes de febrero tenga un único problema, y está en el planteamiento inicial
de sus creadores: “Componer una ópera hoy en día significa hasta cierto punto
reinventársela como género”. Un artista siempre ha de jugar con premisas
ambiciosas, pero quizá nos hemos pasado de frenada. Una vez contemplada –y a falta de posteriores audiciones en la grabación que de
ella dispondrá en breve Radio Clásica de Radio Nacional de España- podemos
afirmar que esta ópera se inserta de forma natural en la tradición –sí, en la
tradición- del teatro musical germano de vanguardia. Las fuentes son
reconocibles, quizá en exceso; desde luego Mauricio Kagel, claro, pero también
Beat Furrer, Dieter Schnebel, Nicolaus A. Huber y una cierta impronta sciarriniana.
Mendoza ha empaquetado una propuesta radicalmente compleja,
abstracta; hábilmente enrevesada (y sagazmente desenmarañable); en la que
gozosamente no se ha doblegado ante la imponente tradición lírica del Real,
como tampoco lo ha hecho ante su conservador y reaccionario público. Nos
aventuraremos a la cábala: Gerard Mortier estaría orgulloso del fruto de su
encargo; y nos encantaría oír al fascinante gestor defender esta creación. Sin
embargo, esta Ciudad de las Mentiras tiene su principal debe en el muy
deficiente uso que hace del continente que se le ha brindado. Menos de 30
músicos (entre los repartidos por el foso, el escenario y el Palco Real) y una
amplificación que, inexplicablemente, resultó a todas luces insuficiente, lo
que es sorprendente teniendo en cuenta que esta corría a cargo del SWR
Experimentalstudio. Ahora pensamos que, con estos mimbres, la propuesta hubiera
funcionado mejor en un espacio como el Teatro de la Zarzuela. En el foso, el especialista
Titus Engel insuflaba toda la garra posible a una orquestación que solo adquiría
fuerza en los formidables interludios instrumentales, pero que se demostraba
insuficiente durante el transcurso de la acción. Tampoco funcionó la
espacialización, salvo en muy contados instantes, con lo que la intención de
hacer del teatro una caja de resonancia orquestal también falló.
Sea como fuere, estamos ante un trabajo de autor, porque la
voz de Mendoza, por más que beba indisimuladamente de las fuentes que
legítimamente ha elegido como suyas, adquiere tonalidades propias; en su
desprejuiciado uso del humor; en su fascinación por los juegos de percusión, en
la férrea atonalidad o en el uso de una gramática vocal que empieza a serle
propia. Porque una de las mayores grandezas de esta Ciudad de las Mentiras es,
precisamente y en contra del juicio mayoritario, el uso de la voz. Una voz que
rehúye el canto postexpresionista y que se recrea en la declamación, en el
continuo de voces y de sonidos que operan como sugestiva amalgama, en el canto
musitado, en el arrullo… La obra literaria de Juan Carlos Onetti que anima la
creación la descubrimos entonces como un idóneo vehículo para este despliegue
de sustanciosa vocalidad –sí, no exactamente operística, da igual-.
Destacaremos, desde luego, la aportación del actor Graham Valentine, como el
doctor Díaz Grey, con parlatos alucinados, de inquietante, vitriólica
musicalidad; y con algunos de los momentos de mayor sustancia emocional; como
sus vocalizaciones dirigidas al arpa del piano, creando sobrecogedoras
resonancias y dibujando momentos de figuración casi vampírica. El
percusionista-camarero Tobias Dutschke –con uno de los instantes más
hilarantes- y la soprano Laia Falcón sobresalen en un elenco absolutamente
creyente, entregado y valioso.
La escenografía estática de Bettina Meyer cubrió bien el
papel; pese a una figuración un tanto mejorable; con una caracterización, en el
caso del papel de Carmen –la acordeonista Anne Landa- que remitía al trillado
universo de la comedia dell’arte; o en la cierta sobreactuación teatral de
Guillermo Anzorena, como el gestor Langman; por lo demás uno de los cantantes
más sobresalientes del repertorio contemporáneo, como viene demostrando con su
desempeño en los Neue Vocalsolisten Stuttgart. Y, como en las óperas Aura, de José María Sánchez-Verdú,
sobre un texto de Carlos Fuentes o Murmullos del Páramo, de Julio Estrada, a
partir de la novela de Juan Rulfo (y ambas vistas en Madrid), el realismo mágico, tan caro a la literatura
iberoamericana, vuelve a seducirnos en estos relatos de Onetti que parecen querer burlar inútilmente a la parca. La Ciudad de las Mentiras es, en fin, una
creación exploratoria, considerablemente satisfactoria; y una apuesta de
capital importancia para que un teatro como el Real pueda seguir capitaneando la actividad lírica española.
10 may 2015
7 abr 2015
23 oct 2013
Wolfgang Rihm, 'Die Eroberung von Mexico'. Teatro Real (13-10-13)
Concluidas las funciones de Die Eroberung von Mexico en el
Teatro Real, sirvan estas líneas para plasmar unas impresiones muy postreras al
respecto de la que ha sido una de las apuestas más rotundas que el defenestrado
director artístico del coliseo, Gerard Mortier, ha puesto sobre el escenario.
Atrás, y siempre en el ámbito de la música contemporánea, han quedado unas
históricas funciones de Moises und Aron con la soberbia SWR Sinfonieorchester
Baden-Baden und Freiburg [lea aquí la reseña]. En el recuerdo permanece
igualmente el muy competente título, The perfect american, que Philip Glass
presentó hace unos meses [cuya crónica puede repasar en este enlace]. Y en el
futuro, amén de Brokeback Mountain, de Charles Wuorinen, habremos de contemplar
–dado que el sucesor del belga, Joan Matabosch, ha decidido muy juiciosamente
seguir adelante con los encargos- los estrenos absolutos de los títulos líricos
de Mauricio Sotelo, Elena Mendoza y Alberto Posadas, siendo la obra que este
último presente la que más expectación despierta para quien esto firma.
Se ha querido vender en muchos medios de comunicación (y
algunos críticos han incidido incomprensiblemente en ello) que La conquista de
México era un título vanguardista avant la lettre. Incluso se han deslizado
hacia el espectador instrucciones sobre cuál habría de ser su predisposición a
la hora de sobrellevar su exposición a la ópera de Wolfgang Rihm. Pero nada más
incierto. Justamente porque el primer interesado en marcar distancias es el
propio compositor, quien llega incluso a evidenciar cierto incomodo cuando
intenta adjudicársele a parte de su obra la etiqueta de avanzada [consúltese, en
inglés o alemán, la entrevista que pude realizarle, al hilo de
las representaciones aquí comentadas]. Ello a pesar de que La conquista, ópera
estrenada en 1992, constituye junto con la camerística Jagden und formen (1995-2001)
y la crispada música concertante para violonchelo y orquesta Styx und Lethe
(1997-98), uno de los logros mayores de un creador con romántica ansia de
trascendencia, dramaturgia de asideros decimonónicos y nula simpatía por el
experimentalismo de laboratorio.
Así que no, La conquista no es una ópera de vanguardia, al
menos, no en el mismo modo en el que sí lo fueron Pelleas et Melisande,
Wozzeck, Die Soldaten, Prometeo, Le Grand Macabre o la heptalogía LICHT.
