18 sept. 2009

Philip Glass, 'Koyaanisqatsi'


















Philip Glass
1-13.- Koyaanisqatsi (1982). Complete original soundtrack version 76'
The Western Wind Vocal Ensemble. Philip Glass Ensemble
Orange Mountain Music (OMM 058)

Hay músicas que desde los primeros acordes predisponen positivamente al oyente. Este fenómeno, bastante inusual en la música no comercial, que maneja otro tipo de reglas, tiene lugar a menudo cuando nos exponemos a determinadas obras de Philip Glass (Baltimore, EEUU, 1937). No pasa la modernidad por reivindicar en el siglo XXI la música de este padre del minimalismo. Y, por más que no pueda esconder mi aprecio y puntual entusiasmo por buena parte de su catálogo, el propio Glass se ha encargado premeditadamente, en aras de una redonda operación económica, de volatilizar su podio como referente de la música de vanguardia. Piezas recientes como la endeble ópera infantil The juniper tree (escrita en 1985 pero rescatada hace unos meses), la pretenciosa y arcaizante Songs and poems for solo cello (2007) o el tedioso e insultante cóctel pergeñado al alimón con Leonard Cohen, Book of Longing (2006) conducen a Glass a una deriva que puede generarle graves críticas rentabilizables a través del buen márketing con el que cuela en el mercado una obra digerida, masticada y del gusto de todos.

No sería justo achacar a Glass -a quien insisto, sigo teniendo en estima- una exclusiva relajación de los postulados originarios de la música repetitiva. Aunque de modo más tamizado, el otro pope del movimiento, Steve Reich, también viene ofreciendo desde hace años músicas de dudoso interés (Double sextet, Daniel variations...). Así las cosas, el minimalismo queda en manos de compositores, de muy escaso calado público, pero fieles a una forma de composición exacta: pongamos por ejemplo al norteamericano radicado en París, Tom Johnson, desde la matemática, o al holandés Simeon Ten Holt, éste abrazando sin complejos la melodía en obras de mastodóntica duración, conforman junto con el más severo Louis Andriessen, un triunvirato de referencia en el campo del minimal sonoro. Quedarían fuera otros ilustres miembros como Phill Niblock y Charlemagne Palestine, cuya adscripción al experimentalismo los resitúan en otra orilla desde donde disparan unas interesantes creaciones abrazadas por los fieles oyentes de los sótanos de la nueva música.

Atrás quedaron partituras mayúsculas como Music with changing parts, Music in twelve o la fascinante ópera Einstein on the beach, piezas de extremado repetitivismo jamás superadas por ningún otro cultivador del género. Sólo Reich, con Drumming, Music for 18 musicians y Differents trains, puede medirse (casi) a igual con el otrora genio de Baltimore. El sello Orange Mountain Music, impulsado por el propio Glass y fiel sirviente de todo lo que cuece en su actual estudio de Manhattan, tiene entre sus novedades una impecable grabación del Glass cinematográfico, Koyaanisqatsi. Anunciada como primera edición completa de la partitura original, el disco alberga fragmentos no incluidos en ninguna de las dos anteriores (y ahora prescindibles) publicaciones con el score y añade incluso efectos sonoros del filme. Si el primer disco, lanzado en 1983, contenía unos exiguos 46 minutos de música, la grabación que el propio Glass realizó en 1998 para Nonesuch Records se alargaba hasta los 73. Muy poco añade en minutaje (apenas tres minutos) esta que ahora se presenta pero, a cambio, ofrece un sonido mucho más nítido, más pausado y convincente. En el lado negativo, la pésima presentación, habitual en el sello del músico, con escasas notas explicativas y donde ni siquiera se indican los datos técnicos de la sesión de grabación (fecha incluida.

