12 feb. 2011

Juan Manuel Cidrón, 'Electrodoméstico'




















Juan Manuel Cidrón
Electrodoméstico 39'
Extrarradio.
Distribuye en España: Rotor

Audición: El calentador

Audición: La batidora


Que un músico como el almeriense Juan Manuel Cidrón, más ligado al ámbito de la música electrónica cercana al New Age y a la esfera cósmica, presente en estas fechas un trabajo discográfico experimental  (que en breve se erigirá también en concierto multimedia) como Electrodoméstico  nos habla de un músico inquieto y poliédrico que en los últimos años parece querer aparcar por épocas su sambenito de ‘el Klaus Schulze español’ en aras de abrir una vía de mayor compromiso con la música indagativa. 

Electrodoméstico, vaya por delante, es un ejemplar aporte a la música industrial, un género al que se le adjudican innumerables practicantes (la mayor parte de ellos mediocres por su indefinición y continuos deslices hacia posturas híbridas con el techno y el pop) pero que, a la postre, tiene muy pocos aunque distinguidos profetas.  De otro modo, el aporte de Cidrón a la etiqueta quiere ser sumamente fiel a su idea motor (utilizar maquinaria mecánica y eléctrica como exclusiva vía de expresión) antes que deambular por vericuetos sin salida como el electro-industrial, el industrial metal o el power noise. Acaso se permite introducir el compositor andaluz ciertos pasajes que podrían, subjetivamente, atenderse bajo el epígrafe de ambient industrial, pero son remansos fugaces en medio de una agitada y burbujeante sinfonía de frigoríficos, radios, lavadoras y ventiladores.

Al hilo de lo anterior sería lógico traer a colación el gran autor (por fortuna recuperado en época reciente a través de la discografía), Jean Marc Vivenza, auténtico pope de la música industrial  [cuya polémica ideología le llevó a ser desterrado de los escenarios] y autor de trabajos absolutamente referenciales en este campo como  Modes reels collectifs (1981) y Realites servomecaniques (1984), obras que el artista francés concibió bajo la influencia de las teorías del ruidismo –dictadas por Luigi Russolo- y al abrigo de la vanguardia futurista y sus manifiestos. Vivenza colocó sus micrófonos ante maquinaria industrial en fábricas y grabó, lógicamente con medios analógicos, ritmos y secuencias que luego manipuló en el estudio para subrayar su carácter agresivo y deshumanizado.

En época reciente un autor clave del arte sonoro español, Francisco López, ha creado -tras algunas tentativas anteriores de mayor o menor fortuna -  una colección de piezas que agrupó en el doble cedé Machines (comentado en este mismo blog) y que, a grandes rasgos, constituye el que quizás sea mejor trabajo de música industrial surgido en lo que va de siglo. Con la habitual densidad sonora que caracteriza la obra de López, títulos como Klokken o Labs suponen aportaciones de una pureza y desnudez plenas en las que el proceder artificioso de las distintas maquinarias se convierte en el único acicate auditivo para sumergirse en un universo críptico pero, paradójicamente, de gran poder evocativo.

Juan Manuel Cidrón (a la izquierda)

¿Dónde situar ahora Electrodoméstico? Una primera audición comienza a revelar la respuesta. No pretende el músico emular la rudeza casi teórica de un Vivenza como tampoco su trabajo tiene la vocación de trasladar al oyente al oscuro y abismal paisaje industrial que traza López. Existe una mayor ludicidad en su propuesta, algo que se advierte ya desde los mismos títulos, de simpática evidencia, que da a los 12 temas del álbum (La tostadora, El tocadiscos, El secador…). Y es ahí, en su aparente fragilidad enunciativa, en la modestia del mismo título que aglutina esta colección –Electrodoméstico- donde Cidrón juega su mejor baza y acaba por colocar su trabajo (tiempo al tiempo) entre las referencias claves en este terreno tan acotado de la música experimental. [Cercano en resultados quedaría otro fascinante álbum, Electrotherapy, de Scott Smallwood, cuya audición paralela resulta enormemente sugestiva].

Cidrón ha reunido una tan cotidiana como casera colección de máquinas ante la que lejos de proceder documentando su ritmo interior a la manera de un paisajista sonoro envarado por la parquedad sonora de unos cachivaches, el compositor tira de su Korg KP3, Revox PR99 y Denon MD, para acabar convirtiendo el (nuestro) apartamento en una inmensa máquina habitable henchida de ecos, ruidos, ritmos sincopados y reiterativas armonías que conviven en llamativo equilibrio con el individuo.

“He ido grabando cada electrodoméstico en distintos momentos de su funcionamiento, y con un procesador de audio, manipulé y alteré los sonidos y le hice un homenaje a cada uno de ellos”, comenta Juan Manuel  Cidrón en una reciente entrevista en la que se refiere al “espectacular sonido de la lavadora durante el centrifugado” o a la sutileza de la tostadora “que solo tiene un golpe” y cuyo murmullo resulta harto difícil de registrar. Para cada una de estas miniaturas –que jamás superan los cuatro minutos- Cidrón crea un contexto diferente en el que el sonido concreto se ve envuelto por un manto que potencia los valores intrínsecamente musicales del objeto resonante.

Hay por tanto más música en el álbum que la que los electrodomésticos entregan. Y de manera análoga al proceder de Wolf Vostell en su Fluxus Sinfonía para 40 aspiradoras (1963-65), donde el artista alemán captaba el ritmo secuencial de estos objetos industriales creando una ilusión de discursividad, Juan Manuel Cidrón ubica cada objeto en el epicentro de un rugido de hertzios y decibelios que, especialmente, cobran forma musical en piezas como El lavavajillas y La radio. En otras, como El calentador, las sonoridades centrífugas y pesantes parecen tan distantes de la fuente de calor que cuesta encontrar el referente que las propicia.

Como puede suponerse nada tiene que ver el disco con anteriores trabajos como Yaset  (donde la influencia ejercida en Cidrón por la Escuela de Berlín es más notoria), Inox (inmersión sónica de tintes espaciales y analógicos) o De la sombra y de la espuma (que sigue la tónica de cierta música planeadora de los años 70). Acaso Electrodoméstico estaría más cercano al rugoso e inestable posicionamiento sonoro del dúo Alondra Satori –en el que milita junto a A. L. Guillén-, y donde cobra fuerza un planteamiento de tinte más improvisatorio y experimentalista. 

Electrodoméstico, siendo un cedé diferente de los citados, está sin embargo por encima de todos ellos. El compositor, más dado a la factura de temas largos, sobresale como un hábil miniaturista (no interesa aquí el desarrollo ni la animación de una obra mayor que acabara por desdibujar el punto de partida) capaz de encerrar todas las posibilidades musicales de unos objetos en doce piezas en las que colorea, con enorme respeto hacia la fuente, la primitiva y ruda sonoridad de unos cacharros transformados en 40 minutos de una intensidad y factura impecables.

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