Hablamos de un título gestado a menos de una década del siglo XXI en el que
existe una línea de canto-recitado post-schoenberguiano apreciable en las voces
femeninas y una música que evoluciona, fluctúa y se rearma a base de agresivos
crescendos de efectivos resultados dramáticos. Obra compleja en varios planos
intelectuales, en la música, sí, también en la narratividad (o por la ausencia
de ella) y en su carácter intrínsecamente alegórico (no nos parece que el
desarrollo de la misma esté muy alejado de ciertos títulos protobarrocos), La
conquista de México es una partitura
apreciable (muy hábil en el manejo del continuo ostinato rítmico y de los
pedales, que funcionan a modo de motor de tensiones), lastrada por cierto
eclecticismo, hasta indefinición muy propia de Rihm y no imprescindible (lo que
hace la oportunidad de su presentación aún más valerosa en un teatro ajeno hasta
hace bien poco al presente lírico).
Donde más nos interesa la obra es justamente en el recurso
del compositor a un texto de Antonin Artaud que se nos ofrece entreverado por
versos de Octavio Paz. Uno de los rasgos más afortunados de la vanguardia
musical fue el conseguir desterrar de la ópera/teatro musical cualquier afán argumental,
evidenciando por lo demás que el ‘debe’ del género ha sido exactamente ese: la
generalizada pobreza de los vodeviles que compositores de todos los siglos han
desplegado en el escenario (excepción hecha de las primeras tentativas de Cavalieri
y Monteverdi). La pobreza dramatúrgica llegó al paroxismo en pleno siglo XX con
Puccini, y sólo Alban Berg fue capaz de dar verdaderas lecciones de teatro –en sentido
literario- en sus dos obras maestras: Wozzeck y Lulú. Luego vendría la fantasía
operística, la reinvención de la cantata, el oratorio teatralizado, en fin,
propuestas soberbias en lo textual que van desde el Moses de Schoenberg a
ATLAS. Inseln von Utopie de José María Sánchez-Verdú, composiciones que se
desligan de la infausta tradición cuasicinematográfica de tener que contar
algo, para proponer ideas, pensamientos, reflexiones; para hacer de la ópera un
auténtico objeto artístico y de reflexión, antes que un divertimento con
planteamiento, nudo y desenlace.
De esta virtud participa el título de Rihm que comentamos,
merced a un bellísimo original literario de Artaud, de una dimensión poética
exquisita, que en su estilización ha de sacrificar cualquier reflexión sobre el
genocidio español en América. La obra bascula en torno a una cuestión de
géneros (masculino, femenino y neutro, como se repite casi a modo de mantra a
lo largo de la obra), planteamiento filosófico que permite a Rihm multiplicar
voces y expandir espacialmente la orquesta, también gracias a la presencia de
un coro grabado cuyas posibilidades de manipulación electrónica son muy
modestamente utilizadas por el compositor.
Como siempre ante una empresa mimada por Mortier, y pese a
lo que digan sus más reaccionarios enemigos, el aspecto artístico ha sido
cuidado con un celo exquisito. En lo vocal (y circunscribiéndonos a la función
a la que pudimos asistir, del domingo 13 de octubre), tanto Nadja Michael –asombrosa
como Montezuma- como las sopranos Caroline Stein y Katarina Bradic, encargadas
de expandir la vocalidad de la primera en otras tesituras, brindaron una
interpretación de enorme compromiso. Georg Nigl fue un Cortez un tanto excesivo
en lo teatral pero de enorme cavernosidad en el canto, secundado por dos recitadores
cuyas onomatopéyicas intervenciones, cercanas al Ligeti de Aventures, ayudaron a
rarificar el espacio sonoro. Resulta incomprensible que el Teatro Real haya
olvidado una vez más al maestro español, residente en Berlín, Arturo Tamayo,
quien ha defendido en numerosas ocasiones la obra de Rihm. Alejo Pérez concertó
con gran competencia y pese a no ser este su repertorio de referencia, se
mostró muy atento a las fuerzas instrumentales repartidas por el Real, pero descuidó
las dinámicas y casi enmudeció a la orquesta en los instantes más sutiles, acaso preocupado en
exceso por no tapar voces.
“No estamos ante una ópera de corte psicológico, sino de
sonidos relacionados con episodios de la historia de la conquista de México”,
dirá el algo sobrestimado director de escena, Pierre Audi. Ayudado por el
escenógrafo Alexander Polzin, ambos plantearon una visión en exceso colorista,
contagiada por cierto hieratismo wilsoniano muy apropiado, pero sin que la realización
global, por más que apreciable, llegara a entusiasmar. La misma contención
expresiva que destila la música imantó la teatralización, que podía haber
marcado distancias con una mayor explicitud del tono primitivista y sanguinario
que como una columna vertebral recorre acechante la obra. Todo queda aquí en el
terreno de la ensoñación, con destellos certeros, como esa suerte de árbol de
arterias o el lumínicamente intimista dúo final, clausurado con ese verso de
Paz –“inacabable amor manando muerte”- que resonará en nuestras consciencias
una vez bajado el telón.
4 jul 2013
Karlheinz Stockhausen, 'SAMSTAG aus LICHT'. BR Musica Viva München (26/29-06-2013)
![]() |
| Ulrich Löffler. |
Anunciada
como una versión ‘cuasi concertante’, SAMSTAG se
ha ofrecido de manera dividida, en varias jornadas, lo que sin duda
ha restado intensidad a la posibilidad que supone experimentar una
creación como esta en una única sesión. Las dos primeras escenas
que reseñaremos corresponden a las interpretadas en la tarde del 26
de junio en el Muffathalle,
una sala volcada principalmente en la programación de música
popular pero que resultó ejemplar para la acogida de las dos
modestas aun solventes presentaciones semiescénicas de Luzifers
Traum y Kathinkas
Gesang (als Luzifer Requiem).
El pianista del Ensemble
musikFabrik Ulrich
Löffler sustituía al anunciado teclista Benjamin Köbler, del mismo
conjunto. Su ejecución no dudaremos en calificarla de referencial
por cuanto que supo resaltar todo el arsenal motívico agazapado
entre el torrencial acúmulo de clusters,
manipulaciones del arpa del piano, insistentes y dramáticos
recitados numéricos, susurros, sonidos de campanas y dinámicas
extremas que plantea la partitura. Serpentearon los anuncios de las
fórmulas que describen a Michael, Eve y Luzifer, protagonistas
de LICHT,
sin temor a mostrar una visión casi hedonista de una partitura
francamente hermosa, menor si se quiere en comparación al resto de
escenas de la ópera, pero con un encantador aire naïf que
corre el peligro de ser enterrado por las técnicas instrumentales
más avantgarde que
se ponen en juego. No estuvo a la altura esperada el bajo Michael
Leibundgut, muy afín al universo Stockhausen (y presente en las
representaciones de SONNTAG y MITTWOCH),
que al menos en su primera interpretación acusó problemas de
afinación. No juzgamos tampoco suficiente su amplificación –culpa
acaso del técnico de sonido, Florian Zwissler-, muy modesta como
para imponerse como auténtico príncipe de las Tinieblas y desde
luego bastante pálida al lado de la registrada en la grabación de
la ópera (editada por StockhausenVerlag)
a cargo del bajo Matthias Hölle.