Koyaanisqatsi, filmada en 1982 por Godfrey Reggio (desde entonces estrecho colaborador de Glass) y producida por Francis Ford Coppola, supone la primera parte de lo que iba a convertirse en una trilogía musicada por el oscarizado compositor de El show de Truman. Siguieron Powwaqatsi (1988) y Nayoyqatsi (2002). La cinta que nos ocupa es un documental sin palabras que refleja la colisión entre dos mundos obligados a convivir: por un lado la vida de los hombres en la sociedad moderna, la vida urbana y occidental, rebosante de tecnología, ciencia y consumo. De otro, la naturaleza y el medio ambiente del planeta Tierra. El filme, que se presentó ante 5.000 personas el 4 de octubre de 1982 en el Radio City Hall de Nueva York se convirtió desde su puesta de largo en una obra de culto, algo a lo que ayudó de manera definitiva la contundente banda sonora de Glass, cuyos primeros acordes, con una voz masculina y cavernosa que repite silábicamente el título Koyaanisqatsi (en lengua de los indios Hopi: "vida en agitación") quedan inmediatamente grabados en la memoria.

Desiertos infinitos, naturaleza salvaje y cielos inabarcables se ponen en directo antagonismo con imponentes rascacielos, aviones bombarderos y centrales nucleares. El montaje, alucinado en su agotadora acumulación de imágenes, se realizó siguiendo al pie de la letra el pentagrama de Glass, dando el conjunto una idea de inmediato apocalipsis, un temprano alegato en pos de una vida salvaje cada vez más controlada por el látigo de una sociedad alienada (que de ello también dan buena cuenta las tomas de Reggio) que desprecia con insistencia todo aquello que se escapa al operativo destructor programado desde que el hombre conquistó el planeta y creyó, criminalmente, que la Madre Gaia y los otros animales no humanos que formaban parte de ella (compañeros de viaje) serían de su propiedad.

Si antes hemos reivindicado la parte del catálogo glassiano más ligado al repetitivismo conceptual, conviene puntualizar que Koyaanisqatsi (primer soundtrack que firmara el compositor), con pasajes de un estilizado y arrebatador lirismo minimalista, está ya algo lejos de las primeras y transgresoras piezas de quien fuera primero vendedor de electrodomésticos y luego taxista neoyorkino antes de convertirse en el mascarón de proa (por impacto público) de la música contemporánea a nivel mundial.

Hay a lo largo de este vibrante e inagotable score (que demanda sucesivas escuchas) formas musicales que luego irán conquistando otras partituras. Ecos anticipatorios de Glassworks (en el tema The Grid), también de su Sinfonía nº6 "Plutonium ode" (en Resource y Prophecies) pero, ante todo, anima esta música una visceralidad tal que su escucha se convierte en una gozosa reconciliación con la mejor obra de Phillip Glass. Cortes como el que da inicio al filme, titulado homónimamente Koyaanisqatsi, el ya mencionado y psicodélico en su desbocado minimalismo The Grid o el concentrado, trascendental y guíado por voces proféticas y órgano electrónico Prophecies, nos remiten a una música que no podría ser concebida si no desde una atalaya aparte, desde un refugio militante y comprometido en el puzzle de la nueva música (estamos en 1982), surgida a contracorriente de todos los ismos europeos y, a la vez, francamente renovadora y nueva, aún hoy, 27 años después de su concepción.

Audición: Prophecies (Koyaanisqatsi)

2 comentarios:

Pepe dijo...

Aunque no he llegado a escuchar toda la (inabarcable) discografía de Glass, y de hecho le tengo un poco olvidado últimamente (si bien le tuve hace un año a 5 minutos de casa en la clausura de la Expo de Zaragoza), estoy bastante de acuerdo con el primer párrafo de tu crítica.
En cuanto al disco en sí, ¿qué más se puede decir? El Glass de los 80 en estado puro. Recomiendo el visionado de la película, y aún más su segunda parte, la excepcional "Powaqatsi".
Cuánto amor/odio genera este buen hombre!!!

Ismael G. Cabral dijo...

Pues sí, ¡cuánto amor/odio genera! Probablemente más que ningún otro compositor actual. Precisamente su calado en un público mayor hace que la polémica siempre venga servida y no se circunscriba al circuito específico de la música de vanguardia. Gracias por comentar, Pepe.