![]() |
| Michael Leibundgut. |
![]() |
| Kathinka Pasveer. |
contexto de una música que no ceja de sorprendernos por su inmediato calado emocional en el oyente. Alrededor de ella seis percusionistas del Ensemble musikFabrik representaron otras tantas tentaciones que atan al ser a la tierra mediante los seis sentidos (siendo el sexto para el autor de Mixtur el pensamiento). Los músicos, todos ellos revestidos con los ‘instrumentos mágicos’ diseñados por el propio Stockhausen (y traídos desde la Fundación del compositor en Kürten), crearon un clima de transgresora ensoñación, pesadillesco, con insertos tímbricos de abierto humor, también con perceptibles ribetes de música oriental, de la que tanto bebió el creador alemán y que tan originalmente supo incardinar en su imaginario sonoro. La espacialidad que permitía la sala, aquí sí bien utilizada, apoyó una sensación de estar asistiendo a una suerte de ritual místico, de una intensa y reconocible espiritualidad.
![]() |
| Marco Blaauw. |
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| Helen Bledsoe. |
A las diez de la noche comenzaba en la Kirche St. Michael la cuarta y última escena, Luzifers abschied, cumpliéndose así el deseo del autor de que la conclusión de SAMSTAG se produjera en una iglesia cercana al teatro donde la ópera se haya venido desarrollando. En este caso además se produjo la particularidad que, a los escasos diez minutos que la separaban de la Herkulessaal, el templo de San Miguel de Múnich luce sobre su altar un imponente fresco que muestra al Arcángel Miguel luchando por la Fe y matando al Diablo, presentado en forma de dragón, lo que hacía del recinto un espacio idóneo para el desarrollo de un acto en el que damos la despedida a Lucifer. Escrita para coro masculino, órgano y siete trombones, la obra, redactada con ocasión del octavo centenario de San Francisco de Asís, toma su Himno a las Virtudes como texto central, siendo dividido en trece partes que se corresponden a su vez con el último segmento de la triple fórmula de la ópera.
El
director de orquesta Rupert Huber, al que no vimos durante toda la
'semiescenificación al estar oculto tras un biombo blanco, fue el
encargado de preparar a la sección masculina del Chor
des Bayerischen Rundfunks
con el concurso de Peter Kofler en
el órgano y un conjunto de jóvenes trombonistas del Conservatorio
Superior de la ciudad que, además de su prestancia en este capítulo
conclusivo, también brindaron una imponente a la par que serena
obertura, Luzifer-Gruss, como preámbulo al acto final. Obra
trágica, escalofriante en su oscuro sonar y cargada de simbolismo,
Luzifer-Abschied pareció representar un masivo exorcismo con los
miembros del coro cantando de espaldas al público repartidos por toda
la nave central del templo y corriendo después calzados con zuecos
que producían un intenso efecto percutivo de enorme resonancia que
era acompañado además con otros pequeños instrumentos (campanas,
carracas, pequeños artefactos de madera...) ejecutados por los
propios cantantes, ataviados todos ellos con los hábitos
franciscanos. Con algunos demoledores crescendos -con el apoyo del
órgano de la Iglesia y de los trombones-, la música, de un
cromatismo tan exacerbado que alcanzaba auténticas cotas de delirio,
extasió al público que abarrotaba el templo y que asistió entre el
pasmo y la excitación a un momento único, a una encrespada lucha
entre el bien y el mal. El final de la ópera, ya en el exterior de
la iglesia, supuso la afirmación de las virtudes franciscanas y la
consiguiente victoria del bien rubricada con la liberación del
hermano pájaro, en este caso un cuervo, bellísimo animal muy
habitual en estas tierras. Cabría hace notar en este punto que los
responsables de cualquier escenificación operística, como
espectáculo completo que es, deberían hacer valer las infinitas capacidades simbólicas del género recurriendo a soluciones igual de plausibles y que no significasen el absurdo recurso de utilizar un ser vivo atemorizado. SAMSTAG concluyó con una ceremonia, tomada por Stockhausen de las tradiciones de Sri Lanka, consistente en la ruptura por parte de los monjes/cantantes de cocos, proceso en el que se exteriorizan deseos, expresados en voz alta, todo ello acompañado por el repique de campanas, que sorprendió a numerosos transeúntes ajenos a la representación, y en esta ocasión, siendo punteado este instante de masivas emociones por una finísima lluvia que volvió a hacer acto de presencia en una jornada inusitadamente fría para tratarse del penúltimo día de junio. En el aire una pregunta cargada de anhelante expectación, ¿cuánto tiempo tendremos que esperar para asistir en algún lugar del mundo a la interpretación de alguno de los otros capítulos restantes de esta arrebatadora heptalogía operística?
* Todas las fotos contenidas en el texto, propiedad de la emisora BR, pueden contemplarse en el siguiente link, junto a una amplia galería gráfica del evento.
19 jun 2013
Alban Berg, 'Wozzeck'. Teatro Real (10-06-2013)
Afirmar, como ha podido leerse en
determinadas reseñas, que Wozzeck es una obra ya muy vista en Madrid
porque se ofreciera en 2007, no puede obedecer sino al avieso y
enésimo intento de la facción conservadora del público del Teatro Real de
desacreditar este nuevo acierto programativo de su actual responsable
artístico, Gerard Mortier. Máxime cuando además, aquella notable
producción, firmada por Calixto Bieito, está en las antípodas de
la ofrecida ahora por Christoph Marthaler, una realización
incomprendida por quienes defienden que los libretos operísticos son meras sumas matemáticas que ejecutar al pie de la letra.
Sin embargo, digámoslo de antemano, lo
realmente sobresaliente de estas nuevas funciones de la obra maestra
de Alban Berg ha sido su ejecución puramente musical. Apreciamos
siempre el buen hacer de Sylvain Cambreling -tanto en repertorio del
siglo XX como en títulos decimonónicos- pero no sería exagerado
claudicar en que este ha sido, hasta la fecha, su mayor logro en el
coliseo madrileño. Presagiábamos una versión morosa, analítica sí,
pero de escasa virulencia, y encontramos una interpretación
eficazmente paladeada, con una primorosa atención hacia cada una de
las familias instrumentales (bravos encendidos para la orquesta),
crispada la mayor parte del tiempo, pero también sagazmente
dramática cuando el clima lo demandaba. Una suerte de híbrido
entre el expresionismo más acerado y una visión tardorromanticista
de la partitura. Alejado tanto de la ampulosidad de un Daniel
Barenboim como del, en todo caso preferible, modernismo afilado de un
Pierre Boulez. Cambreling ha cincelado Wozzeck a su propia imagen,
como ya nos había demostrado en el recomendable DVD que firmara a
medias con Peter Mussbach en la parte escénica, y cuyos
planteamientos estéticos al respecto de la obra se han reafirmado en
las representaciones de Madrid. Ahora bien, realizado el elogio, sí
que cabría exigirle a Mortier una mayor apertura a la hora de
contratar directores musicales para el repertorio más comprometido
que propone -y que representa, por otra parte, su particular y
necesaria cruzada española-. Se nos ocurren cuatro: Arturo Tamayo,
Peter Eötvös, Susanna Mälkki y Peter Rundel, fabulosos maestros
inéditos en este foso.
El apartado vocal ha concitado
adhesiones menos inquebrantables que las suscitadas por la lectura
musical de Cambreling. Simon Keenlyside, modélico barítono lírico,
sufrió la inclemente escritura de Berg y no salió del todo ileso
del envite. Sucede que Mortier, además de cantantes, procura
contratar a solventes actores, y lo uno por lo otro, su recreación
del desdichado personaje nos conmovió en todos los niveles. Padeció
problemas de proyección pero posee una zona media en la que se mueve
con soltura. Nadja Michael debe ser -por su habitual presencia en el
Real- muy del gusto del intendente, lo cierto es que tiene en su haber
unos agudos inhabituales, de gran penetración y densidad armónica,
aunque algo descontrolados, sin llegar a decir que grita. Es además una gran
actriz curtida en el teatro de regie -¡esa gran aportación al
universo lírico que nunca cejaremos de reivindicar!- y su Marie,
chulesca y nada piadosa, lasciva sin caer en lo caricaturesco,
resultó digna de aplauso. Jon Villars, como el Tambor mayor, fue
uno de los más beneficiados por la realización de Marthaler, muy
bieitoniana en lo tocante a este personaje, caracterizado como un
macarra barrigón con ropa de mercardillo. Fue algo gritón, pero su
timbre, no sabemos si pretendidamente afeado, casó con el contexto.
Mucho se le critica a Franz Hawlata (el Doctor) su escasa prestancia,
y es cierto que anda alicorto de graves, pero su particular timbre de
voz conviene a según qué caracteres, y este es uno de ellos.
Cumplieron Gerhard Siegel, tenor con poderoso instrumento, y Roger
Padullés, de contundentes, pétreos agudos. Bien el Coro del Teatro
Real, ajustados los Pequeños Cantores de la JORCAM y mal el
niño/hijo de Marie que, al menos en la función del pasado 10 de
junio, le tembló desmedidamente la voz en su conclusivo y
escuetísimo aporte.
Repasando buena parte de lo publicado
en los medios y en foros al respecto de la producción uno no puede
por menos que llegar a la conclusión de que pocos o muy pocos se han
parado a leer las explicaciones que Christoph Marthaler ofrece para
ayudar a contextualizar su Wozzeck. Su argumentario nos parece
convincente, como también su ulterior ejecución escénica, aunque,
ciertamente, no nos mueva al entusiasmo. Ese enfermizo barracón de
juegos infantiles donde los padres abandonan a sus hijos en unas
depauperadas y pobrísimas atracciones es, de antemano, un buen espacio en el que
revivir Wozzeck. Su decisión conlleva un fiero estatismo y exige una
elevada dosis de imaginación, aunque a estas alturas, nadie debería
necesitar ninguna luna roja en el firmamento ni contemplar la sangre brotando del
cuello de Marie para estremecerse con lo que se nos cuenta aquí. El
director suizo presenta sorprendentemente al soldado como un enfermo terminal hecho andrajos vitales desde su primera aparición y demostró haber realizado un destacado trabajo
dramático conjuntamente con su colaboradora Malte Ubenauf. Un
acierto resultó la presencia constante de los niños, siempre en
segundo plano, corriendo de un lado a otro, como un hálito de
espectral inocencia en la trastienda de este miserable lugar; el
final, con la escolanía mirando fijamente al público bajo una
mortecina luz de sótano de hospital alcanzó lo estremecedor. Quedan
también en la retina medidos asaltos a la platea, como la
acertadamente cruda y nada íntima escena de sexo entre Marie y el
Tambor Mayor y la muerte en total oscuridad de Wozzeck.
6 feb 2013
Philip Glass, 'The perfect american'. Teatro Real (03-02-2013)
No
parece que la celebrada y necesaria (por lo que tiene de oxigenante)
cruzada que Gerard Mortier está llevando a cabo desde el despacho de
la dirección artística del Teatro Real vaya a ir de la mano de un
puñado de óperas nuevas comprometidas con su tiempo, militantemente
exploratorias y retadoras al futuro. Con la salvedad de las
históricas funciones [lea aquí la reseña] de San Francisco de Asís de Messiaen (por otra
parte, un tótem ya de la música del siglo XX), ni Ainadamar de
Olvaldo Golijov ni la venidera Il Postino de Daniel Catan ofrecieron
u ofrecerán interés alguno en ninguno de los sentidos expuestos.
Podremos
matizar esta opinión en función de la propuesta operística que
prepara la compositora Elena Mendoza y de esa Conquista de México,
de Wolfgang Rihm, de la que, una vez descolgada por cuestiones
presupuestarias La Fura dels Baus, nada sabemos sobre su posible
materialización como reverso contemporáneo de la barroca Moctezuma
de Graun ofrecida en el Real en la temporada 2010/2011.
Mucho
se la ha criticado en estas últimas semanas al norteamericano Philip Glass (Baltimore, 1937) ser preso de sus propios estilemas. Y, ciertamente,
hubiera sido musicalmente mucho más enriquecedor haber podido volver
a contemplar después de dos décadas su insuperada obra maestra
lírica Einstein on the beach o la no menos soberbia Satyagraha en la
producción firmada en 2008 por Phelim McDermott para el MET de Nueva
York.
Sin
embargo, Mortier sabe que nada sitúa más en el punto de mira
mediático a un teatro que un estreno absoluto, más si este llega
firmado por el compositor contemporáneo más programado de su
tiempo, el ínclito Glass, firmante de un puñado de obras geniales
(la ya citada Einstein, también Akhnaten y O corvo branco
-presentada en el Real-, Music with changing parts, Music in
twelve, Koyaanisqatsi…) y de otras plúmbeas y detestables (The
light, Concierto para violín nº2 ‘The four seasons’, Uakti…),
pero casi siempre correcto en la inmensa mayoría de un catálogo
prolijo a menudo minusvalorado globalmente con evidente
desconocimiento.
The
perfect american no es mejor que su inmediata precedente Kepler, pero
sí resulta superior a otras recientes incursiones líricas del
norteamericano como Waiting for the barbarians o In the penal colony. La
fórmula musical de Glass -ese minimalismo dulcificado que tan buenos
resultados le da- se repite una vez más y muchos de los pasajes bien
podrían ser intercambiables entre cualquiera de sus últimas
creaciones. Hay aquí como novedad un interesante empleo de la
percusión -sólo apreciable de manera similar en la Sinfonía nº7 'Toltec'-
y un profuso empleo de las zonas graves de los instrumentos. La ópera
no abandona en sus 95 minutos un tono de severidad que sorprende si
pensamos apriorísticamente en la asociación mental Glass/Disney, por más que el acercamiento
al genial dibujante se haga en tono crítico. Y es en esa sobriedad
armónica donde se halla uno de los puntos que hacen este título
atractivo.
Ya nadie espera a un Glass fiel a los preceptos de sus
primeros títulos líricos, el repetitivismo rítmico ha dado paso a
una reiteración monótona que, con todo, resulta poderosamente atrayente por el carácter moroso e hipnótico, como en bucle, de
toda la composición. Fallan las transiciones entre unas escenas y
otras, muy mal resueltas musicalmente, silenciando la orquesta y
perjudicando el sentido de continuidad tan absolutamente necesario en
una obra adscrita a una estética minimal -mal que le pese a Glass,
seguiremos usando el término para referirnos a su creación-.
Tampoco se comprende por qué el músico desaprovecha los abundantes
momentos en los que, ausente el canto, la partitura no consigue
imponerse a esa media voz que la domina.
En
el foso, la Orquesta Sinfónica de Madrid estuvo dirigida por el
máximo especialista en Glass -recientemente sabemos también que, en
Haydn- Dennis Russell Davies, quien no sabemos si adoctrinado por el
compositor o a causa de una discutible decisión propia, se preocupó
de concertar tanto que dejó a las voces en múltiples momentos muy
por encima de la propia música. Con todo, y ya en la antepenúltima
función a la que pudimos asistir, el rendimiento de la formación
resultó competente, probablemente superior al de las primeras
representaciones. El Coro Intermezzo se reservó en el primer y
segundo acto algunos de los momentos más brillantes de toda la
ópera. Cantaron bien unas partituras, contagiadas de buen musical,
que refrendan a Glass como a un gran autor de páginas corales. En este
sentido podemos recomendar su reciente oratorio Passion of
Ramakrishna, que contiene algunos de los momentos más inspirados de
su corpus último.
Sensación
de trabajo en equipo fue la que transmitió el elenco vocal. La
escritura de Glass para las voces solistas se mueve entre el canto y
el recitado cantabile; no estorba, tampoco apasiona. Nada tiene que
ver con el carácter tan exploratorio como musical de las obras
vocales de Sciarrino, Sánchez-Verdú o Stockhausen, tampoco incurre
-felizmente- en el recurso del canto arioso, decimonónico que
practican aún hoy compositores regresivos como Penderecki o
Rautavaara. Christopher Purves fue un excelente Walt Disney durante
una función en la que apenas se le concede respiro. Excelente Donald
Kaasch como Dantine, David Pittsinger como Roy, Janis Kelly como Hazel George y Zachary James como
Lincoln. Muy forzado, caricaturesco, el diseño de Andy Warhol del habitualmente
solvente John Easterlin, con tirantez en la voz, como incómodo en el
personaje y en lo musical.
El
material literario, la novela homónima de The perfect american de Peter Stephan Jungk, no
puntúa alto en lo que concierne a su cohesión argumental. Y así,
la ópera evoluciona en forma de set-pieces de la mano del director
de escena Phelim McDermortt, acertado en el recurso de los
audiovisuales móviles, errado en el constante movimiento de cantantes y
actores, tendiendo a la acumulación de excesivo número de figurantes. En este sentido nada nos aportó el aporte
coreográfico del conjunto The Improbable Skills Ensemble. Muy bien
resuelta toda la evocación del pueblo natal de Disney, Marceline, e
ineficazmente narradas sus últimas horas en el hospital y el
posterior fallecimiento.
Por
su icónica temática, lo asequible de su duración, la inmediata
belleza de algunos de sus momentos corales y, en fin, por lo inocuo
del conjunto, The perfect american puede acabar imponiéndose en el
futuro como una de las óperas de Glass con más largo recorrido -a
la espera de comprobar si, como parece, los teatros de ópera
norteamericanos van a acoger la obra con los brazos abiertos-. No se
trata del mejor Glass posible, tampoco del peor. Confiemos en que
Orange Mountain Music publique pronto una edición discográfica de
la partitura para poder reevaluarla en su justa medida.
13 sept 2012
Arnold Schönberg, 'Moses und Aron'. Teatro Real (09-09-2012)
El esperado estreno en el Teatro Real
de Madrid el pasado domingo 9 de septiembre de Moses und Aron de
Arnold Schönberg rozó casi lo que pudo haber sido
una función histórica. Quedó simplemente, en una audición
soberbia en versión de concierto, lo que no es poco tratándose de esta compleja y
mayestática partitura. No se nos ocurre un mejor conjunto que la SWR Sinfonieorchester
Baden-Baden
und Freiburg para hacer sonar esta música ni, probablemente,
un mejor coro que el EuropaChor Akademie para cantarla. Tampoco
pensamos que exista un Moses de mayor valía que el de Franz Grundheber, capaz de
imponerse a la parquedad del recitado para, sin caer en una
dramatización exagerada, dotar cada palabra de sentido y fuerza. Casi podríamos decir que escucharle cantar Moses (con toda la
paradoja que encierra el emplear en este caso el término cantar)
resultó una experiencia inolvidable, imaginamos que similar a la que
los belcantistas pueden experimentar hoy día escuchando a Elina
Garanča o Cecilia Bartoli.
Moses und Aron ha llegado al Real en
medio de un fuego cruzado. El más importante, el de la plantilla de
un coliseo que acaba de vivir una tacada de despidos y donde se
contemplan más en el futuro. En segundo lugar el proveniente de los
abonados más conservadores que, desde que se anunció la temporada,
no vieron bien que esta se inaugurara con un título magistral del
siglo XX. Y en medio, el abierto por el director, Gerard Mortier, caldeando los ánimos al tildar de “locura estúpida” la intención de su predecesor en
el cargo, el hoy responsable del CNDM, Antonio Moral, de estrenar Moses
en Madrid en una valiosa coproducción del Real con la Ópera de
Viena a cargo de Reto Nickler (felizmente llevada al dvd en el sello
Arthaus Musik). Sea como fuere, y por encima del viperino aunque casi
siempre lúcido Mortier (que recibió rápida y merecida respuesta
por parte de Moral en esta carta), el mérito, le pese a unos y a otros más o menos,
es de ambos. De ambos y de anteriores directores del Real, pues sobre
la mesa llevaba largo tiempo aguardando la propuesta de estrenar de
una vez Moses und Aron. Cada uno ha esgrimido sus razones para
posponerlo y el actual mandatario del coliseo tiene las suyas
propias para haberla presentado tal y cómo lo ha hecho. Pero la intención ha estado ahí desde tiempo atrás. Y,
evidentemente, puestos a pedir, y con el máximo respeto para los
cuerpos estables del Real, la ecuación perfecta (perfecta y
costosísima) hubiera sido traer el título con los mimbres musicales
de la SWR y la escena del citado Nickler en un número mayor de funciones.
Pero Madrid ha tenido el mejor Moses
posible (pensar qué hubiera sucedido si Pierre Boulez se hubiera
puesto al frente pasaría por esbozar una posibilidad poco realista
dado el delicado estado de salud del maestro francés). Y hoy, a la
luz de los resultados interpretativos, tenemos que congratularnos de
que, en su momento, se tumbara la posibilidad de que el ególatra
Daniel Barenboim fuese el encargado de hacer suya una de las obras
maestras de Schönberg. Sylvain Cambreling realizó una
formidable demostración de capacidad concertante e impulso rítmico
aunque algo corta de mordiente. Podría achacársele cierta carencia
de continuidad dramática, pero Moses und Aron se nos ofreció en
versión de concierto, y por ello, el francés enfatizo el por otro lado
nada soterrado carácter de oratorio que serpentea por toda la
composición. Su versión quedó en algún término medio entre la
disección analítica y la deslumbrante eclosión tímbrica de
Boulez (en su segundo registro para Deutsche Grammophon) y la
profunda sensualidad esbozada por la hoy algo olvidada grabación de
Herbert Kegel. En todo caso sabemos también que Cambreling no tuvo
en cuenta ni el lacerante modernismo de Michael Gielen ni la nebulosidad
tardorromántica de Georg Solti. En esta ejecución la balanza se
escoró hacia el lado de la orquesta y se perdió en exacta
planificación lo que se ganó en tremendismo sonoro.
Cambreling tuvo ante él a su largo
tiempo compañera, la SWR Sinfonieorchester
Baden-Baden
und Freiburg, un conjunto con
una trayectoria impecable por cuyo podio han pasado maestros que han
dejado huella en la manera en la que esta formación interpreta y
difunde la música de vanguardia. La lista da vértigo: Hans
Rosbaud, Ernest Bour, Kazimierz Kord, Michael Gielen, Sylvain
Cambreling y, en estas fechas, su actual titular, el muy interesante
e inquieto François Xavier-Richter. Podríamos afirmar sin titubear
que esta es la 'orquesta de la música contemporánea', del mismo
modo que su vecina y familiar, la SWR Radio-Sinfonieorchester Stuttgart es la 'orquesta del repertorio clásico y romántico'
gracias al visionario quehacer de maestros como Neville Marriner y
Sir Roger Norrington. Retomando el Moses, si la SWR (de Baden Baden y
Friburgo) ya nos despeinó con sus ejecuciones en Madrid del Saint François d'Assise de Messiaen en 2011, esta vez volvieron a mostrar ese sonido
compacto, brillante e intenso que les caracteriza. Y lo hicieron desde el primer acorde
al último, otorgando momentos de un refinamiento tan elevado que
parecíamos no haber escuchado antes tantas y tantas cosas como
suceden en la ópera, dejando fuera de juego los óptimos registros
fonográficos de la obra. Dicha en un sólo trazo, sin descanso entre
el primer y el segundo acto, la SWR mereció una ovación por sí
sola.
El
EuropaChor Akademie, integrado por más de 100 coralistas, sacó
adelante el reto de cantar uno de los títulos más abstrusos
escritos nunca para su formación. Mostraron soltura y un notable
empaste, aunque apuntamos algunos desajustes en los momentos de mayor
compromiso polifónico. Protagonista memorable de estas dos funciones -ya lo hemos dicho-
fue el Moses de Franz Grundheber, una leyenda del canto declamado, y
hoy, pese a su veteranía, el mejor protagonista posible para este
título. El alemán ha hecho suyo al personaje y no necesita esbozar
el más mínimo gesto dramático para que cada palabra nos llegue
sacudida por un látigo de emoción. Quizás no hubiéramos
disfrutado tanto con su interpretación en una versión escénica, y
su diálogo final (Aron, was hast du getan?) supuso un clímax
perfecto. Colaboró su antagonista, el tenor Andreas Conrad con un
Aron de no especialmente bello timbre pero eficiente en el sorteo de
las múltiples dificultades impuestas por la endiablada tesitura.
Destacaremos también, por último, la imperativa rotundidad del bajo
Friedemann Röhlig y la buena competencia del resto de secundarios.
Lo hemos dicho ya, una función histórica que no debería retraer a
nadie en el futuro para retomar la programación de este título con
una versión escénica y quizás entonces, con el concurso de las
formaciones estables de un Teatro Real que, vivirá en esta
temporada, dos momentos previsiblemente importantes para las músicas avanzadas: el estreno
mundial de The perfect american de Philip Glass y las funciones
consagradas a Wozzeck de Alban Berg.
25 ago 2012
Karlheinz Stockhausen, 'MITTWOCH aus LICHT'. Estreno: Birmingham Opera Company (22-08-2012)
| Fachada de Argyle Works. Birmingham. |
MIÉRCOLES de LUZ (MITTWOCH aus LICHT / WEDNESDAY from LIGHT), ópera compuesta por
Karlheinz Stockhausen (1928-2007), entre 1995 y 1997, dividida en un
saludo, cuatro escenas y una despedida, para nueve intérpretes (con
flauta, clarinete bajo, trompeta, trombón, cuarteto de cuerdas y bajo
con receptor de onda corta), coro con conductor/cantante, conjunto
instrumental de 13 solistas, intérprete de sintetizador, dos
bailarines-mimos, música electrónica en cinta y proyección sonora.
Anteriores intentos de estrenarla al completo y en versión escénica
fracasaron en Bonn (Alemania) y Suiza. Ha sido la Ópera de Birmingham la que, el pasado 22 de agosto, al abrigo de los
presupuestos culturales de las Olimpiadas de Londres, ha logrado presentar el último capítulo de la heptalogía LICHT, que quedaba
pendiente después de que SONNTAG conociera el pasado 2011 su primera
representación escénica en la Ópera de Colonia con realización de
La Fura dels Baus (leáse en este mismo blog la reseña de aquel acontecimiento). El estreno en esta ciudad de las Midlands
Occidentales de Reino Unido obedece a una cierta lógica de
continuidad en la relación de Stockhausen con la urbe, toda vez que
en ella se han producido, en el pasado, representaciones de obras de
envergadura como Sternklang y Momente, entre otras.
Y si en la ciudad
alemana la representación del título conclusivo de LICHT adquirió
cariz de acontecimiento (con numerosa presencia los días previos en
los medios y con una ingente cantidad de cartelería
desplegada por toda la ciudad), la comunicación ha fallado en
Birmingham. Comenzando por una muy deficiente relación con los
medios [quien esto escribe publicará próximamente en la revista
Ópera Actual la reseña y no recibió confirmación de la
acreditación hasta 24 horas antes del estreno, cuando ya había
adquirido otras entradas] y continuando con una casi nula campaña de
promoción en la ciudad: ni atisbo de publicidad en lado alguno, sólo
una escueta y desinformada nota al final de la gacetilla ¡teatral! de la
revista What's On? de Birmingham, cuya portada del mes de agosto era
para el musical Dirty Dancing, otro ejemplo más del declive cultural
de una sociedad que prefiere identificarse antes con un inane
espectáculo que con una pieza mayor del genio musical del siglo XX.
Otro ejemplo de mal hacer
fue la organización del transporte. Todo un detalle por parte de la
Ópera de Birmingham el ofertar gratuitamente el traslado al público
en autobuses desde el centro de la ciudad hasta la alejada planta
química abandonada Argyle Works -donde han tenido lugar las
funciones-, pero si no se da a conocer oportunamente la posibilidad
del traslado, el público acaba por no enterarse y estos, como
resultó al menos el primer día, fueron y sobre todo vinieron prácticamente
vacíos. Por fortuna, el tirón de Stockhausen aseguró que las
cuatro funciones colgasen el cartel de 'no hay entradas' y, en
términos de público, pudo hablarse desde un primer momento de éxito
absoluto, quizás fuera esto lo que motivó una cierta desidia a la
hora de contar a la población el acontecimiento que estaba teniendo
lugar estos días de agosto.
| Camerinos abiertos al público en MITTWOCH. |
Argyle Works no era el
espacio de congresos y festivales Staatenhaus de Colonia en el que
vio la luz SONNTAG. Donde en la ciudad germana, el lugar se
desplegaba a las puertas de un gran parque de las afueras y con la
cercanía de la mayor terma pública de Europa, este destartalado
espacio industrial de Birmingham, se inserta
en un polígono empresarial y no hay nada que lo hiciera atractivo.
El llegar hasta allí tuvo algo de peregrinaje pero la certeza de
contar con un equipo musical de enorme solvencia comandado por la
máxima responsable de la Fundación Stockhausen para la Música, Kathinka Pasveer,
aseguraba en un alto porcentaje el gran nivel del que gozaría la
interpretación. Como así finalmente resultó siendo.
Tras el estreno de
SONNTAG en Colonia surgió un rumor: la posibilidad de que la ciudad
acogiera en unos pocos años otro estreno, el de MITTWOCH, confiando
la parte escénica una vez más a La Fura dels Baus, continuando así
el deseo expreso del propio Stockhausen de que la compañía catalana
montase la heptalogía completa [heptalogía que podrá seguirse
en mayo de 2013 en Munich con la interpretación, en versión
semi-escénica de SAMSTAG]. Sin embargo no ha sido así. Al menos por
el momento. Nadie niega la posibilidad de que MITTWOCH pudiera volver
a representarse próximamente, pero lo costoso del empeño y el hecho
de haberse estrenado ya restan fuerza a la posibilidad. La Ópera de
Birmingham tiene en su staff a todo un equipo músical, escénico y
técnico que ha sido el encargado de la realización de la propuesta.
El director de escena Graham Vick es su máximo responsable y ha sido
este notable nombre del teatro lírico especialmente atraído por la
danza, los movimientos de grandes cast (Otello. Birmingham Opera) y
cierta tendencia a la grandilocuencia (Aida. Festival de Bregenz) -lo
que no necesariamente tendría por qué chocar con el imaginario de
Stockhausen- el encargado de concebir visualmente un MITTWOCH que, en lo
respectivo a esta faceta, tuvo más sombras que luces.
De entrada no sabríamos
indicar quién fue el/la responsable de la majadería de aprobar el
contar en los accesos a la sala, durante toda la representación, con
dos camellos reales (un camello falso, Luzikamel, protagoniza
parcialmente la cuarta escena, Michaelion), con la única intención
de pasearlos arriba y abajo mientras que algunas personas les tomaban
fotos. Los camellos los proveyó una empresa explotadora de animales y, en este punto cabe recordar e insistir, en el
hecho de que no existe ningún argumento posible para incluir a
animales en los espectáculos -sean del cariz que sean- toda vez que,
de otra forma, se estaría alimentando la prosperidad de explotadores
cuyo negocio reside en el sometimiento forzoso de unos seres
obligados a una forma de vida que no les es propia, en entornos
ajenos a los suyos (un camión para el traslado, una ópera...) y con
el consiguiente sufrimiento y tristeza que esto les genera.
| Imagen del espacio para Mittwoch-Gruss. |
MITTWOCH
aus LICHT se abre con un saludo musical, con
el Mittwochs-Gruss (2003), compuesto a partir de la música
electrónica de Michaelion, cuarta escena de MITTWOCH. Se trata
de una vasta pieza electroacústica, a partir de una interpretación
sobre el sintetizador del español Antonio Pérez Abellán, un
referente en la interpretación de la música del alemán y uno de
sus más estrechos colaboradores. Su audición, en el contexto de una
función escénica, conlleva obviamente una menor capacidad de
concentración por parte del oyente, máxime si este se ve impelido a
oírla en una minúscula e incómoda silla plegable y si lo que el
director de escena propone es una colección de flashes luminosos por
distintos espacios que apenas resultaban visibles a ras de suelo y
cuya contemplación resultaba desconcertante. En medio de estos
haces de luz diferentes momentos protagonizados por mimos y
bailarines parecían querer explicitar el imaginario del compositor a
través de pequeñas acciones que, en la mayoría de los casos,
bordeaban el ridículo. Sólo un hallazgo por parte de Graham Vick en
esta primera estación: tras escuchar la mayestática y profunda voz
de Stockhausen diciendo, primero en alemán luego en inglés,
Mittwoch Gruss (Saludo de Miércoles), en una esquina una puerta con neones amarillos (color de la ópera) de querencia robertwilsoniana invitaba a ser traspasada para alcanzar un
segundo habitáculo en el que sucedería la primera escena.
| Un instante de Welt-Parlament. |
Welt-Parlament (1994-95)
es la pieza coral más interesante de cuantas compusiera el de
Kürten, por encima incluso de esa soberbia y más compleja masa
polifónica que resulta ser Engel-Prozessionen (de SONNTAG), también
es una de sus mayores creaciones y una pieza no del todo reivindicada
en el campo de la música coral contemporánea. El coro inglés Ex Cathedra, dirigido por Jeffrey Skidmore, realizó una matizadísima
interpretación con proyección sonora de Kathinka Pasveer. Cuenta el
conjunto con una potente sección de bajos y actuaron como solistas
destacados Ben Thapa, con enorme proyección de la voz, y la soprano
coloratura Elizabeth Drury, de amplios recursos, ambas voces insertas
en un conjunto dividido en 12 grupos que cantan por momentos en
idiomas inventados por el compositor basados en estrictas notaciones
fonéticas. Este trasunto de un parlamento político cuyo único tema es la definición del amor fue abordado con sencillez por Vick.
Con iluminación estable durante toda la obra, los coralistas se
subieron cada uno en lo alto de unas escaleras amarillas llevando sus
caras pintadas con las banderas de diferentes naciones del mundo. A
lo largo de la representación, y aprovechando momentos de alteración
en la discusión, algunos cantantes realizaban sencillas y efectivas
visualmente contorsiones de danza contemporánea.
![]() |
| Orchester-Finalisten en Birmigham. |
Con Orchester-Finalisten
(1995-96) se puso de manifiesto la incapacidad de Vick para encontrar
el punto exacto entre la ingenuidad y la ciencia ficción, entre lo
abiertamente simpático y el poderoso mensaje de confraternidad y
unión de los pueblos que destila MITTWOCH aus LICHT. Su
escenificación de esta segunda escena cayó en la charlotada, en el
humor de trazo grueso y, como mínimo, en lo mal hecho. La idea,
plasmada por el propio autor, de que los músicos que 'opositan' con
sus solos a una orquesta celestial volasen sobre el público estuvo
suficientemente realizada al situar a estos -todos ellos, miembros de
la Birmingham Opera Company- en unas pequeñas plataformas elevadas
sobre una audiencia que contemplaba la acción acostada en
colchonetas. Más dudas pueden vertirse sobre la saturación de
estímulos visuales (nada estimulantes) de la pieza. Es cierto que de todas las óperas
del ciclo quizás sea esta la menos estructurada en términos de
continuidad dramática, pero esto no debería significa tabula rasa
para ahogar la música con acciones banales. Y contemplar a un
trombonista chapoteando en una piscina infantil sobre una plataforma
que pasa sobre las cabezas de algunos espectadores o tener que
erguirse para ver como un nutrido grupo de baile desarrolla una
coreografía -verbigracia de Ron Howell- a base de simples ejercicios de calentamiento no parece lo más adecuado.
![]() |
| Orchester-Finalisten. |
Hubo sí,
estampas más logradas, como la de los señaladores de pistas de
aterrizaje con sus lámparas de intenso amarillo, unos señores
ataviados de decimonónicas maneras destilando humo de sus chisteras
y una momia percusionista tocando un pequeño gong detrás de un descarriado
violonchelista (imagen esta última soñada por el propio
Stockhausen). Pero lo auténticamente grande de esta hora de música
fue la espacialización lograda por Kathinka Pasveer de tal modo que
cinta e instrumentos alcanzasen un punto de cohesión exacto,
llegando hasta nosotros un arrebatador collage con aroma de otras
culturas. Fue, en cualquier caso, una versión de mayor intensidad
que la que en 2010 quien esto firma pudo atender en Amsterdam (reseña aquí). En
aquella ocasión los instrumentistas con sus solos ahogaron una
composición electrónica usada más como colchón que como auténtico
diálogo.
![]() |
| Jennymay Logan (Elysian Quartet). |
La escena más famosa de
MITTWOCH y, desde luego de toda la obra de Stockhausen, es el célebre
y polémico Helikopter-Streichquartett (1992-93). El aire es el
elemento básico de esta creación ¿lírica? y así como en
Orchester-Finalisten los músicos 'deben volar', aquí ha de hacerlo
un cuarteto de cuerdas cuyos instrumentos han de fusionarse con la
voz de los propios músicos y las hélices de cuatro helicópteros.
No negaremos que, en un primer momento, hubiéramos preferido que el
Cuarteto Arditti -quienes estrenaron y estudiaron la partitura con el
compositor- fuera el encargado de esta nueva ejecución en
Birmingham. Quizás lo ajustado del presupuesto, seguramente las
vacaciones del veterano y constante Irvine Arditti y los suyos,
hicieron que la empresa recayera en el joven e incipiente Elysian Quartet, una formación inglesa que apenas sí ha dado sus primeros
pasos discográficos y cuyos derroteros parecen sugerir una fuerte
conexión con cierta contemporaneidad más neo que indagativa y
progresista. No es el caso de esta obra, lógicamente.
| Debate posterior al Helikopter-Streichquartett. |
No entraremos
en vacuos paralelismos con los Ardittis -de quien conocemos su
formidable grabación en el sello Stockhausen-Verlag y el dvd que
dirigiera Frank Schaffer- y diremos de antemano que no comprendemos
la razón de que algunos críticos británicos hayan puntuado a la
baja su interpretación (en contra de los sospechosos parabienes que ha recibido la escenografía). El entusiasmo con el que acogieron el
encargo se hizo visible en su propio perfil en la red social Facebook
y las largas semanas de ensayo que han vivido bajo la supervisión de
Kathinka Pasveer acabó dando lugar a una vívida interpretación
quizás no tan agria como esperábamos, pero plenamente vibrante. El
uso extensivo del trémolo que aplica Stockhausen en la obra puesto
en correlación sonora con el movimiento rotativo de las aspas de los
helicópteros conforman un ascenso y descenso emocional a una música
cuya audición en vivo, con la carga de espectacularidad que conlleva
y con el aire de show de todo el conjunto, supone una experiencia
única. El rapero y presentador DJ Nihal, actuó como moderador en la presentación
de la partitura y en el debate posterior, y su intervención, sin
resultar protagónica, pareció estar a la altura sin mayores
pretensiones.
![]() |
| Michaelion. |
Para los amantes de la
obra de Stockhausen uno de los momentos más aguardados era el (casi)
descubrimiento de Michaelion (1997), cuarta escena de la ópera y la
que más efectivos concita, pieza que, gracias a estas funciones,
conocerá en los próximos meses la aguardada edición discográfica
que permitirá disponer al fin de todo MITTWOCH en soberbios
registros fonográficos. Estamos ante el Stockhausen más
humorístico, abiertamente naïve. Suceden muchas cosas en
este oratorio de 60 minutos inserto en la ópera: Michaelion es un
cuartel galáctico en el que viven distintos delegados de planetas de
todo el universo que esperan la llegada de Michael, encarnado primero
en Lucicamel, un camello que acabará borracho y que antes habrá de
defecar siete planetas (…). Representar semejante punto de partida,
admitámoslo, es un reto difícil para cualquier director de escena.
Y Graham Vick lo resolvió de manera desigual. No tuvo ningún
sentido desaprovechar gran parte del espacio de una de las naves de
Argyle Works y acabar resumiendo toda la acción en una zona, casi
de manera idéntica a lo que habría sucedido en un teatro a la
italiana. El vestuario -ropas negras con manchas de pintura amarilla-
resultó apreciable, pero el elenco coral se movió con cierta
torpeza, obligados por la coreografía, a pesar de que hicieron un buen trabajo. Y a partir de la elevación de Michael, como operador de
toda la galaxia, la escena cayó en un cierto
estatismo.
| Kathinka Pasveer. |
Por fortuna, siempre la música del maestro alemán volvió
a concentrarnos ante unos pentagramas que suponen una singularísima
mixtura entre el Stockhausen más fiero de la primera vanguardia (en
lo agresivo de la cinta y del tejido vocal) y el postrero que mira a
SONNTAG y al ulterior ciclo Klang (apreciable en la escucha del
Bassetsu-Trio de la sección final de Michaelion). En cuanto a la
ejecución, esta contó con mimbres de la máxima cualificación, lo
que hace que soñemos ya con la posibilidad de volver a oír la
composición con la máxima atención en escucha
aislada. El coro London Voices otorgó una profundidad espacial a la
música con sus cavernosas ejecuciones, Michael Leibundgut fue un
operador-Michael de imperativa proyección en las alturas y
acompañado por la distorsión de un receptor de onda corta y Antonio
Pérez Abellán [léase aquí una jugosa entrevista con él firmada por Paco Yáñez en Mundoclasico.com] en el sintetizador realizó aportaciones clave a esta
riquísima partitura del Stockhausen final. De justicia será citar
también al trompetista Marco Blaauw (trompeta), especialista en
múltiples aventuras relacionadas con el creador alemán.
| Mittwoch-Abschied. |
Nunca una directora
musical se ha impuesto tanto con tan escueta y sencilla presencia.
Como en Michaelion, en la despedida, Mittwochs-Abschied (1996),
Kathinka Pasveer fue la encargada de las óptimas condiciones en las
que llegó la música. El adiós lo conforma una elaborada pieza de
música concreta y electroacústica que ya habíamos escuchado, en
segundo plano, en Orchester-Finalisten, y que aquí se expande
mostrándose casi como una obra nueva. Ritmos, melodías y
sonoridades emanadas del universo que protagonizan los tres
personajes centrales de LICHT, Eva, Michael y Lucifer, este punto y
final supone una íntima recogida, una propuesta de viaje personal
que deberá hacer cada cual en la medida en la que sepa insertarse en
medio de esta cosmogonía antes de regresar al horror que habita en
el mundo terrenal. Lamentablemente la ópera se dio por concluida bastantes minutos antes de que la
pieza acabara. Antes, y con aire de función colegial, Graham Vick puso a algunos
miembros del elenco a pasearse entre el público con carteles que
recogían términos relacionados con MITTWOCH (caridad, humanidad,
comprensión espiritual, visión...).
![]() |
| Graham Vick y Kathinka Pasveer. |
Mientras la música continuaba
sonando, en otra sala tenían lugar los aplausos, como eran de
preveer, rotundos. La posibilidad de haber atendido en
vivo esta creación maestra con gran excelencia en lo musical se
impone necesariamente a la poco afortunada realización escénica. Al
final, en cuatro pantallas inmensas, las mismas que un par de horas
antes habían albergado las imágenes en directo del
Helikopter-Streichquartett, apareció Karlheinz Stockhausen, con su
perenne mirada de asombro y curiosidad, como interpelando a la
audiencia. Quizás algo al menos de lo que él soñó en LICHT es realidad en su nuevo mundo.
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